Aquellos lugares son de una belleza espléndida. Se ha conservado el bosque original, no es replantado, sino el antiguo (…) Y tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado: setas, bayas… Las ardillas corriendo por la avellaneda.

Nos encontramos con una mujer.

—Hijos míos, decidme: ¿me puedo tomar la leche de mi propia vaca?

Nosotros, con la mirada clavada en el suelo; nuestras órdenes eran recoger datos, pero no relacionarnos demasiado con la población.

El primero en salir del paso fue el sargento:

—Abuela, ¿cuántos años tiene?

—Ochenta ya tendré, y más. Los papeles se me quemaron durante la guerra.

—Entonces, bébala, abuela.

Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil.

Bien es sabido por todos que el trato hacia nuestros adultos mayores suele ser displicente cuando no condescendiente. Se les considera, ya sea una carga, o bien, un grupo de personas a quienes se les debe dar por su lado; como a los locos, o como a los niños cuando descubren con fascinación una verdad que el resto de nosotros ya conoce. Poco queda en estos tiempos de aquella veneración, o cuando menos, del respeto que se les debe. Ya no se les considera sabios por su experiencia, los avances tecnológicos que nos envuelven en esta vorágine de necesidades creadas, una de ellas la de adiestrarnos en su uso, no dan lugar a aquellos cuyos pasos y movimientos se han vuelto más lentos y cuyo raciocinio depende cada vez más de una memoria deteriorada. Cierto que hay adultos mayores quienes independientemente de su edad conservan una lucidez envidiable en comparación a la de muchos jóvenes, la mayoría de estos últimos, más impresionables que impresionantes.

La Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica, elaborada por integrantes del Consejo de Salubridad General, entre ellos, el Secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela y el Secretario de Hacienda, Arturo Herrera, dicta las directrices a considerar durante la actual pandemia, entre ellas, una que ha desatado cierta controversia: aquella que prioriza y da preferencia a pacientes jóvenes sobre adultos mayores en el todavía hipotético aunque cada vez más factible escenario de capacidad rebasada en las áreas de cuidados críticos en hospitales, es decir, faculta al personal médico a asignar recursos materiales y técnicos con preferencia y prioridad hacia “quienes tienen una mayor cantidad de vida por completarse”, en perjuicio de los adultos mayores o pacientes con otras condiciones de salud subyacentes, tales como enfermedades crónico-degenerativas.

Lo anterior, hace pensar que el prefijo “bio” debería anteponerse a la palabra “guía” y eliminarse la palabra “ética” del título de dicho documento, pues de esto último, de ética, pareciera no tener nada; entendiéndose como ética aquello que es recto, conforme a la moral; a la parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores; y al conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida; según tres acepciones que para definir la ética nos muestra el diccionario de la Real Academia Española. Esta directriz, esta facultad que dicho documento otorga al personal médico, se olvida de la moral, de lo que consideramos correcto y del juramento hipocrático. Sin embargo, es preciso señalar que en este documento, la palabra “bioética” no es una composición arbitraria o creada específicamente para este documento y sus directrices, sino un concepto por sí mismo, mucho más amplio que la ética médica, que no incluye solamente a la relación de la ética con la vida humana, sino incluso con los demás seres vivos, tanto sintientes como no sintientes. Mientras la ética médica parte hacia la aplicación universal de sus principios, la bioética parte hacia lo particular, considerando las características individuales de cada caso. Es por eso por lo que en ella se presentan dilemas tales como el aborto inducido y la eutanasia, cuya resolución procede mayormente de criterios más pragmáticos que éticos.

Es un criterio pragmático dentro de esta Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica, el que ha causado controversia en algunos sectores de la sociedad e instituciones de carácter civil, tales como la UNAM, que se desligó de su redacción, el Observatorio Filosófico de México y la Comisión Nacional de Derechos Humanos que se han pronunciado en contra debido a su carácter utilitario, el cual despoja al paciente de su dignidad humana, reduciéndolo a simple recurso cuyo seguimiento o descarte, salvación o desahucio, vida o muerte, depende de criterios discriminatorios e incluso del azar. Además, excluye de dicha decisión, al médico tratante.

Fue tan adversa la reacción de la sociedad a esta guía bioética, que para cuando estas líneas fueron escritas, dicho documento se había degradado a propuesta a debatir y, después, sería aprobado con algunas modificaciones; entre ellas, la eliminación del criterio de “edad” para elegir al paciente que recibirá tratamiento.

Lo anterior, lo último, nos tranquiliza un poco. Al ser el Consejo de Salubridad General un organismo que depende directamente del presidente de la república, quien tiene facultad de veto sobre cualquier lineamiento emanado de este Consejo, nos hace pensar en una intervención suya para que el documento haya sido aprobado con modificaciones. Después de todo, me parece poco probable que, por “bondad hacia” o la “conveniencia de no traicionar a” un segmento de la población que representa buena parte de su clientela política, el presidente López Obrador hubiera permitido que la iniciativa discriminatoria avanzara, contraviniendo los principios de humanismo de la Cuarta Transformación de los que tanto presume y que ha puesto en práctica.

Sin embargo, fuera del papel y de los datos duros, ¿qué tanto se aplican en la vida diaria, en la vida real, dichos principios?

Ejemplos de negligencia o indolencia hacia los adultos mayores en nuestro sistema de salud, hay muchos. Ignoro si es el mismo caso en los hospitales privados que en los públicos. Relataré un ejemplo muy cercano y personal: el de mi padre. Nadie me quita de la mente que debido a su edad avanzada, en cierto modo, lo dejaron morir.

Llegó a Urgencias, presa de convulsiones, con cierta lucidez, aunque arrastrando las palabras al hablar, producto de un accidente cerebro vascular. El personal logró estabilizar sus niveles de glucosa y oxígeno en la sangre. Era el último fin de semana del 2018, viernes, día en que hay carencia de camas y de médicos especialistas. No había cama que asignarle, ni especialista a quién asignarlo. Permaneció en Urgencias durante doce horas, por lo menos, hasta que en la tarde, por fin, lo llevaron a piso. Un residente que me planteó la posibilidad de entubarlo (con las implicaciones y el riesgo que eso conlleva) y el personal de enfermería se encargaron de tratarlo.    

El sábado, temprano, llegó a visitarlo la especialista, una cardióloga; pero era la de guardia de fin de semana. Me comentó que no funcionaba el tomógrafo, aparato que habría permitido localizar el coágulo y, quizá en base a los resultados, aplicar el medicamento necesario para deshacerlo (aunque ya había pasado mucho tiempo desde los primeros síntomas, yo insistía en mantener la esperanza). La doctora agregó también que se pediría enviarlo a reparar, aunque adelantó que sería difícil debido al fin de semana y último del año, cuando los técnicos, externos a la institución, probablemente tomarían un puente hasta el miércoles dos de enero.

Me llamó la atención que durante los horarios de comida a todo mundo le llevaran alimentos, menos a mi padre. Estoy de acuerdo en que no estaba en condiciones de alimentarse por sí mismo, pero no podían dejarlo solamente a la administración de glucosa vía intravenosa. Tuve que insistir hasta que le dieron batidos en tetrabricks, por lo cual sería necesario emplear una sonda para alimentarlo. No fue posible.

El lunes 31 de diciembre, después de medio día, por fin acudió el especialista asignado a mi padre. Solo llegó para valorarlo y decirme que le quedaban horas de vida. Y así fue. Mi padre falleció esa tarde, a las seis.

Muchas veces me pregunto qué habría sucedido si hubiera llevado a mi padre a un hospital privado, si habría sido la misma atención, el mismo abandono de un hombre desahuciado; o si el personal habría luchado más, al menos un poco más, para salvarle la vida. No reniego del esfuerzo del personal del IMSS, de los médicos ni el personal de enfermería; pero sí de la burocracia. De haber tenido los recursos, yo mismo lo habría llevado a un hospital donde al menos funcionara el tomógrafo o cualquier otro aditamento que pudiera emplearse en casos como el suyo y que uno, como familiar de un derechohabiente, espera que siempre estén listos y funcionando.

He sabido también de otros casos que no son de vida o muerte, de simples consultas de rutina agendadas previa cita, en las cuales los médicos familiares ya no se toman la molestia de auscultar a los pacientes. A lo mucho, escuchan los síntomas y en base a ellos diagnostican. Peor si se trata de adultos mayores: se limitan a tratar los achaques de siempre, a recetar el medicamento a surtir y resurtir mensualmente. Si escuchan sobre una nueva dolencia, un nuevo síntoma, se limitan a preguntar por él y a minimizarlo, cuando no a desestimarlo. Quisieran creer que lo hacen, como el fragmento de Voces de Chernóbil que aparece en el epígrafe, para no fastidiar a los pacientes con más medicamentos y restricciones a las que ya de por sí los somete su edad.

Considero injusto que se trate con indolencia a los adultos mayores y se les someta a criterios discriminatorios que comienzan incluso antes de que sean seniles, desde los treinta y cinco años, comenzando en los centros de trabajo hasta la atención en nuestro sistema de salud. Es injusto que casi se les descarte como personas que tiene derecho a seguir viviendo luego de que con su trabajo produjeron y construyeron esta sociedad imperfecta aunque perfectible y que, mal que bien, nos legaron el mundo que conocemos ahora (y a sus hijos, que para bien o para mal, también conocemos ahora). La discriminación comienza desde el mismo reclutamiento en los empleos, sin reparar en que son precisamente los adultos mayores, próximos a jubilarse, quienes más dedicación y responsabilidad reflejan en su desempeño, aunque ya no tengan la rapidez de su juventud. Son los adultos mayores, los pensionados, quienes desde el primer día de cada año se forman en las líneas de caja de las diferentes dependencias públicas para cumplir con el pago de impuestos y servicios, aunque eso implique a veces horas de espera y un cansancio más pronunciado debido a su edad.

Pero sobre todo, son los adultos mayores quienes nos dan los mejores consejos de vida. No por nada, en la antigüedad, antes de la existencia de los libros, los gobernantes se rodeaban de un consejo de ancianos que los guiaban en momentos de duda o dificultad, ayudándolos a tomar decisiones. De ahí viene la palabra “senado”: órgano político cuyo nombre deriva del latín senatus (Consejo de los ancianos), y de senex (anciano); testimonio de la importancia y utilidad que siempre han tenido.

Cierto es que en algún momento de nuestra vida, todos nos hemos rebelado contra los adultos, contra los mayores, contra lo establecido y contra lo viejo en pos de una renovación en la conducta, en la forma de pensar, en las costumbres, en los procesos y procedimientos. Todos dejamos en algún momento de escuchar a nuestros padres y buscamos consejo y apoyo en nuestros amigos, creyendo que por ser de nuestra edad serían los únicos en saber cómo nos sentíamos ante determinada prueba de la vida, sin saber que nuestros mayores ya habían sentido, experimentado, enfrentado y superado lo mismo que nosotros, algunos varias veces, y tenían el suficiente conocimiento para pronosticar las consecuencias de nuestros actos u omisiones, así como para sugerirnos la mejor acción a tomar ante determinado problema que nos aquejara. Mientras a muchos de nosotros se nos cerraba el mundo e incluso algunos pensaban en suicidarse, ellos siempre encontraban la manera de hacernos ver que en realidad “no pasa nada”, que “todo está bien”, que “lo que hoy nos hace llorar, mañana nos hará reír”.

Al principio, mi actitud ante sus sugerencias fue de rebeldía, sobre todo, porque los consejos de mis mayores diferían mucho de mis contemporáneos: mientras estos me sugerían lo que yo buscaba escuchar, los adultos me sugerían lo que necesitaba… y no siempre era de mi gusto. “¡Qué va a saber este ruco sobre la bronca que traigo!”. Sin embargo, cedí en mi actitud, de manera paulatina. Cuando no encontraba la solución a mis problemas, seguí entonces sus sugerencias, primero, por curiosidad: “Vamos a ver qué pasa si hago lo que me dicen”. Luego, fue conveniencia: “Creo que sale mejor todo si hago lo que estos rucos sugieren”. Al final, fue por convicción: acudí a ellos completamente seguro que lo que pudieran decirme, era la mejor guía en mi toma de decisiones. Seguí sus indicaciones al pie de la letra. Fue el consejo de dos adultos mayores, mi padre y un amigo que me ayudó a dejar de beber, el que me ayudó a relacionarme mejor conmigo mismo y con los demás.

No pediré actualmente a un adulto mayor que me guíe sobre cómo manipular un teléfono inteligente de última generación, o cómo configurar una computadora con los últimos adelantos, o cómo jugar en Playstation. Para ello, si llegase a necesitarlo (y llegará el día en que lo necesite), recurriré a los más jóvenes, a los centennials, a quienes pronto será difícil seguirles el paso, por mucha energía que nos contagien. Pero para otras cosas, aquellos asuntos que perduran generación tras generación, pediré sin duda consejo a mis mayores, pues no importa la edad, siempre habrá retos de vida ante los cuales necesitaré asesorarme.

Podrán cambiar los autos, la tecnología, la arquitectura, las leyes; pero el ser humano, las personas, la gente, esa no cambia. Podrán crearse maravillas tecnológicas, ponerse en boga nuevas corrientes de pensamiento (muchas de ellas, falaces) e incluso en base a dichas corrientes de pensamiento podrían implementarse nuevas leyes que restrinjan nuestras acciones o las amplíen, reglamentos que mediante la coerción repriman alguna de nuestras conductas o protejan nuestros derechos, pero ninguna ley podrá hacer que sintamos lo que no sentimos, o que dejemos de sentir lo que ya sentimos. Ninguno de estos artilugios o ideas podrán despojarnos de nuestro carácter humano. El mundo, la vida, no dejará de ser lo que es. Y sobre la vida, es sobre lo que más saben nuestros adultos mayores.

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