Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. El noticiero matutino le había hecho el favor de notificarle, tras enterarlo primero del estado del tiempo, la cotización del dólar y el reporte de los puentes internacionales en Ciudad Juárez, vía el radio a todo volumen del vecino en ese dúplex en que vivía. De momento creyó no haber escuchado bien, en un afán por comprobarlo, se sentó en la cama como impulsado por un resorte, con un movimiento que despertó a su esposa. El «cachito» adquirido terminaba en noventa y siete, número en el que Cande depositaba su fe cada viernes cuando jugaba a la lotería, aunque en toda su vida jamás hubiese ganado otro premio mayor al reintegro.

—¿Qué pasó? —le preguntó Ofelia, su esposa, aún acostada en la cama.

—Voy a la tienda —respondió Cande, mientras se ponía el pantalón—. Esos del radio no repitieron el número ganador.

Se calzó sus pantuflas y salió de la casa. Atravesó el parquecito del fraccionamiento con paso apurado, al tiempo que intentaba meter el brazo izquierdo en la manga de la primera camisa que tomó al levantarse. Luego de una pausa y una vuelta sobre su eje descubrió que la manga de su camisa estaba al revés, y tras corregir el enredo, terminó de ponerse la prenda que, debido a la premura por llegar a la tienda, abotonó mal.

Con los faldones disparejos, esperó la llegada del diario afuera de la tienda de El Pareja, un ex agente de tránsito que había emprendido el comercio como actividad alternativa a su pensión, con quien a menudo hablaba sobre la situación del país. Sus discusiones eran acaloradas, pues mientras el tendero era crítico hacia el gobierno, Cande lo defendía con vehementes alegatos. Por mera prudencia, el Pareja cedía cuando la actitud de Cande se tornaba agresiva.

Una vez con el periódico en su poder, buscó la lista de la Lotería Nacional, encontrando que su número, el 23597, aparecía como primer premio.

—Pues lo felicito, pareja —le dijo el tendero—, pero creo que debió jugar por dinero y no por el avión.

—¿Cómo cree, Pareja? Por muy gordo que sea el premio de la Lotería, no se compara con el avión. Con que alguien me dé la mitad de lo que vale, con eso la hago. Nomás no le vaya a decir a nadie, ¿eh? Ya sabe, la inseguridad…

Cuando el Pareja quiso responder, Cande ya había arrancado rumbo al parque. Corría por el centro del césped, buscando que no hubiera heces de perro para luego arrojarse de rodillas y deslizarse sobre el pasto, como los futbolistas cuando celebran un gol. Su impulso dibujó un par de líneas paralelas en el suelo, hasta detenerse frente a un hombre diminuto que ya lo esperaba.

—Perdón por arruinar el momento —le dijo el hombrecillo, a quien Cande conociera semanas atrás. Lucía diferente; ya no como aquél mal vestido vendedor de billetes de lotería, de tenis sucios y jeans deslavados por el uso que lo había convencido de comprar un número para la rifa del avión, en vez de su acostumbrado cachito para la lotería; ahora lucía como todo un logrado político, de traje oscuro impecable, sin arrugas, corbata de seda roja y zapatos relucientes. Sus rasgos, esos sí, seguían siendo los mismos: baja estatura, complexión delgada, nariz recta y breve; bigote revolucionario que no pasaba más allá de las comisuras, orejas puntiagudas de gnomo dublinés y una calva que hacía más notorios sus ojillos pequeños y siniestros.

—¿A poco ya?

—Todavía no, Cande —respondió el hombrecillo, al tiempo que giraba su cabeza para hablarle a tres cuartos de perfil, enfatizando sus frases con calculados movimientos de cejas—. Primero disfruta el avión, el dinero de su venta. Ya me pagarás al final.

—¿Al final? —preguntó Cande, con voz trémula— ¿Cuándo será eso?

—No lo sé. No soy yo quien decide.

—¿Y cómo le hago con el impuesto?

—De eso no te apures. Algo se le ocurrirá al gobierno: alguna reforma, alguna modificación a la ley… Tú no te me asustes con esos rollos y mejor goza lo que te he ayudado a ganar. Solo date prisa: memento mori.

Cande se levantó del suelo y caminó con calma hacia su casa, mientras el hombrecillo lo miraba sonriente. Del júbilo, había pasado al pasmo. Caminaba sin parpadear, al tiempo que repetía el latinajo dicho por el hombrecillo. Con pinta de sonámbulo llegó a su hogar, en donde Ofelia, tras cuestionarlo, pasó de la somnolencia a la felicidad: ahora sí podrían dejar sus odiados empleos, tendrían su futuro asegurado, ella compraría buenos vestidos y una buena troca, ya no tendría que compartir carro con Cande ni atenerse a que él la transportara cuando no les fuera posible alternar el uso del coche. Lo mejor: rejuvenecería con buenos tratamientos, buenos cirujanos plásticos y una liposucción. Al festejo se unieron sus hijos, un par de adolescentes que ya vislumbraban que no necesitarían estudiar por el resto de sus vidas.

—Tranquilos todos: no se vuelen, que todavía pueden pasar muchas cosas.

—Ay, gordo… ¿qué podría salir mal?

Llegó entonces la entrega del premio, con gran cobertura en medios y una verbena popular. En un acto solemne, le entregaron una réplica gigante de una llave (aunque al abordar la nave y entrar a la cabina, descubrió lo que nunca se había preguntado: los aviones comerciales no usan llave), junto a una constancia en la que el gobierno federal se comprometía a dar mantenimiento al avión durante los dos años de uso incluidos. Ese mismo día fue el «vuelo inaugural» de la familia rumbo a Cancún.

Al regreso, tuvieron que trasbordar a una aerolínea de bajo costo porque solo la Ciudad de México contaba con un hangar adecuado para el TP-01. No bien habían comenzado a planear su segundo viaje cuando el gobierno, apelando a su patriotismo, les pidió prestado el avión para recoger mandatarios de otros países que solicitasen asilo, así como para transportar peloteros mexicanos al Clásico Mundial de Beisbol 2021.

Concluido el evento deportivo, faltaba un año para que terminaran el mantenimiento y uso incluidos, pero tras unas reñidas elecciones, el gobierno resolvió entregarle el avión definitivamente. «Como dijo aquél: el presidente propone y el Congreso dispone», le dijeron para justificar el recorte en el presupuesto. Voló entonces a Ciudad Juárez, pero no a un hangar, sino a un terreno por la carretera a Casas Grandes. «¿Podrían aterrizar en el desierto? No quiero que mi avión circule por las calles de Juárez, todas arrugadas y llenas de baches que el ayuntamiento independiente nomás no arregla».

Trató de contactar posibles compradores, sin éxito, hasta comprender que en los negocios existe algo llamado «barrera de entrada»: significa que, por el alto costo de las operaciones, los únicos que pueden participar en la compra-venta de aviones son los fifís; pero ninguno de ellos quiso tener tratos con él. Contrariado, no tuvo más que pedir prestado para acondicionar la aeronave como negocio. No sería el primer avión en la ciudad que desempeñaría funciones ajenas a aquellas para las cuales fue creado: el Municipio ya había transformado uno en biblioteca, el Biblioavión. «¡Bah! El mío está más grande». Cande pensó al principio en habilitarlo como club nocturno con bailarinas nudistas y la alcoba disponible para aquellos que quisieran ir al cuarto, pero desistió por las repercusiones negativas en su reputación.

Al final, acondicionó las alas como terrazas para convertirlo en restaurante. La novedad surtió efecto y tuvo éxito al principio, pero poco a poco, la lejanía asustó a sus clientes. Lo peor fue cuando un comando entró para masacrar a balazos a un grupo de jóvenes que departían adentro del fuselaje. Sin dinero para comprar a los inspectores de gobernación estatal, le clausuraron el lugar. Nunca volvió a abrirlo. La otrora flamante aeronave no tardó en tener la pintura quemada, el tren de aterrizaje ponchado a balazos y el morro destruido a pedradas.

Tiempo después, Cande confesaba al tendero lo que había hecho para ganarse el avión.

—Así que ese hombrecillo resultó ser el Chamuco Chico y usted le vendió el alma… pues vaya que lo engañaron, Cande.

Este último, cabizbajo, apenas levantó la cara para responder.

—Este gobierno que al principio pintaba tan bien, también me engañó, Pareja.

El comerciante respiró hondo antes de agregar: —Ey, también… ¿Y le digo algo? La verdad, es que no sabría decirle cuál de los dos es peor.

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