La ASENOCH
No era la primera vez que entraría en contacto con escritores o aspirantes a escritores que se desenvolvían en un ambiente distinto al conocido por mí, desde que ingresara, varios años atrás y por un fugaz periodo de tiempo, al taller de Jorge Humberto Chávez; de donde salí porque tuve la impresión de no ser bienvenido en él debido a mi trabajo, por aquél entonces, como cantinero en Vértigo Discoteque, lugar de moda y de gente bonita contra el que se quejó («¡Viva el proletariado!») uno de los escritores locales en una publicación (¡uy, uy!), debido a que no lo dejaron entrar a la disco por no vestir «pantalones bonitos».
Ya saben. Abundan los fanáticos ideológicos y los resentidos contra la burguesía («Nos reservamos el derecho de admisión»).
Muchos años después, tras una larga sequía voluntaria de textos, me integré al taller del doctor José Manuel García-García, también en el Museo de Arte del INBA, cuando mis recuerdos como guardia sacaborrachos en el Cash Bar y de mis aventuras con las bailarinas aún estaban frescos. Fue con él con quien puede decirse que inicié mi formación como escritor.
Tras dos años de lecturas y correcciones de textos, el mismo José Manuel García me dijo que yo “ya tenía alas” (ya sea para emprender el vuelo a nuevas alturas, o simplemente para que me fuera a volar del taller). Sin embargo, seguí en busca de nuevas perspectivas, de nuevos juicios críticos para mis textos. Eso me llevó a integrar el Taller Virtual de Novela, coordinado por Bernardo Ruiz, y posterior a ese, sendos talleres patrocinados por el ICHICULT (renombrado ahora como Secretaría de Cultura), coordinados por Agustín García y José Juan Aboytia (yes!), respectivamente. Esto, además del Segundo Virtuality Literario Caza de Letras, organizado por la UNAM y Editorial Alfaguara; que no solo era un concurso tipo reality, también era un taller literario con participación directa del público y coordinado por Alberto Chimal, Mónica Lavín y Álvaro Enrigue (super yes!).
Como dije al principio, esa noche asistiría a una reunión en la que iba a conocer a escritores y aspirantes a escritores de un ambiente distinto a ese en el cual yo me desenvolvía. La invitación corrió por cuenta de un poeta amigo de redes sociales, a quien por fin conocería en persona. La cita era en el Starbucks de la avenida Gómez Morín.
Llegué al lugar, solo, como acostumbro. Aunque la cafetería estaba abarrotada, sabría distinguir a los asistentes a la reunión. Luego de merodear con dificultad entre las mesas, reconocí a Francisco Javier Hernández (mucho gusto), sentado junto a varias personas. Al saludarlo, aproveché para lanzar una mirada furtiva a las cuatro mesas pegadas como una sola (en torno a las cuales, esa noche de invierno, regocijadamente departían más de seis alegres bohemios). Alcancé a reconocer un rostro más: el de Paulino Arreola (¡ese profeeee!), hombre de brillante trayectoria en el magisterio, quien años atrás había asistido en Chihuahua a la presentación de Norpaisaje. Antología del taller literario del INBA en Ciudad Juárez, primera antología en mi haber, y de la que hablaré más adelante.
Además de ser el único conocido, y por ende, el único de esa mesa a quien yo no vi como bicho raro (no dudo que yo también haya sido visto por el resto de la misma manera), descubrí que Paulino era fundador, ergo, presidente de la recién nacida ASENOCH, Asociación de Escritores del Noroeste del estado de Chihuahua.
Nuevamente (¿nuevamente?) vi que había mucha más gente que se dedicaba a lo mismo que yo, mucha más de lo que yo pensaba en un país, en una ciudad de escasos lectores. ¿Por qué nunca me los encontraba en los eventos, lecturas, presentaciones y talleres a los cuales yo asistía?
La Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez
Mi experiencia ese primer día con ASENOCH fue parecida a la que tuve, años atrás (de aquí surge el ¿nuevamente? del párrafo anterior), con la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, SECJ. Sucedió mientras yo aún integraba el taller de José Manuel García-García, en el Museo del INBA. No recuerdo cómo me enteré, si por un anuncio en el diario o por internet, que dicha sociedad celebraría una reunión en un restaurante de la avenida Tecnológico.
—¿Y quiénes son ellos, los de la Sociedad de Escritores? —me preguntó José Manuel, con cierta sorna.
Es lo mismo que yo deseaba saber, quiénes eran, por qué estaban en una especie de mundo aparte, marginados o automarginados del movimiento cultural; quería conocer cuáles eran sus motivos para aislarse; por qué nunca o casi nunca se hablaba de ellos.
Decidido a conocerlos, asistí a la reunión anunciada. Llegué como se llega a un taller literario, preparado con el original de un texto y algunas copias a repartir para su crítica entre los asistentes. Además de mí, al lugar acudieron alrededor de ocho personas, entre ellos su presidente, Juan Amparán.
Pero no hubo taller literario (¡chin!). Tras las presentaciones personales de rigor, siguió por parte de Juan Amparán una exposición de planes y objetivos; por tanto, me quedé con las ganas de leer mi texto y, mediante la crítica de nuevas perspectivas, conocer un poco más sobre mi forma de escribir. En lugar de eso, se me invitó a participar en una antología próxima a publicarse.
—Luego les digo de a cuánto les toca.
Y eso fue todo. Así nomás. Sin conocerme, sin conocer mi texto, mucho menos el resto de mi escasa obra, se me invitó a publicar en su antología. Por si fuera poco, había que pagar.
Esa fue la única ocasión en que asistí a una reunión de la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez. No tuve ganas de volver. No puedo decir si ese modelo de negocio (porque lo era) resultaba lucrativo para Juan Amparán (no creo) o para dicha sociedad (tampoco lo creo), o ya de perdido para el dueño de la imprenta (porque de los autores mejor ni hablamos), pero la impresión que tuve (como sensación y sentimiento, no como impresión de imprenta) fue la de que se aprovechaban de las ganas de publicar de escritores en ciernes para obtener algún beneficio pingüe (aunque al final, más que pingüe, resultaba pinche).
De vuelta a ASENOCH
Volviendo con ASENOCH, Francisco Javier me confesó días después que su invitación hacia mi persona obedecía a la creencia suya (y yo agregaría exagerada) en que yo podría aportar muchas cosas interesantes y conocimiento al taller, creencia alimentada (pienso) más por la amabilidad que él muestra hacia mi trabajo (¿qué te tomas?) que porque pudiera ser yo un buen coordinador de talleres literarios; pues (reconozco) carezco de la erudición y el volumen de lecturas necesario para ello (¡buuu! ¡chafa!). No obstante, acepté integrarme a la ASENOCH, pues deseaba adquirir experiencia coordinando un taller, pues al compartir lo que sé con los demás, muchos de ellos novatos, tendría la oportunidad (y el compromiso) de seguir aprendiendo y recordar lo que tan generosamente se me había compartido. Asistí periódicamente, mas no como el coordinador que deseaba ser para adquirir experiencia, sino solo como un tallerista más. El coordinador de todas las sesiones fue Paulino Arreola, quien aplicaba sus dotes de liderazgo aprendidas en el ejercicio de la docencia y, desde ese punto de vista, lo hacía bien.
Entonces descubrí que a él también le faltaba un poco de experiencia, principalmente, porque permitía que los talleristas defendieran su texto. En todos los talleres a los que yo he asistido, no defender los textos es la primera regla a seguir, no tanto para evitar que la sesión se extienda en discusiones estériles, sino para hacerle ver al tallerista que si escribe una cosa y los lectores entienden otra, es porque no ha sabido expresar sus ideas.
Las reuniones continuaron y la ASENOCH tomó forma. Su membresía alcanzaba ya Nuevo Casas Grandes, Buenaventura, Gómez Farías, Janos, Ascensión y, por supuesto, Ciudad Juárez (¡ajúa!). Lo anterior me parecía un acierto, pues acercaba la posibilidad de publicar a autores noveles cuya ubicación geográfica (excepto la de Juárez) no les permitía el mismo acceso a la cultura con que se cuenta en poblaciones más grandes (aunque internet llega a todos lados, ¿eh?).
Conforme pasaron las semanas, se presentó en San Buenaventura una antología poética recién publicada (¿qué me recuerda esto?). Un mes después, al final de una sesión, durante la discusión de los asuntos generales (porque luego del taller, la orden del día mandaba tratar “asuntos generales” cuya charla a veces se extendía demasiado para mi gusto), se comenzó a hablar de la organización de un encuentro de escritores en Nuevo Casas Grandes, junto a la publicación de una nueva antología (otra vez: ¿qué me recuerda esto?) a presentarse en el mismo evento. Se me invitó a participar en ambos proyectos, de manera gratuita, por lo que siempre agradeceré las atenciones que los socios de ASENOCH tuvieron hacia mí.
Fue precisamente por esas atenciones, por mi actitud de agradecimiento, que no cuestioné algunas cosas.
Un poco de historia
Sucede en los partidos políticos. Sucede en las religiones. Sucede en los grupos de autoayuda, en las empresas, en las ONG´s, en los grupos guerrilleros. ¿Por qué no iba a ocurrir en las sociedades de escritores? Basta un desacuerdo, que alguien no esté conforme con determinados asuntos, con ciertas prácticas, y que ese alguien posea espíritu emprendedor y posibilidades económicas, para que su inconformidad provoque una escisión en el grupo y funde un nuevo partido político, una nueva religión, un nuevo grupo de autoayuda, una nueva empresa, ONG, o incluso una nueva nación.
La SECJ tiene más de veinte años de haber sido fundada, pero constituida como asociación civil, tiene apenas desde agosto del 2013. Todo comenzó cuando Juan Amparán autopublicó su libro de cuentos, “Dos valientes asustados”, mismo que fue un éxito de ventas, (principalmente entre sus alumnos y los alumnos de sus compañeros maestros, durante varias generaciones escolares). Su inquietud lo llevó a ir más allá, y junto a otros docentes y periodistas locales, fundó la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, invitando a sus compañeros del magisterio a integrarla. Es debido a esto que tanto en dicha sociedad como en otras que han emanado de ella, suelen figurar varios maestros.
En agosto del 2013, la SECJ se constituyó legalmente como asociación civil, por lo que al contar ahora con personalidad jurídica, podría recibir donativos en metálico y en especie, tanto de particulares como del gobierno (sobre todo, del gobierno). Pienso que esta decisión se tomó a sugerencia de un grupo de abogados que también se habían integrado a dicha sociedad. Fue entonces que comenzaron los problemas y la discordia (entre abogados te veas): acusaron a Juan Amparán de muchas cosas: que la Sociedad no avanzaba, que no iba hacia ningún lado, que no crecía, que no hacía eventos; incluso lo acusaron de malos manejos del dinero.
Víctima de la política en su contra, Juan Amparán salió de la SECJ y fundó otra nueva sociedad: la SOGEJ, Sociedad General de Escritores de Ciudad Juárez (más de uno creyó que tenía algo que ver con la SOGEM, pero no. Aquí sí debieron haberlo asesorado los abogados que lo derrocaron).
A estas dos sociedades existentes, surgió una tercera: ASENOCH, misma que nació de la inconformidad de Paulino Arreola. Según sus propias palabras, su desacuerdo se debía a que la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, de la que en ese entonces él aún formaba parte, distinguiría como “Escritor del año” a uno de sus miembros, lo cual era de esperarse en una sociedad de escritores. El problema, fue que ese “escritor del año”, según su decir, no había escrito, mucho menos, publicado un libro, apenas aparecían algunas breves líneas suyas en una antología, contraviniendo las bases de la convocatoria para la selección de candidatos, según los estatutos de esa sociedad. Ante esta observación, la respuesta de la SECJ fue cambiar los estatutos para hacerlo elegible: agregaron “contribuir a la cultura de la ciudad”, “haber publicado en una antología de la Sociedad” y “ayudar activamente en las actividades de la SECJ”. Así, el candidato de ese año ayudó a algunas socias a corregir sus textos y ellas, en agradecimiento, votaron por él para hacerlo acreedor al galardón.
Si romanos son a griegos, entonces ASENOCH es a SECJ
En aquel entonces deduje, por las palabras de Paulino, que la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez se conducía con prácticas más propias de un partido político que de un grupo literario (aunque algunos colectivos se las gastan parecido). Lo paradójico de este asunto, fue que ante el próximo encuentro en Nuevo Casas Grandes y la publicación de una antología de ASENOCH, algunas de estas prácticas se replicaron.
Me explico:
La fecha del encuentro de escritores “En busca de la palabra sagrada”, de ASENOCH, estaba próxima. Los autores que participaríamos en la antología ya habíamos corregido nuestros textos y pagado la proporción del costo de impresión del libro que nos correspondía (reitero: con la excepción de un servidor, quien siempre contó con la generosidad de un amigo y de la propia ASENOCH). El tiempo apremiaba. Hubo una sesión de taller (que no fue de taller, sino de trabajo) para tratar los pormenores. Sería la última antes de enviar el libro a prensa, por lo que ya no habría modo de agregar más correcciones.
Sin embargo, llegaron dos nuevos elementos, dos nuevos novatos a integrarse al taller. Eso no tendría nada de particular de no haber sido porque también se integrarían a la antología. Así, de última hora, con sendos textos plagados de los usuales errores de principiante. Ambos, incluso, era la primera vez que asistían a un taller literario. Eso sí: una vez pagada la porción del costo de impresión, pagaban también su derecho a publicar.
El problema era que, ante la premura para enviar la antología a prensa, había que ayudarlos a corregir sus textos… ¡en una sola noche! Yo, con el cansancio y fastidio acumulado de un lunes, recordé que a diferencia de ellos, me tomó dos años estar listo para ganarme mi derecho a publicar en Norpaisaje…, la antología de José Manuel García-García, y no pude ayudarlos. No quise.
Fue entonces que comencé a preguntarme si ASENOCH no estaba cayendo en lo mismo que todos o casi todos acusan a la SECJ: publicar por publicar. Mis sospechas crecieron después del encuentro, cuando Paulino dio a conocer su deseo de lanzar cinco antologías al año.
¿Cinco?
¡Cinco!
1-2-3-4-5
¡Cinco!
Algo parecido a lo que hace la SECJ, que cada año publica “Maratón de las letras” (libro colectivo escrito al vapor en diez horas frente a las cámaras de Canal 44 cada 14 de febrero); “Letras al margen”, antología que aparece en verano; y una serie de pequeños libros con motivos navideños en diciembre.
Ya no supe si el deseo de publicar tal cantidad de antologías al año obedecía a una auténtica intención de promover a autores noveles y socios, o si solo correspondía al deseo de mostrar que ASENOCH podía igualar, o incluso superar, a la SECJ.
Nuevas escisiones
Por esa misma época, previa a la antología y al encuentro, también afloraron los celos personales. Durante el evento se reconocería a dos autores como “escritor del año”, uno en el rubro de poesía y la otra en el de narrativa. Ignoro los criterios empleados para distinguir a ambos pero, si se procedió como en la SECJ, mucho apunta a que el criterio principal fue la cantidad de libros publicados en la editorial ligada a la asociación.
El problema comenzó cuando la mujer (quien juró que de sus copias de la antología arrancaría las hojas correspondientes a mis relatos pecaminosos porque ella no iba a promocionar peladeces) quiso ser reconocida en el género de poesía, en lugar de serlo en el de narrativa. Como su reclamo no prosperó, decidió abandonar ASENOCH. No acudiría a la premiación; ni siquiera al encuentro. Algunos más, uno o dos, abandonaron la Asociación en solidaridad con ella. Otros, universitarios, se concentraron en sus estudios (primero lo primero) y unos más, de manera paulatina, solo dejaron de asistir.
Esta desavenencia no provocó el surgimiento de nuevos grupos o asociaciones de escritores. Quienes se fueron de ASENOCH, simplemente volvieron a la SECJ.
En busca de la palabra sagrada
Comenzaron por fin las actividades del encuentro de escritores de ASENOCH, “En busca de la palabra sagrada”. Como escisión no significa necesariamente enemistad, uno de los flamantes invitados fue Juan Amparán, socio fundador de la SECJ y SOGEJ, quien seguramente no se acordaba de mí ni de la única ocasión en que asistí a una de sus reuniones.
La primera actividad fue una conferencia impartida por el escritor argentino y entonces presidente de la Asociación Mexicana de Autobiografía, Ricardo Clark; todavía en Ciudad Juárez, en un salón de eventos rentado para tal fin. Al término de esta conferencia, seguiría un viaje por carretera a Nuevo Casas Grandes, sede del encuentro. Se disponía de un autobús tipo escolar, facilitado por una comunidad católica gracias al apoyo de una promotora cultural, en el que viajaríamos los participantes e invitados de Ciudad Juárez.
No sé si fue el hecho de ir acompañado por su esposa y ya no tener cabida en el auto particular de Paulino Arreola (por llevar este último como invitados a Ricardo Clark y dos invitados más de la ciudad de México) o por el tipo de vehículo en que viajaría (como dije, un autobús tipo escolar de los mismos que se utilizan como transporte colectivo, o sea, tipo rutera vil), pero Juan Amparán, a última hora, desistió de acompañarnos. Su argumento fue que el camión no tenía aire acondicionado (¡Uy, uy! Todavía no entraba la primavera). Esa fue la última vez que lo vi. Meses después, supe de su fallecimiento.
El encuentro se dio de manera normal, con mucho entusiasmo por parte de los participantes. Hubo de todo: narradores, poetas, autobiografía y declamadores (creí que esto último ya no se usaba). Llamó mi atención que durante las mesas de lectura, los poetas leyeran sus textos acompañados por un guitarrista. Era algo que no había visto en las lecturas públicas que yo conocía, pues he aprendido que la poesía es un arte que se basta a sí mismo y no necesita acompañamiento musical.
Semanas después del encuentro, Paulino convocó a elecciones para renovar la mesa directiva. Su periodo como presidente había terminado. Maribel Pérez Pérez, de Nuevo Casas Grandes, resultó electa para dirigir la asociación. Paulino siguió un tiempo como un socio más, hasta retirarse paulatinamente (Paulino paulatino) de todas las actividades y de la membresía de ASENOCH.
Si Eva es a Adán, ENOCH es a ASENOCH
La delegación Ciudad Juárez de ASENOCH siguió funcionando durante un tiempo. Mientras Paulino fungió como presidente, no tuvo problemas en ir y venir de su trabajo en Ciudad Juárez y su residencia en Casas Grandes, pues sus asuntos viajaban con él; pero con el cambio de presidencia, la sede dejó de estar en una persona para estar en una ciudad, y para la nueva delegada en Juárez sí era más complicado acudir a aquella ciudad y atender las diligencias propias de la asociación.
No hubo ruptura, ni desavenencia. Fue una separación amistosa y en buenos términos. Los socios de Ciudad Juárez conservaron el mismo sistema de trabajo, la misma agenda de taller literario y el mismo organigrama. Solo dejaron de ser una delegación para convertirse en una nueva sociedad: ENOCH, Escritores del Norte de Chihuahua.
No puedo decir gran cosa de esta asociación, pues ser miembro de ella me obliga a guardar cierta discreción. Solo diré que hubo un tiempo en que sentí que se estancaba, mientras disminuía el número de socios activos, los cuales siempre han sido pocos, debido a que es una asociación pequeña. También percibí, quizá erróneamente, que no mostraban interés en seguir aprendiendo, que mi aventura como coordinador no había funcionado (¡buuu, chafa!), y salí de ella.
Además, hubo una extraña coincidencia que también motivó mi salida: durante algunos meses me fue imposible, por motivos de trabajo y personales, asistir regularmente a las sesiones del taller. Las pocas veces que sí pude hacerlo, sucedió que mi visita coincidía con algún cumpleaños o alguna celebración. Por tanto, en vez de taller, me tocaba llegar a una cena que después degeneraba en bohemia.
¿Degeneraba?
Abro paréntesis: una digresión: no es que tenga algo contra quienes gustan de la bohemia (o peor aún, el karaoke). Mi aversión proviene de una especie de trauma personal: cuando era adolescente, todavía menor de edad, bebía en fiestas y en antros los fines de semana. Una noche de invierno, uno de mis vecinos me invitó a departir regocijadamente a una posada en casa de su padre. A la fiesta acudimos todos mis amigos, en busca del desinhibidor pisto o de la refrescante cerveza. El anfitrión no quiso darnos bebidas alcohólicas por ser menores (aunque más que razón, nuestra minoría de edad era el pretexto bajo el cual se ocultaba su verdadero temor: ahora de adulto lo veo: que los jóvenes nos acabáramos la bebida).
Aburrido por la falta de alcohol (entonces todavía pensaba que era necesario beber para divertirme), aproveché que mandaron a hablarme de mi casa para abandonar esa fiesta. Apenas cruzaba la cochera de mi vecino cuando mi amigo me advirtió: “No te tardes, ¿eh? Ahorita empieza la bohemia”.
Ya había escuchado esa palabra con anterioridad (en una marca de cerveza), pero nunca me molesté en consultar su significado en un diccionario, o en preguntar a alguien. Tras atender el asunto en mi casa, volví a la posada, intrigado por saber qué diantres era una bohemia.
Al llegar a ella, lo averigüé: encontré al jefe de esa familia bien pedo, entonando una canción acompañado por una guitarra que él mismo blandía. Lo que siguió se me hizo más aburrido aún: pura música de adultos, pura trova, que me aburría porque siempre he sido heavymetalero (y porque no andaba igual que el señor, aunque si me hubiese emborrachado, dudo mucho que hubiera congeniado con él, de todos modos).
Desde entonces, no he logrado desligar la bohemia del aburrimiento. Me ha sido imposible no asociar la bohemia con una bola de viejos borrachos, desentonados, gargajientos y viagreros que se ponen a berrear canciones cursis y a quienes las mujeres les aplauden por mero compromiso.
¡Qué güeva!
Debido a esto, tengo como hábito que cuando voy a una reunión e intuyo que habrá bohemia, procuro retirarme (ipso facto). Además, desde que dejé de beber, ya no me hallo a convivir mucho tiempo durante una fiesta con gente que sí lo hace.
Amistad y nostalgia
Como ya he comentado, tanto en ASENOCH como en ENOCH, se me ha tratado muy bien. Luego de varios meses, no recuerdo cuántos, comencé a extrañar la convivencia con algunos de sus miembros, muchos de los cuales pasaron a ser buenos amigos. Fue así como decidí reintegrarme a ENOCH. Al hacerlo, descubrí con agrado que dicha sociedad había reclutado nuevos socios, algunos con experiencia y ciertos conocimientos en el arte de la escritura, quienes además de incrementar la membresía de dicha sociedad, contribuyeron a elevar un poco el nivel de sus integrantes.
Por asuntos de trabajo (¡estúpidos turnos rotativos!), mi asistencia a las sesiones del taller de ENOCH ha sido esporádica, más aún cuando me colocaron en el turno de la tarde durante casi siete meses, coincidiendo mi horario de trabajo con el horario del taller. Sin embargo, eso no ha impedido que me entere del avance que presentan: además de una membresía más o menos estable y cierto crecimiento gracias a la “sangre renovadora” de nuevos integrantes, ENOCH ha publicado su primera antología, de la cual sólo diré que ayudé en la corrección y edición de los textos de narrativa; pues como ya he mencionado, no soy muy ducho en la poesía (¡maleta!).
Gajes del oficio
Hacer este trabajo de corrección, me recordó el periodo aproximado de tres años en los que trabajé como corrector externo para la Universidad. La naturaleza de los textos que corregí era de carácter académico y de divulgación, mismos que requieren claridad en la idea a trasmitir. La mayoría de los autores tenían conocimiento en redacción de textos pero, al no ser profesionales de la escritura sino de su ámbito de estudio, algunos párrafos escritos por ellos requirieron un enorme esfuerzo para descifrar el mensaje a trasmitir y la mejor manera de escribirlo. Hubo una ocasión en que incluso debí contactar a uno de los autores.
La corrección de textos literarios puede ser más cómoda, pues aunque también apliquen en ellos las normas gramaticales, tienen la ventaja de ser más flexibles en su forma, es decir, se les puede permitir ser ambiguos y no siempre seguir las reglas, en función de la estética del texto. Aquí es donde entra la corrección de estilo, pues mientras la corrección ortográfica se encarga de la calidad, aquella se encarga de embellecer el texto sin modificarlo en su fondo, en su idea.
En una editorial seria (no en una imprenta donde te siguen la corriente para agarrar ellos una lana, no), ya sea chica o grande, con prestigio a ganar o a conservar, pero comprometida con la calidad formal y literaria, someten los textos a un análisis riguroso y, siguiendo criterios de calidad y comerciales, dictaminan si una obra es publicable o no, si vale la pena invertir y apostar por ella. Si no cumple con los requerimientos de calidad según las normas, el texto simplemente no pasa edición. Se rechaza.
En el caso de un corrector o editor freelance, este se enfrenta no solo a la propuesta o apuesta de una empresa editorial sobre la que no tiene poder de decisión, sino también, a una antología autopublicada cuyos autores, muchas veces novatos ansiosos por publicar, acompañados por veteranos eternamente auto engañados en la percepción de sí mismos y de su obra, acostumbrados a verse, leerse y adularse unos a otros si pasaron de aprendices a parte del inventario permanente de un taller, colectivo o sociedad de escritores (o bien, a no haberse leído nunca si fueron convocados (no a concursar, solo a juntarse); compañeros de una aventura a ciegas sin tuerto que los guíe (dispuestos a pagar por la impresión pero nunca por los servicios de un consejo editorial que pueda ubicarlos en la realidad mediante un dictamen desfavorable), ya han dictaminado, basados en el criterio de “el que paga, manda”.
En apariencia seguros de lo que hacen, prefieren ir a la segura, sin aceptar el hecho de que en este oficio de escribir, lo único cierto es la incertidumbre.
Frente a esta situación, a un editor freelance no le queda más que ceder a las exigencias de sus clientes. Como aquella ocasión, hace algunos años, en que me llegó un manuscrito, una antología en la que un escritor local participaba con un cuento, precedido por su “fama” personal: más de diez mil seguidores en Facebook, un halo de misterio en torno a su verdadera identidad y una desbordada capacidad creativa (según él) cuya prolificidad le permite escribir la friolera de treinta y cinco poemas en una sola noche; a pesar de que “la poesía no es lo mío”.
Bien, pues además de los errores ortográficos, el texto en cuestión estaba infestado de errores en tiempo verbal, inconsistencias en tiempo narrativo, falta de indicios o indicios tardíos, pasajes inverosímiles, errores en perspectiva. Más que corregirlo, casi tuve que reescribírselo de nuevo. Hablé con la persona encargada y le comenté lo anterior, incluyendo el hecho de que bajo su firma, agregaba la leyenda “corregido por…”
O sea, ¿su texto era intocable por haber sido corregido previamente? ¿Qué errores corrigieron en él, antes de haber necesitado todavía más (mucho más) trabajo de edición por estar escrito con las patas (si no es que escrito con el chulinguis)?
Otro caso: por cierto, me da mucha pena: “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre”: un joven a quien presentaban como todo un “descubrimiento”. Ya dije que no soy muy ducho en la poesía, pero al menos sé distinguir entre un buen poema y uno de lugares comunes e inconscientes hipérbatos plagado, a cuyo autor leer mucha falta hace, si es que acaso escribir bien quiere, pues más que a Bécquer o Góngora, al maestro Yoda de Star Wars nos recuerda.

En buena onda y con el debido respeto para quienes lo “descubrieron”: una súplica: ¡Dejen de promocionar de esa forma a novatos! ¡No saben el daño que les hacen!
Junto a estos escritores irrisorios, recuerdo el caso de un texto que no llegó a mis manos, sino a las de un crítico literario local, quien actualmente estudia su doctorado. Era el poema de un candidato a escritor del año por parte de la SECJ, pero sin ritmo, con una métrica deficiente, y una rima coloquial que fue la comidilla de ese estudiante de posgrado y de buena parte de la academia literaria de la ciudad. Tanto, que incluso algunos acusaron bullying (aunque el bullying es una acción reprobable, debo confesar que me vi tentado a unirme).
Al final, ese autor ganó un reconocimiento del Gobierno del Estado por su contribución a la cultura de la ciudad. Reconocimiento plasmado en una placa metálica… con errores de ortografía.
Novatos
Hace poco, un joven novato, ansioso por publicar (como todos los novatos), se me acercó con una duda:
—Oye, Juan Carlos, fíjate que… ( ).
—Órale, qué bien.
—( ).
—¿Sí? ¿Cuál es?
—( ).
—¿La del gran “descubrimiento”?
—( ). ¿( )?
—Mira, no te voy a decir que sí, y tampoco te voy a decir que no. Pero te ayudaré a disipar tu duda. Nomás que, primero, respóndeme, honestamente, así, al chile: ¿cómo vez la obra del compa que esa editorial pregona como un gran “descubrimiento”?
—( ).
—Bien, pues ahí tienes. Tú solito te has respondido. La decisión que tomes, ahora es con conocimiento de causa.
Más que ayudar a los novatos “a publicar su libro”, las sociedades de escritores deben ayudarles a aprender, guiarlos adecuadamente, desinflarles el ego (como se hacía en los talleres de antes, pero siempre atacando la obra, no al autor), no hacerles creer que ya son algo que realmente no son, o que al menos, todavía no son.
Pero para eso, hay que prepararse. No se puede dar lo que no se tiene. Lo digo por experiencia (otra vez: ¡buuu!, ¡chafaldrana!).
Si logran crecer y mejorar la calidad de los textos de sus asociados, las sociedades de escritores serán una comunidad y no solo una agrupación de escritores. Si lo hacen bien, los resultados hablarán por sí mismos, sin necesidad de presionar a las autoridades u ofrecer proselitismo hacia algún funcionario de la Secretaría de Cultura o Educación en busca de espacios, apoyos, becas, publicaciones y otras cosas que piden algunas sociedades de escritores (y uno que otro colectivo).
¿Se puede llegar a ser escritor, coordinar un taller, corregir o editar sólo con experiencia y lectura, mucha lectura, demasiada lectura, de textos literarios, de teoría literaria, de reseñas? Sí, pero toma tiempo (y mucha lectura, demasiada lectura). ¿Quieres llegar a eso más rápido? Entonces estudia. En la Universidad hay una carrera, Literatura Hispanomexicana, cuyos egresados son jóvenes que están haciendo cosas interesantes. Pero no creas que estudiando, te escapas: lo primero que practicarás en esa carrera, será la lectura (mucha lectura, demasiada lectura). Leer es clave.
En el caso de novatos como “el descubrimiento”, aún se puede corregir el camino y encauzarlos bien. En el caso de los otros dos mazacotes de tiempo acumulado (el del súper prolífico poeta que no se dedica a la poesía y el de la placa metálica con errores de ortografía), es tanto el incienso que se han quemado y les han quemado, tan grande el ego que ellos mismos han erigido, tan alto el pedestal al que han trepado (y al que por zalamería o ignorancia otros como ellos les han ayudado a trepar), que dudo mucho que quieran bajar de él.
Axiomas
Desde que dejé de beber, hay una serie de principios que rigen mi comportamiento, entre ellos “vive y deja vivir”, “lo importante es que tú (yo) te sientas bien” y “no se puede cambiar a los demás”. Al escribir estas líneas y reflexionar en lo anterior, me pregunto: ¿qué tan apegado estoy a estos principios? ¿Realmente vivo y dejo vivir a los demás? De ser así, ¿por qué entonces hago eco a quienes piden que las propuestas de las sociedades de escritores sean de mayor calidad en los espacios que logran tener en las ferias del libro? ¿Y si los miembros de esas sociedades de escritores se sienten bien haciendo lo que hacen, y con eso les basta para que sea importante? Si ellos no quieren cambiar, ¿por qué habrían de hacerlo?
Esto me recuerda el debate acerca de la Academia, esa entidad conformada por eruditos, catedráticos, especialistas en ciencias, letras y artes, custodios de la alta cultura, distinta y distante de la cultura popular; distante sobre todo de esta última que encuadra dentro de ella tanto a lo subterráneo, lo underground, lo rebelde contra los cánones; del mismo modo que encuadra también a quienes no conocen dichos cánones o no los conocen lo suficiente como para atreverse a romperlos.
Mucha de esta cultura popular tiene su origen en dos vertientes: la oralidad, el conocimiento y tradiciones que se trasmiten de generación en generación (como el poeta que lee acompañado de un músico porque en su entorno inmediato así le han dicho o así ha visto que se hace, o porque así Dios le ha dado a entender), y la rebeldía: la oposición a grupos hegemónicos representados en el poder, una especie de resistencia hacia ellos. Quizá este fue el espíritu fundador de la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez: una alternativa a la Academia, al grupo que selecciona y valida las obras según los cánones y las vanguardias asimilados por la sociedad en general, que divide las obras en valiosas y no valiosas; entidad a la que ya desde hace muchos años algunos acusaban y acusan de ser una “mafia”; acusación que podría ser cierta, como a la vez, también podría ser sin fundamentos y más motivada por una especie de victimismo combinado con resentimiento.
Repito la pregunta: ¿Y si los miembros de esas sociedades de escritores se sienten bien haciendo lo que hacen, y con eso les basta para que lo que hacen sea importante para ellos? Quizá no aspiren a la alta cultura, a la highbrow culture. Quizá no pretendan llegar a ser un Borges, un Pessoa, un Paz, un Cortázar o un Joyce. Tampoco un Hemmingway, un Fuentes, un Grass, un Gelman o un Bolaño. O bien, una Castro, Woolf, Mistral o Castellanos. Tal vez, lo más a que aspiran con sus obras es que los lean locutores como Paco Stanley en aqueeeeeel programa de televisión de aqueeeeeellos años, “El Club del Hogar” (ahí… con Madaleno), en el mejor de los casos, o por Alejandro Suárez en “La Palabra Canta”, en el peor; acompañados musicalmente por Luis de Alba en su papel de Juan Penas…
O bien, en Francia, en el evento de Poetas del Mundo, según la invitación que le llegó a la presidente de ENOCH, Nancy Cruz (¡Enhorabuena! Disfrútenlo y aprendan).


Conclusiones
Cada escritor es libre de elegir si se decanta por la Academia o por la cultura popular, si escribe para el lector conocedor o un lector menos exigente, para el gran público o solo para los amigos que siempre le compran libros. El arte y la literatura son para todos, pero un artista o escritor puede dirigirse a un público específico (a un determinado nicho de mercado, dirían los mercadólogos).
No se puede cambiar a los demás. Pero uno sí puede cambiar: si determinado propuesta no es de mi agrado, busco otra.
Esto no significa que no deba exigirse calidad en eventos como la Feria del Libro, si se llega a considerar que el evento no la ofrece. Al vivir en una democracia, podemos quejarnos, pedir, exigir. Nuestra herramienta para hacer efectiva dicha exigencia es el voto, que en términos comerciales, se traduce como venta. Cada vez que alguien compra, lee, recomienda un libro o asiste a un evento, a una lectura pública o a una feria del libro, emite un voto a favor de ese producto o evento. Sobre todo, si recomienda, pues no hay mejor publicidad que la de boca en boca (tanto a favor como en contra).
En resumidas cuentas, todo está a la venta. Todo es Mercado.
En cuanto a la Academia, debo decir que esta no discrimina, como sus detractores afirman. La alta cultura no es excluyente, pero sí exigente.
La SOGEM
Por último, dedicaré unas cuantas líneas a la SOGEM, Sociedad General de Escritores de México; a mi modo de ver, la sociedad de escritores más importante del país y un modelo aspiracional para las sociedades regionales y locales de escritores . Con más de cuarenta años de fundada, la SOGEM es una gran formadora de literatos a través de su Escuela de Escritores, en cuyas aulas han dado clase autores de la talla de Vicente Leñero y Víctor Hugo Rascón Banda.
