Era la enésima vez que Joel levantaba una queja contra Jaime por su pasividad. Lo acusaba de no informarle con oportunidad cuando un camión de carga de la compañía entraba a revisión en la aduana de Estados Unidos, de ponerse a leer el diario, de dormitar en horas de trabajo, de apañárselas para adoptar posiciones que a simple vista harían creer a cualquiera que se encontraba alerta cuando no era así; y sobre todo, de permanecer sentado durante la mayor parte de su turno de trabajo.
—Que no nomás se levante para reportar a mis choferes cuando van a exceso de velocidad —reclamaba a Chebo, gerente de seguridad—, que se levante también para darle seguimiento a las cajas que caen en “rampas” en la aduana…
Enseguida, comenzaba una explicación “de bulto” acompañada por gestos, tonos elevados de voz, sobreactuaciones y aspavientos saltarines acerca de lo que el guardia monitorista debía hacer: acercarse a los coordinadores de tráfico, preguntarles qué pasaba, qué se les ofrecía, oye, ¿qué onda?, ¿el chofer está incomunicado?, ¿le quitaron el pasaporte?, ¿qué no?, OK; ¿que sí?, entonces dime por qué le quitaron la visa… así… ¡movido mijo!
Lo que Joel no podía o no quería reconocer, era que, en realidad, ese seguimiento formaba parte del trabajo de los coordinadores de tráfico y no del personal de seguridad. La función del guardia monitorista consistía en revisar el recorrido de los camiones que llegaban a la frontera procedentes del interior del país; verificar que no hubieran realizado paradas prohibidas o se hubieran desviado de las rutas establecidas; y si era el caso de alguna de ellas, entonces procedían a hacer el reporte correspondiente y a ejecutar una revisión exhaustiva de las cajas de tráiler con perros entrenados en la detección de sustancias tóxicas y explosivos.
Los departamentos de Tráfico y Seguridad mantenían cierto pique debido a la tendencia de los primeros a saltarse las normas en pos de quedar bien con los clientes, y a la inflexibilidad de los segundos en el celo por su deber, demasiado apegados a las reglas y dispuestos a levantar reportes ante la más mínima falta. Estas fricciones no tendrían mayor trascendencia que los conflictos normales entre dos departamentos de una organización, si no fuera por el carácter de Joel, revanchista y poco dado a reconocer faltas.
Ahora que, sus observaciones sobre el carácter pasivo del guardia monitorista, tenían fundamento. A diferencia de Joel, Jaime era un hombre de carácter tranquilo, menos inclinado a la acción que a la reflexión. Aunque había temporadas en que practicaba algún deporte, en realidad era un flojonazo que sabía disfrutar de la vida. Su naturaleza era perezosa, a tal grado que su madre, cuando estaba embarazada, lo creyó muerto debido a que nunca se movía, nunca pateaba ni daba señales de vida. Jaime no tenía problema en declararse haragán: si alguien le preguntaba sobre sus pasatiempos favoritos, respondía sin empacho que estos eran el cine… y dormir.
Era lógico que tanta desfachatez chocara con el afán de control de un gerente, más todavía si era un gerente como Joel, acostumbrado a moverse y a gritar para dar énfasis a una indicación o a una orden, a veces sin necesidad.
A pesar de sus diferencias, había un lugar donde ambos eran bienvenidos, sin discrimen de caracteres o estaturas. No sólo ellos, sino también los muchos compañeros de trabajo de la línea de transporte que, cada viernes, gastaban en unas horas el dinero ganado con tanto esfuerzo durante una semana.
Tanto las puertas del Cash Bar como las piernas de sus bailarinas estaban abiertas para el personal de Fletes Viajes Rápidos. Pero mientras la mayoría de las desnudistas que trabajaban en el putero estaban disponibles para todos, Blanca —de noche Tiffany— se abstenía de aceptar tratos con guardias de seguridad. Sus clientes favoritos eran los choferes de tráiler y el personal de Tráfico, pero en cuanto a uniformados, sólo aceptaba a soldados o policías. Despreciaba a los oficiales de seguridad. Le parecían indignos de ella por chismosos, por güevones, por andar siempre hambreados, sin dinero, y por ser de esos empleados agachones que aceptan trabajar doce horas diarias y sin beneficios que excedan las prestaciones de ley, ni siquiera un triste pastel en el día de su cumpleaños. Para ellos, decía, estaban las mujeres demasiado flacas, las demasiado gordas y las demasiado viejas. No un monumento como ella.
Sabía que los elementos de seguridad, como todos los clientes, deseaban algo más que verla bailar. Querían recorrer sus muslos de mármol, sentir su piel, entrar en sus entrañas, cobijarse con su calor y humedad. Buscaban una oportunidad de morder sus pechos como peras, ni muy grandes ni muy chicos, firmes, naturales. Admiraban su talle esbelto, su sexo depilado, y la forma en que abría sus piernas en el centro de la pista, casi en la oscuridad total, sentada en una silla y acompañada por el canto gregoriano de Sadness, de Enigma, mientras los otros, los que sí tenían acceso a ella, aplaudían y aullaban emocionados. Fueron muchos los guardias de seguridad que rogaron y ofrecieron todo lo que tenían con tal de estar con ella, pero sólo obtuvieron negativas, la mayoría con desplantes groseros.
«¡Ay sí: “oficiales de seguridad…”!
«¡Ja!»
«Veladores, guardias, porteros, abrepuertas, chivatos, peinetones… eso es lo que son».
Su actitud excluyente se habría mantenido incólume si no hubiera estallado la crisis económica que Estados Unidos contagió al mundo en el 2008. La historia es conocida: pérdida de empleos, rescates bancarios, carestía, incremento de la pobreza… y por consiguiente, una baja en el aforo de los centros de diversión. Quienes gozaban de estable bonanza, se vieron de pronto obligados a ajustar sus expectativas de ingreso, a optar por bienes y servicios de menor costo.
Los bancos centrales bajaron las tasas de interés, las empresas recortaron personal o acudieron a paros técnicos, los trabajadores salvados del despido aceptaron jornadas más largas y menor paga en un esfuerzo por conservar el empleo, los comerciantes trasladaron la responsabilidad de ventas a todo el personal y los desempleados vendieron burritos, lavaron carros, barrieron casas, robaron o se metieron de narcos.
Y las trabajadoras sexuales, especialmente aquellas tan selectivas como Blanca —de noche Tiffany—, no sólo tuvieron que aceptar nuevos clientes, sino también a aquellos que por largo tiempo habían despreciado.
Fue así como tuvo que olvidarse de su orgullo y departir también con los modestos guardias de seguridad. Cada vez que llegaba uno de ellos al congal, era como volver a empezar en su oficio; recordaba aquellos años en que, tímida y apenada, se acercaba a la mesa de algún cliente a ofrecer su compañía a cambio de una bebida con comisión. Esto, debido a que la mayoría de los guardias de Fletes Viajes Rápidos ya conocían sus desplantes y, por lo mismo, ya no le rogaban. Aun así, pese a su historial de desaires, no le fue difícil lograr que el primero de ellos accediera a invitarle una bebida.
La carne es débil, le había dicho no una beata ni una religiosa, sino la madrota que le enseñó a embaucar a los hombres cuando apenas aprendía el oficio, aquellos años en que todavía lloraba de vergüenza luego de estar con un cliente. También le enseñó que el orgullo y la dignidad, virtudes relacionadas con la fortaleza, solían languidecer ante la lujuria, una de las mayores debilidades humanas. Comprobó esto al poco tiempo, tras convertirse nuevamente en objeto de deseo para los olvidadizos guardias de Fletes Viajes Rápidos.
Además del apoyo económico, en lo personal, no se arrepintió por haberlos aceptado. Podrían ser raspas, perezosos y peinetones, alucinar que eran policías patas-planas que se tomaban el trabajo demasiado en serio, pero tenían algo que la hizo cambiar su actitud: la satisfacían. Eso rara vez ocurría con el personal de Tráfico. Aun así, ninguno de ellos dejaba de representar para ella un cliente más.
Excepto Jaime, el monitorista —quien por cierto, era el más guapo de todos los empleados de Fletes Viajes Rápidos. Tenía varios años sin beber, razón por la cual su presencia en ese tipo de lugares era muy esporádica. Las pocas veces que iba al Cash Bar, acostumbraba ir solo, pues sabía que los otros guardias, al punto borracho, terminarían peleando entre ellos o bien, quejándose del trabajo o de que les quitaban el bono extra.
Sólo había un problema con el monitorista, además de su asistencia ocasional: como no bebía, gastaba poco. No se hallaba cómodo por mucho tiempo en sitios donde se consumía alcohol, o con personas que lo hacían. Y aunque Blanca —de noche Tiffany— se sintió atraída al verlo por primera vez, no olvidaba que su oficio era un negocio.
Así que con él, tendría que esforzarse un poco más. Sobre todo porque era el único que la seguía bateando.
Recurrió a todo su repertorio de artimañas: abrazarlo por la espalda cuando estaba sentado, colgársele del cuello cuando lo veía llegar, contonear la cadera cuando caminaba enfrente de él, arrojarle sus prendas cuando le tocaba desnudarse en la pista y, al momento de abrir las piernas a mitad de Sadness, colocarse de modo que Jaime tuviera la mejor vista de su sexo. Pero lo único que lograba obtener de él, era un par de bebidas con comisión.
Un día, perdió la paciencia.
—¡¿Pues por qué no quieres ir al cuarto conmigo?!
Tranquilo, Jaime dio un sorbo a su agua mineral con limón.
—Yo no pago por sexo.
La verdad es que, muy de vez en cuando, sí lo hacía. Cuando no tenía novia, o no conseguía alguna amiga ocasional.
Al igual que Tiffany, también tenía que dar el gatazo.
—La única mujer a la que le daré dinero, es a la que viva conmigo —sentenció, pagado de sí mismo.
Sucedió entonces que Joel, gerente de Tráfico, llegó al Cash Bar. Había pasado mucho tiempo desde su última visita. Tenía la mirada vidriosa, señal de que había bebido bastante. Su andar era normal, no trastabillaba, quizá porque usaba algo extra para cortarse la borrachera.
Cuando vio a Tiffany rogarle a Jaime, aprovechó para escupir un poco de veneno.
—Ande, mi´ja, me agüita… a qué pinche santo le ruega. De los guardias… ¡ese güey es el que gana menos!
Cierto. Mientras los otros elementos de seguridad trabajaban turnos de doce horas e incluso laboraban horas extras, Jaime era el único que valoraba demasiado su libertad como para esclavizarse trabajando: se retiraba justo al terminar su jornada laboral, ya fuera para estudiar, leer, descansar o hacer con su tiempo libre lo que se le diera en gana, aunque eso repercutiera en sus ingresos.
—Además, ¿usted cree que ese güey le va a hacer un buen jale? ¡Si en el trabajo nomás se la pasa aplastadote!
Tiffany miró a Jaime con una sonrisa entre sorprendida y burlona.
—Si en el trabajo no se levanta para nada, ¿usted cree que allá en el cuarto se le va a levantar “esa madre”?
Tiffany estalló en una carcajada, más ruidosa de lo normal. Rió al mismo tiempo que se dejaba abrazar por Joel.
—Sí, vámonos tú y yo, Joel. Ese güey no vale madre.
«Y además, ni quiere», pensó Tiffany.
Pero mientras ella se rendía, Jaime experimentaba una sacudida por dentro. No dijo nada, pero su cara tenía la expresión de quienes ven su realidad trastocada, de quienes no pueden creer lo que ven. Comprendió entonces que se había dado demasiada importancia.
Salió airadamente del lugar, con grandes zancadas. Apenas llegó a la carretera, se detuvo. Era consciente del lugar donde la había conocido, del oficio que ejercía, de que su relación con ella no era siquiera de cliente-proveedor y por lo mismo, no podía reclamarle nada; pero que se haya ido al cuarto con su peor crítico del trabajo, era algo que no podía soportar.
¿Y si regresaba por ella? ¿Y si se la quitaba a Joel, así, a la brava?
No. Si lo hacía, Tiffany era capaz de batearlo por el puro placer de ser ahora ella quien se diera importancia.
Decepcionado, siguió su camino, determinado a olvidarse de la bailarina. No volvería al Cash Bar. Esas estrategias de adolescentes ya no iban con ella, y a esas alturas de su vida, pensaba, ya no deberían ir tampoco con él.
Pasado el fin de semana, Jaime revisaba recorridos de camiones foráneos y hacía los tediosos pantallazos para el control de boletos de cruce fronterizo. Toda la mañana la pasó inmóvil, en su lugar, rastreando las unidades a través del ordenador. Trataba de aislarse mentalmente de todo el griterío del departamento de Tráfico, algo imposible de lograr si tenía jaqueca.
Para el mediodía, el dolor empeoró. Fue cuando perdió la paciencia y decidió salir del edificio. Aún no terminaba su turno, primero iría al taller a verificar cierto control que debía llevar sobre las unidades averiadas y de paso, a despejar su mente. Estaba harto de estar ahí, desmañanado todos los días, fastidiado por los coordinadores que hablaban a gritos y, por si fuera poco, arrepentido por haber despreciado tanto tiempo a Blanca —de noche Tiffany—, sólo para que ella acabara yéndose con Joel.
Cuando apenas caminaba por el patio rumbo al taller, escuchó un claxon que sonaba insistente. No reparó en el sonido, pues entraba y salía tanta gente que podían estar llamando a cualquiera. A los pocos pasos volvió a escuchar el claxon, pero siguió su camino. Tras varios silbidos de sus compañeros de Seguridad que trataban de llamar su atención, siguió sin volverse. Fue hasta que una piedra pequeña cayó rebotando junto a sus pies, cuando supo que los silbidos y claxonazos eran para él. Sus compañeros le hicieron señas para que se acercara.
Se dirigió entonces hacia donde le indicaron los guardias y vio un Cadillac DeVille blanco, cuya portezuela del conductor se abrió conforme se aproximaba.
Entonces la vio salir. Era Tiffany.
—¡¿Qué onda, mijo?!
No vestía ella de la mejor manera: zapatillas, pantalón de mezclilla holgado y una blusa con un dibujo del gato Silvestre que extrañaba al canario Piolín. Si no fuera porque varias veces la había visto desnuda en el Cash Bar, Jaime habría dudado de sus atributos.
—¿Y ahora tú, qué? —preguntó al verla. Hasta la jaqueca se le quitó. Le resultaba paradójico que mirarla vestida fuera el equivalente a conocerla al natural.
—Vámonos —respondió Tiffany, en tono casi imperativo. Como notó que Jaime sólo atinaba a quedársele viendo con cara de menso por la sorpresa, caminó hacia atrás de él y lo obligó a subir al auto a empujones. Luego, enfilaron hacia el primer motel de carretera que encontraron, en donde habrían de entregarse a una naciente relación de amor aderezada con sus respectivas enfermedades mentales. Fue tanto el ruido que hicieron esa tarde y noche y durante tanto tiempo, que causaron quejas de los huéspedes vecinos.
Permanecieron encamados hasta la mañana del día siguiente. Tiffany había faltado a su trabajo nocturno y Jaime faltaría al suyo en la mañana. Ninguno de los dos tenía interés en asistir. Perderían dinero: ella su sueldo y comisiones, mientras que a él le descontarían el día y Chebo le quitaría el bono de puntualidad. Pero no importaba. Estaban juntos esa mañana. Que los borrachos se aguanten sin verla bailar y que las cajas de tráiler se contaminen.
—La verdad, mijo, me llevé una sorpresa…
Iba ella a decir que la sorpresa se la había llevado con los de Seguridad, pero por alguna extraña razón, no pudo hablar con Jaime acerca de su oficio. De pronto, sin saber por qué, no se sentía cómoda hablando de otros hombres, sorprendida por una especie de recato.
Jaime intuyó eso, pero no sentía celos. De todos modos, no tenía por qué sentirlos. Recordaba muy bien cuál era la profesión de ella.
—Fíjate, mijo —añadió Tiffany, dejando su pasajero pudor para ejemplificar lo que iba a decir—: la vez que te fuiste del Cash Bar, cuando me fui con Joel, yo estaba despechada. Lo hice para darte picones.
Jaime sabía que las mujeres como Tiffany suelen hacer ese tipo de confesiones como una estrategia para embaucar a los hombres y sacarles lo más que se pueda, pero en el caso de ella, Jaime sentía que era sincera y que le decía eso por costumbre, por ser su oficio también una cuestión de estilo de vida.
—Pero ya en el cuarto —continuó ella—… pues nomás no. Lo clásico: que no sabía que tenía, que era la primera vez que le pasaba…
Jaime sonrió con cierta malicia.
—Hasta tuve que darle una “ayudadita” con la mano para ver si…
—Hasta ahí nomás —la interrumpió al tiempo que dejaba de sonreír. No quería que ella entrara en detalles. Imaginar que había intentado con Joel lo que con él había hecho toda la noche, lo incomodaba.
—El caso, mijo, es que con Joel nomás no. Ni con otros de Tráfico que llegaron antes. Puro batallar y puras tristezas. Muchas veces no se armaba, y cuando se armaba, duraban muy poquito. Quién sabe a qué se deberá… Pero contigo, Jaime, es otro rollo.
El monitorista fue más cauto al escucharla. Inflar el ego es algo a lo que muchas mujeres de su oficio recurren para jugar con los sentimientos de los clientes.
—Y luego, no me explico cómo es que no tienes hijos, con todo eso que avientas…
—Cuidado Blanca —le advirtió Jaime—, a mí no me vas a embaucar como a los clientes del Cash Bar.
—Pues por eso me gustas, mijo. Eres diferente a los apendejados borrachos que conozco, que los viernes van a pistear hasta ahogarse, y luego los sábados ahí van todos crudotes a jugar futbol.
—Y aunque fueran buenos y sanos… de todos modos los golean.
—En cambio, con los de Seguridad… contigo…
Blanca —de noche Tiffany—, entrelazó sus piernas con las de Jaime, dispuesta a hacerlo otra vez. Él correspondió girando hacia ella, colocándose entre sus piernas.
—¿Por qué los de Tráfico no podrán cumplir? ¿Estarán muy tensos?
—Algo hay de eso.
Segundos antes de que Jaime entrara en ella, Blanca volvió a preguntar.
—¿Y por qué están tensos?
Jaime sintió cómo se relajaba al entrar en la húmeda tibieza de Blanca. Respondió luego de empezar a moverse dentro de ella. Sus palabras fueron contundentes:
—Es que los de Tráfico nada más piensan en sus pinches cajas. En cambio los de Seguridad, sólo pensamos en el sexo…
Tiffany lo escuchó al tiempo que entrecerraba los ojos. Comenzó a gemir.