La segura, técnica, inteligente y lógica policía del pensamiento

Dominar la mente de aquellos a quienes vigilan para que solitos se repriman, es el sueño de cualquier figura de autoridad; desde militares, policías, hasta simples guardias de seguridad. Mientras los primeros podían imponerse mediante la fuerza, los últimos, imposibilitados para emplear armamento y carentes de condición física, debían conformarse con la amenaza de levantar reportes mal escritos y peor redactados, y dar parte a Recursos Humanos para que impongan una sanción; amenazas que surtían efecto en los trabajadores más por el temor a perder el empleo, que por el respeto que pudiesen inspirarles los guardias de seguridad, en su mayoría bofos y gordinflones.

Pero estos no eran temas que a Lucino, monitorista GPS, le merecieran un análisis, ni siquiera un pensamiento. Nunca, en su extensa trayectoria laboral, se había detenido a pensar en la existencia de algún problema filosófico detrás de lo que eran faltas merecedoras de una sanción. Así lo había aprendido hacía mucho tiempo, aunque la experiencia no fuera lo suficientemente lejana como para hacer que se guardara su opinión, cuando algún jefe externaba a otro alguna táctica o estrategia para lograr algún objetivo de operación o administrativo. Tanto el gerente de seguridad como los supervisores eran más jóvenes que él, y en la creencia de que estos conceptos les eran desconocidos debido a su juventud, Lucino solía intervenir con obviedades, como la inconveniencia de la rotación de personal, la necesidad de no relajar la disciplina y la aplicación de medidas correctivas. Su opinión siempre incluía frases como “así le hacíamos allá en SCHENKER, cuando yo era coordinador…”, o “…me acuerdo cuando dirigí personal allá en…”

Sus compañeros y superiores hacían más o menos caso a sus anécdotas y sugerencias (que por cierto, nadie le pedía). Excepto Julián. Cada vez que este escuchaba a sus compañeros hablar con autoalabanzas (que él llamaba “chingonerías”), prefería volverse hacia la pantalla. Llegaba incluso a aislarse mediante el uso de audífonos. Por esto, a Julián lo conocían como el serio, el antisocial, el amargado; pero él solo aprovechaba los tiempos muertos de su trabajo para disfrutar de su propia compañía, dialogar con sus pensamientos; para que el disfrute de su soledad fuese perturbado lo menos posible.

Una tarde, les asignaron la tarea de vigilar los excesos de velocidad. Entrarían a la frecuencia de radio de los choferes.

—Unidad trescientos setenta, favor de bajar su velocidad…

—Unidad cuatro cuarenta, va muy rápido, áhi por favor reduzca la velocidad…

Los choferes, acostumbrados a obedecer solo a su coordinador de tráfico, no tardaron en sentirse hostigados.

—¿Entonces a qué velocidad quiere pues que le dé, compañero?

Al principio, los monitoristas solo entraban a la frecuencia de los choferes para conminarlos a reducir la velocidad y luego salían de ella para seguir con el rastreo satelital; pero una tarde, un atolondrado monitorista se distrajo con la plática de otro compañero que le chuleó su moto y olvidó cambiar de canal.

—Estos no dan quebrada de nada. Agarras una bajadita, y todavía ni empiezas a frenar, cuando ya están chingando con que le bajes…

—¡Es que no saben lo que es ponerle al jale! Nunca se han subido a un tractor. Ahí nomás están frente a la pantalla, viéndonos…

Áhi nomás sentaditos…

—Sí… sentaditos porque son culitos…

Al escucharlos, Lucino decidió intervenir.

—Compañero, le encargo ese tipo de comentarios. No puede hablar así en la frecuencia.

—¡Unidad tres setenta…, favor de bajar la velocidaaaad! —imitó otro de los choferes, aflautando la voz.

Aunque esta imitación feminoide también lo hizo reír, Lucino decidió que debía imponer su autoridad. Nadie iba a burlarse de él. Subió el volumen del radio y tomó su celular para grabar la conversación.

—Mejor déjalos desahogarse, hombre —le dijo Julián—. Nomás falta que ustedes también quieran reprimirles el pensamiento.

—Es que calienta que hablen así de nosotros —respondió Lucino, con su acento pueblerino—. Al menos, yo sí me caliento.

—Pues ustedes tienen la culpa. ¿Quién les manda a husmear en la frecuencia de los choferes? El que busca, encuentra.

Lucino comenzó a monitorear la comunicación de los conductores. Logró grabar nuevas burlas, ironías, sarcasmos e imitaciones, charlas cercanas a la sátira y el esperpento; pero la risa de fondo de Julián también se había grabado, y terminó por inutilizar la evidencia y la seriedad de su intención.

Pero Lucino no flaqueó. Era la oportunidad de demostrar su valía, aplicar la experiencia y sentar el precedente para un futuro ascenso que le permitiera lograr su más cercano propósito: volver a ser supervisor. Desplegaría sus habilidades en la grilla y su destreza para las intrigas asalariadas, sin imaginar que, a esas alturas de su vida, solo lograría revivir viejas glorias y validar nuevas carencias.

Por otro lado, el descontento de los choferes era tanto, que a Raymundo Canseco le provocaba jaquecas apenas acomodado frente al volante. Temía a cada momento la cantaleta molesta, machacona, de la reducción de velocidad. Al oírla, imaginaba posibles respuestas. Escuchaba sus pensamientos, reproducía en su mente los diálogos reprimidos en la realidad. Respondía con su voz a sus propias ironías, a sus quejas, a sus indirectas.

Hasta que un día escuchó, o mejor dicho, imaginó una voz que no era la suya.

¡Ay, sí! ¡”Oficiales de seguridad”! ¡Ja! Abrepuertas, lambiscones, veladuermes, peinetones… eso es lo que son.

—¡Ah, chingá! ¿Verduzco? —se preguntó a sí mismo, en voz alta.

¿Qué onda, Mundo? Comenta.

Raymundo trató de distraerse con el trabajo. Ignoró la pregunta, creyendo que era él mismo quien se respondía; aunque ese pensamiento había sido tan real, que lo hizo dudar. 

—¿Me estás hablando, Verduzco? —preguntó, usando la frecuencia. Lucino preparó su grabadora.

—Nega la borrega, mijo, no he usado el radio para nada.

¡Mah! Pues qué raro; ¿de dónde salieron esas palabras que describieron a los de seguridad interna? Eso mismo me pregunto, de pronto me pareció escuchar que tú decías algo de ellos, y pensé en la respuesta. ¿Pero cómo me escuchaste si no he hablado por radio? Pues yo tampoco lo he usado.

Raymundo creyó por un momento que el subconsciente le hacía recordar la voz de Verduzco, e imaginar una conversación con él.

Mira, Verduzco, vamos a hacer una prueba: dime por dónde andas. Voy a BOSCH, por la calle Alameda, a la altura de Socorro.

Raymundo consideró que esa respuesta no era determinante, pues el rumbo descrito era un destino muy común. Cualquier unidad podría encontrarse por ahí y la respuesta, ser originada por su intuición.

“Hey, Mundo, ahora yo: vengo llegando a Tornillo, Texas.”

Ese pensamiento retumbó en la mente de Raymundo, con una voz distinta a la de Verduzco.

¡Ah, chingao! ¿Eres tú, Maldonado? Simón, ese mero. ¿Qué andas haciendo hasta allá? Me mandaron con un cliente nuevo, comenta.

Raymundo, antes de que llegara cualquier otro pensamiento, real o imaginario, propio o ajeno, descubriría que no solo se podían escuchar las ideas sino también las intenciones.

Simón, Raymundo, apaga el radio.

El aparato emitió un breve pitido antes de que desapareciera su luz indicadora. Ya nada podría hacerle creer que le hablaban por la frecuencia. Tomó su teléfono celular y llamó a su coordinador, preguntándole, como quien no sabía nada, la ubicación de Maldonado, con el pretexto de que debía encontrarlo para entregarle una tarjeta SIM.

—Maldonado se dirige hacia afuera de El Paso, rumbo a Tornillo. Va a tardar un buen rato en bajar a Juárez.

¡Confirmado! ¡Lo sabía! Algo estaba sucediendo.

Sí, está curiosón este rollo, pensó Verduzco.

Pero está chido, agregó Raymundo.

Se llama “telepatía”, muchachos; informó Maldonado.

De tan contento que estaba con ese fenómeno espontáneo y divertido, Raymundo no se dio cuenta que comenzaba a rebasar el límite de velocidad.

Hey, Mundo, te están hablando. ¡Achis! ¿Quién? El monitorista; te está hable y hable y no le contestas.

“¡Ah, la chingada!”, recordó Raymundo al ver su radio apagado.

—¿Por qué no responde, compañero? —cuestionó Lucino.

Áhi discúlpeme… Es que el radio se oía como si tuviera un corto, y lo apagué —mintió Raymundo, sonriente. Aunque no era una risa audible, la pura mueca bastó para afectar el tono con que hablaba; festivo.

—Pues con la pena, compañero: voy a tener que reportarlo.

¡Hey, Mundo!, áhi de pasadita: dile que chingue a su madre.

Lucino siguió tenazmente las conversaciones por radio, intrigado porque ya no escuchaba nada más allá de notificaciones de salida o llegada a algún lugar, números de caja y sellos que contenían la carga que transportaban, o incidentes callejeros. De manera abrupta, esos hombres, esos choferes que solían hablar mucho y redundar más, locuaces por la solitud de su trabajo, habían dejado de hablar. No era normal.

Fue tanta la obsesión de Lucino por las conversaciones, que el mutismo de ellos y su propia ansiedad le provocaron poco a poco alucinaciones auditivas; más a final de turno, cuando veía caminar a los operadores por la base y solo volteaban a verlo con miradas maliciosas y sonrisas contenidas.

¿Ese güey es? Ese mero. Se me hace que es de agua.

Unidad 370, favor de bajar la velocidaaaaaaad…

Un coro de carcajadas de diversas voces y tesituras se reprodujo en la mente de Lucino, mientras las miradas sonrientes de los choferes lo hicieron comprender que él era el objeto de su humor.

No se agüite. Es puro cotorreo.

Fuera lo que fuera que estuviera sucediendo, esperó a que los conductores dieran vuelta en una de las casas móviles acondicionada como oficina para tomar una tuerca grande que encontró en el suelo, decidido a arrojarla al chofer que más tuviera cara de estarse riendo de él, pero al dar vuelta a la esquina de la casa móvil, descubrió que los choferes habían echado a correr, entre más risas imaginarias.

¡Ay, güey! Ya se enojó…

Comenzó entonces el mismo proceso de desarrollo telepático por el que habían pasado los choferes. No supo a qué atribuirlo, pero comprendió que ahora podía escuchar sus pensamientos, lo cual explicaba muchas cosas. Mejor: sabía a quién correspondía cada voz en su mente.

¡Hasta crees, compa! Los hechos son los que se castigan, no los pensamientos, así que te deseo suerte, carnal. ¿Suerte?, la que van a necesitar ustedes cuando los reporte a Recursos Humanos por groseros. ¡Órale! Nomás que primero, tendrás que presentar pruebas.

Obsesionado con tener evidencias de lo que pensaban los choferes, Lucino usó entonces sus dotes de embaucador y, contra lo que él mismo esperaba, logró convencer primero a sus supervisores, luego a su gerente de Seguridad, después a la Dirección General y al Consejo de Administración de la empresa para que desembolsaran una fuerte cantidad de dinero y mandaran hacer en Asia, con los gigantes de la tecnología, un dispositivo que leyera y registrara los pensamientos. La inspiración para su idea le vino de Uber: durante la pandemia, la aplicación permitía saber cuándo usaban cubrebocas los conductores y cuándo no. Al cabo de algunas semanas, la inversión e inventiva arrojó un dispositivo que se colocaba adentro de la cabina, apenas arriba del parabrisas, el cual emitía un haz de luz negra cuyos fotones cubrían la cabeza del operador para evitar alguna acción evasiva, atravesándola y registrando las ondas cerebrales en una placa receptora integrada al reposa-cabeza del asiento, junto a un transmisor que decodificaba y enviaba la información a una computadora.

Julián, quien también desarrolló la habilidad telepática tras un día de estrés en que olvidó sus audífonos, creyó su deber moral avisar a los choferes; aunque ellos ya conocían los planes de Dirección.

Pero gracias de todos modos, compita. Eres un traidor, Julián, le contaré al gerente para que te cambien a Taller y te pongan a lavar fierros. ¡Qué gacho eres, Lucino! Mira que delatar a tu propio compañero… ¿Cómo ven, muchachos, jalan conmigo para que las cosas le salgan mal al peinetón? ¡Arre! ¡Simón! No, espérense, no lo hagan, me van a hacer quedar mal. Ni modo, Lucino, ¿para qué andas de culero? Ahora te aguantas.

Del mismo modo que la telepatía permitió a los choferes adelantarse a las intenciones del monitorista, Raymundo se adelantó a Seguridad y, el primer día de uso del artificio, arengó a sus compañeros, tanto por pensamiento como por radio, seguro de que los directivos escucharían, pendientes del nuevo dispositivo.

Compañeros, vamos a hacer lo siguiente…

Compañeros, vamos a hacer lo siguiente…

…vamos a concentrarnos en lo que es el jale…

-…vamos a concentrarnos en lo que es el jale…

…nomás para que estos idiotas dejen de estar chingando.

Luego de la inversión que casi los lleva a la quiebra y tras escuchar el insulto en la última frase de la arenga, los directivos comprendieron que lo único que habían necesitado desde un principio, era un líder; y Raymundo lo era. El GPS jamás volvería a registrar excesos de velocidad.

Los directivos y gerentes, a pesar del estrés propio de sus puestos laborales, no habían desarrollado la habilidad telepática, por lo que nadie era capaz de escuchar sus pensamientos. Pero no fue necesario que desarrollaran dicha habilidad: después del insulto a través del dispositivo, a Lucino le bastó ver la dura mirada que directivos y gerentes dirigieron hacia él, para vislumbrar lo que le esperaba.

La noche en que el mundo fue mío

Hoy es 14 de febrero, pero el recuerdo que me visita es el de un 24 de diciembre de 1999. Me acompañaba mi mejor amigo (sin agraviar, pues aunque actualmente cuento con muy buenas amistades, ninguna de ellas tiene la antigüedad de aquél). No recuerdo cuál era el motivo por el que él no estaba con su madre y hermanas celebrando la Nochebuena, sino conmigo, a bordo de mi primer carro, acompañando mi peregrinar motorizado por las casas de otras amistades, a quienes yo acostumbraba visitar por breves minutos cada 24 de diciembre, en un gesto de buena voluntad y reivindicación de lazos amistosos. Fueron varios los domicilios visitados antes de volver a casa, solo faltaba ir a uno en especial, y mi amigo y confidente sabía muy bien cuál era: el de Ella. 

La había conocido en el centro de la ciudad, una tarde quinceañera, cuando fui a comprar unos lentes de sol en el negocio de su familia. Ella trabajaba allí, se hacía cargo de la venta de mercancías durante la ausencia de su hermano, mientras por esas mismas calles yo me dedicaba a la vagancia y a conocer chicas. Aunque ya había salido con algunas de las muchachas que había abordado, con ninguna de ellas me ocurrió lo que con esa comerciante tan solo verla de cerca: quedar embelesado con su figura, su voz, su manera de hablar, su cabello negro, lacio, recogido la mayoría de las veces en una cola de caballo. Su actitud altiva y pulcra, su figura esbelta, su cuerpo voluptuoso y su mirada café con reflejos verdes, profunda e intensa con un “toque de maldad”, prendaron mi corazón y mi pensamiento durante el paso de la adolescencia a la mayoría de edad; incluso más allá, tal vez para siempre.    

Mi mejor amigo padeció durante esos años mis reiteradas referencias a ella, mis testimonios acerca de lo que vestía, de cómo lucía, de las veces que iba a trabajar, de mi temor a no volver a verla cuando por alguna razón ajena a mi conocimiento dejaba de ir, de mi alegría al verla regresar a su negocio, del fallido consejo de mi amigo de no hablarle hasta que fuera Ella quien lo hiciera primero; y del aspecto intimidante de su hermano mayor, hombre adulto, de constitución fuerte y barbado, a quien bauticé como “El Hermanote”. 

¡Ay, de mí! Hombre de perenne inseguridad en sí mismo.  

A menudo le perdí la pista, solo para volver a encontrarla cuando volvía de su ausencia, o cuando gracias a mi vagancia, descubría su reubicación en otra calle. Había dejado pasar mucho tiempo, razón por la cual no sabía cómo hablarle otra vez; llena mi mente de posibles palabras de rechazo, pensamientos propios que mi imaginación le atribuía por anticipado. Quizá debí olvidarla, reconocer que me había equivocado, pero no pude. Seguí estancado, dolidos mi corazón y cuerpo como en la amenaza a Borges. La audacia que con otras me sobraba, con Ella me faltaba. Temía echarlo a perder más de lo que ya lo había hecho. 

Pasados apenas un par de años, la volví a ver. Fue en una disco a la que yo había entrado a trabajar como cantinero y Ella acudía como cliente, cuando ambos habíamos alcanzado la mayoría de edad. La acompañaba una hermana y dos muchachos. El encuentro en un lugar inesperado y en un ambiente distinto del lugar en donde la había conocido, me dio el mejor pretexto para abordarla después de tanto tiempo, y así lo hice. Contra todos mis temores anteriores, no hubo ningún rechazo, ningún menosprecio, ninguna recriminación por el tiempo que había dejado pasar o respuesta por mero compromiso o cuidado de formas, sino todo lo contrario: me correspondió con un saludo amable y sincero. 

Claro que mi entusiasmo me llevó de nuevo a cometer un error: hablé con el Dj de la disco y le pedí que proyectara en la pantalla gigante la siguiente leyenda: “Saludos a (       ) de parte de Arnold” —firmé con mi sobrenombre de la prepa para darle, según yo, un toque de misterio que pensé me haría interesante; pero lo único que logré, fue que Ella tuviera problemas por mi culpa. Uno de sus acompañantes era su novio.  

Me tocó ver a lo lejos el reclamo de él hacia Ella, mientras yo lamentaba mi imprudencia y deseaba desaparecer del lugar, preparándome por si las cosas salían de control y me veía involucrado. No temía tanto enfrentarlo a él como temí enfrentarme a Ella. 

Por fortuna, las cosas no pasaron de una escenita de celos. Al siguiente fin de semana, la vi llegar de nuevo al discoteque, ahora solo con su hermana. Aproveché para abordarla, y confesarle que había escrito una serie de textos para ella. 

—Gracias. Qué lindo eres —me dijo, con una sonrisa. 

Le pedí disculpas por haberla metido en problemas con su novio. 

—De hecho, ya terminamos. Era muy posesivo. 

Su respuesta, además de avivar mi ilusión, me dio más confianza para ir a visitarla de vez en vez a su negocio, siempre cuidando que no estuviera el temido Hermanote. Todo parecía ir bien, platicaba con ella, cotorreábamos, la traté, la fui conociendo… hasta que en la discoteca, surgió un rival contra el que no tendría la menor oportunidad: don Dinero. 

A partir de ahí, la situación se tornó extraña. Parecía haber dos realidades, una en la calle, en el negocio de su hermano, donde nos hablábamos como dos amigos; y otra en la disco, donde ambos nos ignorábamos. Como si no nos conociéramos. Mi siguiente estrategia era que me reconociera en el antro, pues ¿por qué en cualquier otro lugar sí y allí no? No contaba con que a los dos se nos había ocurrido “darnos nuestro taco” al mismo tiempo. 

Así pasaron días, semanas, meses. Naciente amistad en la calle, en la vida real; indiferencia mutua en la disco. No recuerdo si alguien tomó la iniciativa de hablar con Ella o si yo le pedí que lo hiciera como no queriendo la cosa; más probable esto último, desesperado por conocer su pensamiento, la impresión que tenía de mí. Gracias a los meseros, supe que ella iba desde sentirse halagada por mis escritos, hasta “dile que ya deje de hacerse el importante”. 

Otra vez, el idiota de Juan Carlos no supo interpretar las palabras, descifrar el siguiente movimiento por hacer. Lo comprendo ahora: no supe vislumbrar, adivinar la intención, leer entre líneas. Lo que entonces sonó para mí como una expresión de hartazgo, bien pudo haberse interpretado también como una invitación a dejarme de juegos, portarme como hombre e ir por lo que quería o decía querer; incluso hoy alucino con la posibilidad de que entonces y a pesar de todo, Ella estuviera esperando a que yo retomara la iniciativa. No puedo estar seguro de eso, pero tampoco de lo contrario. Si a mi falta de miras le sumamos la injerencia de don Dinero, el rival contra quien ya había perdido, mi avance sería nulo. 

Pero no esa Nochebuena del año 1999. Era una noche fresca, propia de invierno, aunque la baja temperatura era soportable con un suéter o una chamarra ligera. Decidido, dirigí mi Buick Century hacia la colonia en donde ella vivía, a la calle sin asfalto en donde vivía. Mi carro lucía impecable, la carrocería encerada, las copas de rayos abrillantadas, las llantas ennegrecidas. Aunque la calle era de tierra, no estaba suelta, y gracias a la humedad del ambiente, mi carro no levantó polvo. Yo también estaba de lo más presentable, con la mejor de mis camisas de marca, color negro, mi favorito, el cabello recién cortado, chamarra cazadora de piel, también negra, botas de anguila y unas gotitas de Aqua Quorum. Mi amigo me acompañaba en el asiento del copiloto.  

Llegué a su casa, lo más preparado y armado de valor que pude. Bajé del auto. Cerré la portezuela, con una ventanilla abierta, por si acaso. Examiné con la vista el panorama. Nochebuena fresca, silenciosa. Tras la barda de mediana altura y las rejas que la coronaban, se alcanzaba a ver el patio, sus autos y los de sus hermanos, así como luz en algunas ventanas de la casa. ¿Tocar, gritar, silbar? 

Opté por el claxon, y que fuera lo que Dios quisiera. Sonó bastante fuerte, gracias a la quietud. Se abrió la puerta de la casa. Asomaron sus dos hermanos mayores: el Hermanote (¡chin!), y quien le seguía en edad (¡otro chin!). Sus caras reflejaban extrañeza y curiosidad.  

—Buenas noches. ¿Se encuentra…? 

Saludé lo más natural posible. Como debe de ser. Sin fijarme en mi tono ni timbre. Con seguridad. Si me hubiera puesto a cuidar que la voz no me temblara, seguramente me habría temblado. Hablé con aplomo, aunque por dentro seguía sumamente nervioso. Imaginaba que en cualquier momento preguntarían quién era, y tú qué, de dónde la conoces, como supiste dónde vive, qué te traes con mi hermana, te conozco, te la pasas de vago en el centro, mejor píntale a la verga de aquí antes de que valga madre este pedo… 

—Claro que sí, ahí le hablamos… 

“¡Ah, cabrón!”, pensé, sorprendido por la respuesta y reacción inesperadas. Complacido y aliviado. Solo faltaba Ella. 

Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no supe cómo pude permanecer ecuánime. Deseaba una conducta igual a la de sus hermanos, pero tras haber obtenido su número de teléfono sin habérmelo ella proporcionado, después de haber investigado su domicilio y haber acudido a su casa sin que ella me hubiese invitado, solo podía esperar lo peor. Lo más probable, me pediría la deje de molestar y de seguir, quizá de una manera airada. 

Pero no. Salió al fin, cruzó el patio y abrió el barandal de la barda para recibirme. Su ropa indicaba que se había puesto cómoda para irse a dormir: pants y sudadera color gris, zapatos tenis blancos. Su cara lucía radiante, su cabello negro, suelto, parecía una extensión de esa noche estrellada, un abismo que bien podría atrapar toda la luz del firmamento. Como siempre, lo que más me gustó fueron sus ojos color café con destellos verdes de día, pero que a esa hora se veían negros; y su mirada, el mayor de sus atributos: intensa en la seriedad y el enojo, intensa en la alegría. Ignoro si también en el llanto, pues nunca la vi llorar, ni hubiese querido verla llorando.  

Si, la había investigado hasta obtener en lo posible sus datos generales, llegué al grado de caminar largas distancias cuando todavía no tenía carro y hasta sufrir un asalto solo para ver, confirmar por mí mismo su domicilio, con la esperanza de verla por casualidad y el riesgo de que me descubriera, aunque con la convicción personal en el viejo dicho de que en la guerra y en el amor todo se vale. ¿Enamoramiento, capricho, obsesión? Un poco de todo. Así se lo dije, se lo confesé una vez en la disco, antes de que don Dinero se fijara en ella. No me tomó a mal que la haya investigado. Tampoco a bien. Solo no me dijo nada. 

—Hola —saludó, sonriente. 

—Hola, ¿cómo estás? Vengo a desearte feliz Navidad. 

Nos dimos un abrazo. Como dije, estaba vestida para dormir, pero al abrazarla, al poner mis manos en su espalda y sentir el calor de su cuerpo, el relieve de sus curvas, su ropa se convirtió en la textura más suave y agradable al tacto que había conocido jamás. Platicamos un poco sobre algunas cosas, no recuerdo qué, seguro banalidades; yo haciéndola sonreír, y ella correspondiendo de buen grado, mientras mi amigo aguardaba en el auto. Sé que no fui inoportuno, pero tampoco debía alargar demasiado el encuentro; por lo que decidí terminar la visita. Nos felicitamos mutuamente y nos volvimos a abrazar —efímero gesto que hubiese querido prolongar más allá de algunos segundos. 

Regresé al auto, mientras Ella entraba de nuevo a su casa. Mi amigo asomó por la ventanilla del copiloto, vio mi rostro sonriente y cómo levantaba mi puño a la altura del pecho en señal de triunfo, de haberme salido con la mía. Sonrió conmigo, disfrutó mi felicidad. ¿Cómo no iba a sentirse feliz él también, pues aparte de ser mi mejor amigo, mi felicidad desbordaba hasta alcanzarlo? 

Abrí la portezuela, entré en el Century, encendí el motor, cerré las ventanillas para que no escapara ningún ruido y avancé hasta doblar la esquina de la manzana, seguro de que nadie más  escucharía mi júbilo.  

—¡Ora sí: saca las birrias! 

Mi amigo destapó un par de cervezas y brindamos, mientras el auto se alejaba de la colonia donde Ella vivía, confiados en que la policía no nos iba a encontrar bebiendo en la vía pública, pues por entonces no había tantos retenes ni volantas ni nada que atentara contra nuestra libertad. Intercambiamos impresiones, reímos, bebimos, escuchamos heavy metal y pop, repasamos una y otra vez el episodio que acababa de vivir, lo que sentí cuando los hermanos asomaron primero, lo nervioso que estaba, y la sensación de triunfo cuando Ella salió a recibirme después de todos los desfiguros que yo había cometido. 

—Oye, Juan Carlos… Hoy se me hizo muy chaparrilla… 

Sí, a mí también me lo pareció. Cierto que las mujeres lucen distintas cuando se quitan los tacones, pero no tanto. En fin… 

Pasó el tiempo, como también pasaron muchas otras cosas en la disco. Favorables y contrarias. Estira y afloja malogrado más por el paulatino e involuntario abandono que por alguna tensión: Ella, poco a poco dejó de ir a la disco, que ya comenzaba a pasar de moda, y yo, junto con los otros cantineros, “tuvimos que dejar el empleo”. Todos los cantineros. Injusto, porque los cajeros, comanderos y capitanes, también estaban metidos en el enjuague. 

Ella y yo continuamos nuestras vidas, cada quien por su lado. Luego de la disco, trabajé en un banco, en una compañía de teléfonos celulares, en un congal de bailarinas nudistas, y en una comercializadora de materiales para construcción, hasta continuar en el ramo de transporte de carga. Ella, no supe. No volví a investigarla. Nunca la volví a ver. Me enteré que se había casado, pero no me interesó saber con quién. 

¿Y don Dinero? Años después, me lo encontré en la feria de la ciudad. Me saludó, atento como siempre lo fue conmigo. Al ver su amabilidad, no pude evitar cierto remordimiento y, en una acción completamente espontánea, le pedí perdón por haber participado en el enjuague, en la mafiecita de cantineros, cajeros y capitanes. Aún recuerdo su respuesta:

—Tú solo seguiste la corriente a los demás, si no, te habrían marginado. De todos, eres el único cabrón que me ha pedido perdón, y con esto, te separas de ellos. Es más, no solo de ellos: te estás separando de los niños, para colocarte entre los hombres.

Esa fue la última vez que lo vi. Luego, supe de su fallecimiento. Descanse en paz. Siempre se portó atento conmigo. En cuanto a la rivalidad, solo diré que vio la oportunidad, usó sus recursos, y ganó. Ni modo. Yo habría hecho lo mismo. Más con una mujer a quien siempre he considerado especial.

¿Que si daría cualquier cosa por volver a verla y hablar con Ella en persona? Puede ser que sí. ¿Por qué “puede ser”? Cuestión de principios. Ella es, hasta donde sé, una mujer feliz, casada, con familia e hijos. ¿Qué tengo que estarme metiendo con ella a estas alturas de la vida, de su vida, de nuestras vidas? Estamos en tiempos del Covid-19, no en los tiempos del cólera. Reitero: por principio, no me meto con mujeres casadas; norma personal que de todos modos no quita lo agradable que sería para mí encontrarme con ella y tener una plática de amigos, sin tratar de ir más allá, solo para recordar por última vez las chiquilladas del pasado antes de sepultarlas en un terreno ajeno al de la memoria. 

Entonces, ¿qué sería aquello por lo que daría cualquier cosa, si volver a verla no lo es? 

Fácil: daría cualquier cosa por medirme, por volver a ponerme a prueba, por encontrar a alguien por quien valga la pena tomar riesgos y sentir la misma devoción que sentí por Ella. 

Dicen que el mundo es de los audaces, y yo suscribo; pues aquella Nochebuena y Navidad del año 1999, a pesar de mis errores, mis temores infundados y la sombra de don Dinero, puse en práctica el consejo de Teddy Roosevelt: hice lo que pude con lo que tenía.  

Esa noche, el mundo fue mío. 

La muerte en tiempos de pandemia (por causas ajenas a la pandemia)

El oxímetro y Max Weber 

Ya lo había denunciado: si el oxímetro portátil que emplean en las unidades de urgencias de los hospitales públicos carece de la carga adecuada en sus baterías, o un acortamiento de su vida útil debido al uso intensivo, el personal de primer contacto enviará a la “Ruta COVID» a muchos pacientes que llegan por padecimientos “ordinarios” pero con síntomas parecidos a los que provoca ese virus. Incluso, aunque no presenten el mismo cuadro clínico y estén relativamente sanos (o mejor dicho, libres del corona virus), debido a una mala lectura del oxímetro, solo los enviarán a contagiarse de él. 

Basar el estado de salud de una persona solo en la saturación de oxígeno, es un reflejo de la burocracia, del gobierno de buró, de escritorio, de manual, de procedimientos, alabado alguna vez por Max Weber debido a su entusiasmo inicial por lo que creyó era la panacea para hacer más eficiente la administración de las organizaciones a través de la división de tareas y detalladas normas y regulaciones. ¿Alguna duda con un trámite? ¿Alguna duda sobre qué hacer después de lo que ya se ha hecho? ¿Alguna duda con la imprevista aparición de un caso ya previsto? No hay problema. Para eso están los manuales y las guías. Hay uno en cada escritorio, en cada “buró”, por si a alguien ajeno a determinado departamento se le presenta alguna situación, sepa resolverla gracias a la sabiduría de los procedimientos estandarizados, incluso con certificación ISO. Solo se necesita un poco de disciplina. 

El problema es que la disciplina no suele ser una característica de las epidemias: estas atacan por oleadas, sin control y, lo peor, con síntomas que pueden camuflarse con los de enfermedades menos graves. Si a esto agregamos que la mayoría de los seres humanos tampoco somos disciplinados, tendremos un serio problema para superar los retos que dichas enfermedades nos presenten. No quiero decir con esto que la burocracia, como método de administración, sea forzosamente negativa, pues muchos de sus principios aún se aplican en organizaciones que necesariamente tienen que ser burocráticas, como bancos, corporaciones o departamentos de seguridad y dependencias de gobierno. Tampoco sus limitantes son consecuencia de sus propias características, sino de la dependencia que nosotros, los seres humanos, creamos en torno a ella. Una dependencia parecida a la que desarrollamos en torno a la tecnología. 

Explico con un ejemplo: en mi trabajo, en ocasiones, debe anotarse la hora en que un vehículo bajo nuestra vigilancia se detiene, y después, anotar la hora en que reanudó su movimiento y calcular el tiempo que estuvo detenido. Me sorprende que algunos compañeros no realicen el cálculo mental. Cierto es que realizar operaciones matemáticas simples como sumas o restas en una base de sesenta (por los minutos comprendidos en una hora) es apenas un poco más complicado que hacerlo en la típica base diez, pero no es un ejercicio de matemáticas avanzadas. Sin embargo, veo compañeros que crean una fórmula en Excel, cuando no se meten de plano a una página de internet para que esta calcule los minutos transcurridos.  

Aunque el cálculo de tiempo no suele ser un asunto de vida o muerte, en otros ámbitos, como los servicios públicos de salud, la burocracia, combinada con una excesiva dependencia en la tecnología, sí puede llegar a serlo. 

Es aquí donde veo una similitud entre la dependencia excesiva a la tecnología y la excesiva aplicación de la burocracia en las organizaciones, peligrosa esta última, cuando se trata de servicios de salud. Ambas, tecnología y burocracia, son herramientas que nos facilitan la vida, el trabajo, la toma de decisiones; pero olvidar nuestras propias capacidades, abandonar nuestros conocimientos y depositarlos en el manual, dejar que el buró, el escritorio o la tecnología resuelvan lo que invariablemente nos toca resolver a nosotros, puede resultar fatal, pues en el instante en que ponderamos a la tecnología y a la burocracia sobre nuestro intelecto, sobre nuestro juicio, ambas dejan de ser soluciones para ser calamidades. Si nos descuidamos, si nos abandonamos a ellas, pueden provocar pereza mental, displicencia, negligencia, conformismo grupal, falta de creatividad, ignorancia o desconocimiento de otros sistemas alternos. Sobre todo la burocracia, pues la tecnología, debido a sus propias características de novedad e innovación constantes, siempre será algo sorprendente, simpático, chido y cool; mientras que la burocracia, desde hace al menos un par de siglos, solo confirma lo que se dice de ella: tardada, engorrosa, rebuscada, inflexible.  

Mi madre no quería ir al IMSS, sumando su negativa a la de tantos otros que también se negaban a asistir al hospital, temerosos de la leyenda desatada en torno a que a los adultos mayores los enviaban a la ruta COVID y, una vez ingresando en ella, no se les volvía a ver nunca. Junto a otros problemas de salud, mi madre presentaba una fuerte deshidratación, pero ante su negativa a ir al hospital, optamos por llamar a un médico a domicilio, así como a un enfermero que después le aplicó suero vía intravenosa. Cuando vimos que su situación no mejoró, decidimos entonces acudir al hospital el día siguiente. 

Llegamos a la unidad de Urgencias del IMSS, en donde a falta de una camilla y camilleros que transportaran a mi madre, a duras penas se nos prestó una desvencijada silla de ruedas sin descansapiés para que yo mismo la condujera al interior, pues los médicos y enfermeras de Urgencias me dijeron que ellos no podían salir a la calle. Llegamos al Módulo de Enfermedades Respiratorias (MER), donde interrogan a los recién llegados sobre si presentan problemas respiratorios o gripe, y en donde toman lectura a algunos signos vitales, con dos finalidades: agilizar el tiempo de atención para pacientes sospechosos de padecer COVID, y el de evitar el riesgo de contagios. Ahí, aplicaron el oxímetro en su índice, el cual arrojó una lectura de 72 % en su saturación de oxígeno. Eso bastó para que mi madre fuera un caso sospechoso de corona virus, y me indicaron llevarla a la ruta COVID, fuera de Urgencias, a la vuelta, en el sótano. Debí llevarla yo, otra vez, a falta de camilleros.  

Llegamos al lugar, luego de cierto esfuerzo físico importante. La entrada, una puerta de dos hojas de vidrio y aluminio, se encontraba cerrada y el interior se veía solitario y oscuro, apenas iluminado por la luz que se colaba por una ventana interior en la que, como si fuese una pantalla de cine, se veía un pasillo por donde desfilaba de vez en cuando parte del personal de enfermería. Afuera, mi madre y yo esperábamos a que alguien respondiera a nuestro llamado, mientras el atardecer oscurecía cada vez más. Un conductor de ambulancia que llegaba a una puerta opuesta al área de COVID, al vernos, nos indicó tocar muy fuerte. Tomé una moneda de diez pesos y seguí su sugerencia, mientras el ambulante entraba por la puerta a la que había llegado. Mis fuertes toquidos llamaron la atención de algunos enfermeros que caminaban por el pasillo, quienes solo apelaban a nuestra paciencia juntando el pulgar y el índice, señal para indicarnos que debíamos aguardar un poco más. Mientras, yo trataba de calmar a mi madre, le decía que ya pronto la atenderían, que ella estaría bien. 

Fueron tres veces las que insistí con la moneda de diez pesos. La tercera ocasión, acudió por el pasillo una enfermera, y se acercó a la ventana interior para hablarme desde ahí. Acerqué mi oído a la rendija entre las dos hojas de la puerta de aluminio para escuchar: “Ahorita vienen. Se están vistiendo”. 

Su respuesta me dejó pasmado. ¿Cómo que se están vistiendo? ¡Estamos en plena pandemia! Se supone que el personal que atiende a los pacientes de COVID debe estar siempre listo, pensé. 

Tras veinte minutos de espera, nos abrieron al fin. Nos atendió una enfermera, enfundada en un sobretodo médico, con guantes especiales, cubre boca, careta y gorro. Conectó a mi madre a un monitor para revisar los signos. Era un aparato más sofisticado que el simple oxímetro de Urgencias. La lectura de saturación de oxígeno arrojó 95 %. Nivel normal. 

“Si admitimos a la señora aquí, lo único que vamos a hacer es contagiarla de COVID. Regresen a Urgencias y díganles que aquí arrojó niveles normales. Tómele fotos al monitor, para que las muestre allá arriba”, me dijo, mientras me extendía un papel con las lecturas. 

Hice un nuevo esfuerzo por empujar la silla con mi madre del sótano a la calle en un plano más inclinado, y luego, otra vez a Urgencias, en donde a pesar del papel con los resultados, a pesar de las fotografías que tomé y de las instrucciones que la enfermera me había dado, el oxímetro volvió a marcar 72 %. El médico responsable de turno indicó a su personal que regresáramos a la ruta COVID. Fue cuando perdí la paciencia y protesté. No iba a estar jugando a esa célebre escena cinematográfica del “suban el piano – bajen el piano”, menos con la salud de mi madre de por medio. 

Aunque un tanto renuentes, llevaron su propio monitor a la entrada de Urgencias y tomaron mediciones: a diferencia del oxímetro, el monitor marcó nivel normal de saturación de oxígeno. Solo entonces admitieron a mi madre en Urgencias. Cuando comenzaron a colocarle catéteres y a suministrarle suero y medicamentos, pude estar un poco más tranquilo. Tras dar los datos de mi madre y los míos, números de teléfono de casa y móvil, aguardar un tiempo en la sala de espera y responder algunas preguntas, salí a la calle, al puesto de refrescos y golosinas de la esquina del hospital. Compré una botella de agua purificada, que bebí casi de un solo trago. Luego de tanto estrés y esfuerzo físico, nunca me había sentado tan bien un litro de agua fresca en una noche calurosa de julio. 

Estabilización para el paciente, incertidumbre para familiares 

Quise volver a la sala de espera porque las noches de julio en Ciudad Juárez suelen ser muy calurosas, pero no se me permitió ingresar. Ya había dado respuesta a las preguntas sobre los antecedentes médicos de mi madre, y para evitar contagios, la Dirección del hospital había implementado como regla que los familiares de los pacientes debíamos esperar afuera del edificio. Fue así como descubrí otro aspecto no cotidiano de la vida trastocado por esta pandemia

En Ciudad Juárez, el clima es muy extremo; por tanto, es cruel e inhumano que los familiares deban esperar a la intemperie noticias de sus enfermos, sea que estemos a 42 grados centígrados o a –10. En la sala de espera, por cuestión de la sana distancia, se redujo el número de bancas a la mitad para tener menos aforo, pero aun habiendo asientos disponibles, se nos pedía desalojar el lugar y esperar noticias afuera del edificio, en donde uno tenía que buscar un espacio para sentarse en las jardineras de la banqueta, sin respaldo en el cual recargarse, bajo la sombra de los álamos plantados hacía décadas. Aquellos familiares de pacientes internados que contaban con sillas de tela plegables, ese día se convirtieron en objeto de mi envidia. Además de las jardineras, también hay asientos en las fondas de comida cruzando la calle, pero para estar ahí, se requiere consumo. No necesariamente se nos exige, pero si uno tiene vergüenza, se prefiere no abusar. Sin remedio, lo mejor es esperar en las jardineras, mientras más cerca de la rampa de Urgencias, mejor; pues sucede que unas veces el guardia de seguridad recorre la zona preguntando persona a persona si tiene parentesco con algún internado, pero otras, solo se paran en la esquina y gritan el nombre del paciente, algunos, con una voz carente de potencia. 

Durante el resto de la noche estuve al pendiente de cualquier noticia, pero las horas siguieron y no me llamó nadie. Conforme avanzaba la noche, los familiares de pacientes dejamos las jardineras y nos acercamos al acceso a Urgencias. Invadimos una extensa rampa por donde también circulaba y pasaba de largo el personal durante los cambios de turno. Al disminuir el tráfico de gente, los familiares permanecimos en dicha rampa para estar más al pendiente de cualquier novedad, pero en mi caso, esta no se presentó. Intenté disminuir mi cansancio con cambios de posición, recargado de frente sobre los antebrazos en el barandal de la rampa, luego de espaldas recargado sobre los codos, o sentado sobre la estructura tubular para dar descanso a mis pies, aunque luego de un tiempo, el tubo redondo calaba en la parte anterior de mis muslos. A las dos de la mañana decidí cruzar la avenida y sentarme en la parada de autobús de enfrente y desde ahí, vigilar cuando saliera el guardia, atento a lo que alcanzara a escuchar. Así dormité varias veces durante la noche. 

Volví a la rampa junto con el incipiente amanecer. Una vez que clareó el día, el guardia nos pidió desalojar y esperar en las jardineras. Después, a las ocho, me mandaron llamar para comunicarme que mi madre sería enviada a piso. Luego, a las once de la mañana, llegó la hora de visita en Urgencias, la que por causa de la pandemia, se había reducido de los habituales 30 minutos a solo cinco; aunque ya adentro, por descuido u omisión del personal, los familiares pudimos permanecer quince; tiempo suficiente para contemplar su sueño. La encontré delicada, pero estable. 

Al salir de la visita, deduje que no habría novedades y bien podría aprovechar el tiempo para ir rápido a la casa y ducharme. Así lo hice. El baño me relajó, tenía una hora libre antes de volver al hospital, por lo que decidí aprovecharla para dormir. Estaba muy, muy cansado. 

Llegué justo a la hora de visita de la tarde. Nuevamente, formamos afuera de la entrada a Urgencias, con el sol de las cinco de la tarde directo sobre nosotros y la trabajadora social impuntual: llegó a las cinco diez. Entramos uno por uno, siguiendo el protocolo de desinfección y sana distancia. Llegué a la cama del área de choque donde estaba mi madre. No la vi. 

Una enfermera se acercó a explicarme que mi madre estaba ausente debido a un estudio, del cual aún no regresaba. Contrariado, acepté la situación y volví al exterior, dispuesto a esperar hasta la visita nocturna, a las diez de la noche. Casi acababa de salir, cuando recibí una llamada de una trabajadora social, indicándome que debía acudir al segundo piso para proporcionar nuevamente unos datos sobre mi madre, y luego pasar al cuarto piso, de Medicina Interna, donde se requería mi presencia para autorizar un procedimiento al cual se le debía someter.  

No tenía pase de visita permanente, sin embargo, los médicos residentes recomendaron que podía quedarme allí durante el proceso de colocación de un catéter Mahurkar y la primera de tres hemodiálisis que se le realizarían a mi madre, a razón de una diaria. Una vez terminada la primera, por fin la llevaron a piso, sin que nadie me dijera si era conveniente o no el que yo continuara con ella después de la intervención. Pregunté al médico residente, quien me dijo que no era necesario que un familiar permaneciera ahí, que el personal médico y de enfermería se encargaría de cuidarla. 

Me fui, no porque quisiera irme, sino porque me encontraba cansado y sucio. En esa área del hospital, además, habían retirado las sillas convertibles en cama, “donadas por alguien como nosotros”, según la leyenda escrita en su respaldo. Encomendé a mi madre a Dios, cené en una fonda del exterior y, con no poca resistencia por el hecho de tener que dejarla sola, tomé un Uber y me dirigí a casa, pendiente del teléfono, asumiendo que si no me llamaban del hospital, era porque de seguro todo marchaba bien y no había novedades. 

No era muy tarde cuando salí del nosocomio, pero el empleo de un vehículo de alquiler de la plataforma Uber obedecía a una variedad de factores que se conjugaron para hacer más difícil la movilidad desde mi casa hacia cualquier lado: primero, la Ruta 4 vía Rivereño, cuya terminal estaba a una cuadra de mi casa, ya no existía, pues el concesionario había muerto, asesinado por alguien que en un altercado de tránsito resultó tener peor carácter que él, y su viuda no quiso continuar con el negocio.  

Lo anterior, obliga a los demás habitantes de mi colonia a caminar durante al menos veinte minutos a un lugar más concurrido donde podamos tomar el transporte público. Pero por causa de la pandemia (otra vez), nuestro distante gobernador estatal dispuso que se redujeran las corridas de transporte público, así como limitar los horarios de servicio hasta las ocho de la noche. Esto me obliga tanto a mí como a otros ciudadanos juarenses, a utilizar el servicio de Uber o taxi en horas que se pueden considerar tempranas, y en distancias que de no ser por la falta de colectivos, serían cortas. 

No puedo decir que mi sueño, en casa, haya sido reparador. Había quehacer y ropa sucia acumulados, trastes sin lavar y cierto desorden en algunos papeles ocasionado por la premura de salir hacia el hospital. No logré estar listo a tiempo para la visita matutina. Llegué poco antes de las cinco de la tarde y me dirigí hacia Admisión Hospitalaria para tramitar un pase de visita permanente. Fue ahí donde topé con un nuevo cambio, una nueva decisión implementada por causa del COVID-19… 

—En este momento están restringidas las visitas —me respondió la trabajadora social, cuando me acerqué a la ventanilla para obtener información—. Como nos estamos manejando, es que a las once de la mañana y a las cinco de la tarde salen los médicos de cada especialidad a dar información a los familiares. Entre semana, salen a la entrada principal, y en fin de semana, a la rampa de Urgencias. 

También, me encontré con un nuevo procedimiento implementado por el tipo de organización del que hablé al principio, la burocracia. 

—Oiga, ¿y si es necesario que haya un familiar con el paciente? 

—Para eso será necesario que el médico tratante autorice, luego, usted lleva la autorización a la Subdirección del hospital para que la firme el subdirector médico, y después, ya la trae con nosotros y le expedimos el pase. 

Antes, bastaba con la autorización del médico tratante, del dicho de la jefa de enfermeras de turno, o incluso ni eso: con que la trabajadora social de Admisión revisara una lista en su poder, era suficiente para obtener un pase de visita permanente, es decir, para aquellos familiares cuya estadía en el hospital era requerida para ayudar a cuidar del paciente internado, debido a las características de su padecimiento o a las posibles complicaciones que pudieran presentarse. Por lo que me había dicho la noche anterior el médico residente, que no era necesaria la presencia de un familiar con ella, intuí que lo más seguro sería que se me negara el pase permanente, teniendo que resignarme a recibir noticias de mi madre en los avisos que daban los médicos dos veces al día. Lo anterior, en verdad, me parece inhumano. Sé que son precauciones para minimizar al máximo el riesgo de un contagio en esta pandemia, pero condenar a los familiares a la incertidumbre, a no poder estar con ellos o ni siquiera verlos un par de veces al día, me parece un martirio innecesario, más aun, cuando los pacientes cuentan con cierta movilidad. Uno quiere acompañar a su enfermo, estar al pendiente de él o ella, advertir sobre cualquier situación inesperada, ver que los estén atendiendo bien.  

La situación es peor con los familiares de pacientes de COVID-19. Ellos llevan a su enfermo al hospital, se los reciben, y si tiene el coronavirus, lo separan de ellos para enviarlo al Hospital de Especialidades Número 66. Ellos también tienen restringidas las visitas, aunque su nivel de restricción es mayor: ni aun trasladándose al Hospital de Especialidades pueden visitar a su enfermo. Solo les proporcionan un número de teléfono al cual comunicarse para obtener información. En muchos casos, se rumora, no vuelven a ver a sus familiares jamás, se les incomunica hasta el grado de que, en caso de fallecer, ni siquiera pueden despedirse de ellos o procurarles la atención espiritual que requieran según sus creencias. Solo se les incinera o entierra, sin abrir el ataúd. 

Cuando el pragmatismo no cura, alivia. 

Esperé entonces hasta las cinco de la tarde de ese sábado, a que saliera el personal médico a darme información de mi madre. Quienes acudieron al exterior de la rampa que va a dar a Tococirugía, adjunta a la entrada del personal, fue un par de médicos residentes. Al revisar la lista de internados, me informaron que mi madre había reaccionado bien al tratamiento y a la hemodiálisis, y a diferencia del médico con quien había hablado la noche anterior, comentaron que estas se le realizarían cada tres días para no descompensarla demasiado.  

—¿Usted qué es de ella? 

—Soy su hijo. 

—Pues entonces, si gusta acompañarnos… para que esté con ella. Los fines de semana no dan pases, pero véngase junto con nosotros para que lo dejen entrar —me explicó el joven médico. 

Entré junto con ellos, quienes explicaron mi situación a la guardia del acceso. Me acompañaron hasta piso, en donde instruyeron a la supervisora del turno de enfermería que iba a quedarme allí, con mi madre. Al llegar a su habitación, misma que compartía con otras dos mujeres, la encontré despierta, consciente, mientras en mí renacía la esperanza en su recuperación. 

—Nomás le dice al guardia que usted se está quedando aquí, que va al supermercado a comprar artículos de higiene personal para su mamá y que regresa rápido… Y ahí aprovecha —me instruyeron en la Central de Enfermería del piso, cuando pregunté cómo podría hacer para salir a cenar sin pase. 

Al salir, comenté a la guardia tal y como me habían instruido las enfermeras, y esta estuvo de acuerdo. Fui a cenar, y volví sin problemas. Por mi estatura y complexión suelo llamar la atención, soy fácil de identificar y de recordar. Esto quizá facilitaría mis posteriores salidas. Como cuidar a mi madre implicaba dormir poco, insomnio forzoso al cual tributaba la incomodidad de la silla de antecomedor que dejaron para las visitas en lugar de la silla convertible en cama que ya había visto por el tiempo en que se internó mi fallecido padre, sabía que tendría que salir a cenar en el transcurso de la noche. Así lo hice. Sin mayor dificultad ni tapujos, pues tanto a la salida como a la entrada, la guardia estaba dormida, en su caseta, recargada como podía en la silla secretarial que le habían dado. 

¡Bendito pragmatismo! ¡Bendito criterio propio! ¡Bendita sabiduría inmediata que permite resolver los problemas no previstos en el manual! ¡Bendito sentido común! ¡Bendita sensibilidad que también da solución a los problemas contemplados en el manual, en el librito, aunque dicha solución contravenga lo que el buró dispone, lo que la “sabiduría” de los engorrosos procedimientos establece! Y por último, aunque vista como peligrosa por algunos… ¡bendita confianza en la buena fe de quienes solo queremos estar con nuestros familiares enfermos! 

Llegó el lunes, y el procedimiento de asistir a la entrada principal a las once de la mañana para solicitar información (que ya tenía) con la médica encargada de Medicina Interna, quien además me diría el nombre del médico tratante (información que ya me había dado uno de los residentes), era un mero pretexto para solicitar un pase permanente, ahora formalizado por escrito, para estar con mi madre sin problemas a la entrada en cualquier horario con otros guardias, cualquier otro día de la semana. Aunque un poco renuente, accedió a firmar la autorización para mi pase luego de contarle detalles que solo el personal podía conocer, y de adelantar el nombre del médico tratante antes de que ella me lo proporcionara. 

A los pocos días, llegó mi hermano a apoyarme. De lunes a viernes, cuando se entra por la entrada principal, los guardias son distintos a los de la noche y a los de fin de semana y, alucinando que son policías, así como envalentonados por la presencia de la Guardia Nacional (pero dando gracias a Dios que sus vidas no tienen la misma acción y peligro que de las de estos), se vuelven más “celosos de su deber” y de su facultad para negar la entrada. Así, impidieron el paso a mi hermano, a pesar de que la trabajadora social del piso de Medicina Interna ya se había comunicado con el supervisor de Seguridad para darle la instrucción. Algo pasó en el canal de comunicación: o el supervisor no comunicó al guardia de la entrada, o el mismo guardia no quiso seguir la instrucción. Imaginar que hubiese sido esto último, me hacía tener ganas de bajar hasta la entrada y golpearlo, pero, tras mi tercera queja con la trabajadora social, esta accedió a bajar y guiar a mi hermano hasta el cuarto de mi madre. Solo había una condición: que yo saliera lo más pronto posible, pues (otra vez por causa del COVID) solo se permitía a un familiar con el paciente. 

Me apresuré a juntar las cosas que ya no fueran necesarias en el cuarto para llevármelas fuera de ahí, y a estar listo para darle las instrucciones a mi relevo sobre los cuidados a tener en cuenta para ayudar a mi madre en lo que se pudiese ofrecer. Entonces llegó mi hermano, y vi una de las escenas más hermosas de nuestra intimidad familiar, sin importar que se trate de un lugar común: mi madre, quien esperaba que mi hermano estuviera de viaje por causa de su trabajo, estiró su brazo al verlo, mientras lo miraba acostada desde la cama y mi hermano correspondía a su gesto tomando su mano. Fue un momento que me conmovió, me conmueve y nunca dejará de conmoverme durante lo que me quede de vida. 

Alta en ambulancia y seguimiento posterior 

Luego del fin de semana y de obtener mi pase permanente, mi madre requería una tomografía. El médico tratante decidió que fuese subrogada, es decir, en un hospital privado, pero pagada por el IMSS. El hospital sería Star Médica. 

He ido a consulta a ese hospital, principalmente con la nutrióloga y con el oftalmólogo, por lo que conozco el lugar y la calidad de su servicio. Quizá la seguridad social del país debería estar subrogada, para que todos accedamos a buenos niveles de atención, independientemente de nuestras posibilidades económicas. Y es que… ¿a quién no le gusta el lujo? ¡Hasta a nuestro presidente le gusta! 

No obstante el lugar, el COVID volvió a trastocar la fluidez y celeridad que se considera normal y de esperarse en un hospital privado: como la orden, la hoja clínica dictaba hacer una tomografía por una leve neumonía, Star Médica la consideró como sospechosa de COVID y dispuso que debíamos someternos a un protocolo: desinfectar la ambulancia, a la tripulación, al paciente y al acompañante. El conductor de la ambulancia, sabedor de que el procedimiento es tardado, no quiso esperar y decidió volver. 

¿Con qué autoridad le digo que espere, cuando en cualquier ventanilla del IMSS existen sendos avisos de una ley que protege a los servidores públicos y en la que incluso una agresión verbal puede ser punible con cárcel, sin importar si la agresión obedece a un reclamo por la ineficiencia o negligencia con que algunos se manejen al hacer su trabajo? 

Al final, realizaron la tomografía en el IMSS, y a los dos días, exactamente un viernes, una semana después de haber ingresado al piso de Medicina Interna y gracias a la buena respuesta a las hemodiálisis y alentadores resultados de laboratorio, mi madre sería dada de alta en ambulancia, según instrucciones del médico tratante. 

Antes de irnos del hospital, debía acudir a la farmacia por medicamento para continuar el tratamiento en casa, además de sacar cita dentro de tres semanas con el médico internista, dentro de dos con la nefróloga, la doctora A; una semana antes en el laboratorio para toma de muestras de sangre y orina con la finalidad de que la especialista en riñones determinara si era necesario que mi madre siguiera con el catéter Mahurkar o si ya podía retirársele, y aunque más diferida e indeterminada, sacar también cita en Cirugía para cuando se les diera la gana abrir la agenda, cerrada por culpa de la pandemia

—Si puede hacerse los análisis por fuera, está bien; o si prefiere hacerlos aquí, no importa, pero de preferencia, por fuera…  

La doctora A, la nefróloga con quien mi madre tenía cita en dos semanas, comenzó a explicarme el motivo por el cual era preferible realizar los análisis clínicos en un laboratorio externo, motivo que yo ya conocía por experiencia propia semanas atrás. El problema consistía en que no “subían” a tiempo los resultados al sistema debido a un rezago y a ciertos cambios que se estaban realizando en el sistema de red, así como a cierta disminución en la cantidad de equipos de cómputo del instituto, gracias a la absurda “austeridad republicana” que tanto presume el gobierno federal. 

Y también (otra vez el maldito COVID), a la saturación provocada por el rezago en los resultados de las pruebas para detectar corona virus.  

Acudí a la ventanilla de Nefrología para sacar cita con la doctora A. Como ya era tarde, estaba cerrada. No haber obtenido una cita, complicaba que me dieran fecha en el laboratorio para toma de muestras. 

—No se preocupe —me dijo otra trabajadora social, mientras me pedía prestada la tarjeta de citas médicas—, voy a anotarle una cita ficticia, nomás para que usted la muestre en laboratorio, se vayan con la finta y le den fecha. Cuando ya la tenga, entonces sí, nomás pasa a la jefatura de nefrología para que le agenden la cita en la fecha acordada con la doctora A. 

Nuevamente agradecí al pragmatismo, a las benditas soluciones paralelas al librito, a la bendita metodología no escrita y alterna; a la inmediatez que resuelve las verdades de hecho lo que la burocracia complica a priori. Agradecí a la bendita bondad medible según el éxito que tenga en la práctica.  

Una vez agendadas las citas con los especialistas y el laboratorio, cabía solamente esperar a que los ambulantes llegaran al cuarto por mi madre para llevarla a casa. Otra vez hubo confusión provocada por la burocracia: el médico tratante giró la hoja de alta en ambulancia, la jefa de turno de enfermería avisó a Trabajo Social para que se instruyera a los ambulantes sobre el traslado, y la trabajadora social giró un oficio a la jefa de los ambulantes para que acudieran por mi madre. Solo era cuestión de esperar a que vieran el oficio. Mientras esto sucedía, una parte del personal recomendaba esperar y la otra nos decía que era mejor irnos por nuestros propios medios, pues los ambulantes dan preferencia a los traslados para estudios de laboratorio en clínicas y hospitales externos, y era muy posible que no recogieran a mi madre sino hasta la mañana del día siguiente.  

Y así fue. Debimos ocupar una cama que alguien más podía necesitar, en una noche de viernes para amanecer sábado. Ya entrado el día, como a las diez, hartos de la espera, mi mamá se disponía a tomar un baño para luego irnos en taxi, cuando por fin llegaron los camilleros de la ambulancia. En medio de la alegría por el alta, mi madre, mi hermano y yo, llegamos a nuestro hogar. 

Vocación de servicio

Una semana después de una prometedora convalecencia, al día siguiente de unos estudios que se le habían hecho a mi madre en un laboratorio externo debido a la saturación en los laboratorios del IMSS, algo pasó. De nuevo la debilidad, la fiebre, los mareos, la dependencia de una mujer autosuficiente que siempre prefirió hacer las cosas por ella misma, pero que ahora necesitaba de mí para moverse de un cuarto al otro.  

Vuelta al hospital. Un vecino que hizo el favor de llevarnos en su camioneta, acudió ante los enfermeros de Urgencias, ya sea para que nos proporcionaran una silla de ruedas o una camilla, pero ni el guardia de seguridad ni el personal del interior pudieron ayudarnos. Por fortuna era el cambio de turno, pedí ayuda a un enfermero que pasaba por ahí, quien servicial entró y casi de inmediato, salió con una silla de ruedas. Mientras eso sucedía, mi madre me miraba fijamente, su rostro pálido, y sus demacrados ojos sin parpadear. Su semblante se veía muy distinto al que estaba acostumbrado a ver. Tuve la impresión de que deseaba decirme algo con esa mirada, pero en ese momento no supe comprender qué. Solo sé que contemplaba mi apuro, mi preocupación por ella. Me contemplaba con mucha calma en medio de su malestar, entre ese caos de nervios, de personas, de búsqueda de ayuda.  

Hoy, después de varias semanas, puedo interpretar su mirada: me estaba viendo por última vez. También ahora puedo vislumbrar lo que quiso decirme entonces, pero esto último, no lo compartiré aquí. Lo siento. 

Al poco salió el enfermero, con una silla de ruedas. De nuevo la sensación de alivio y esperanza al ver que a pesar de su saturación de oxígeno apenas debajo de lo normal y su fiebre, la admitieron sin pedirnos que la lleváramos a la ruta COVID. Era un día especialmente caluroso de agosto, más que los anteriores. La tarde, con sus 42 grados centígrados, seguramente incidía en la temperatura corporal de la gente. 

Los días de permiso en el trabajo de mi hermano habían terminado, y ahora tuvo que pedir sus vacaciones adelantadas para venir a ayudarme a cuidarla. Nuevamente la odisea de las visitas: ahora, en el área de jardineras, salía la trabajadora social a llamar a los familiares de los pacientes, nos hacía formar afuera, luego en el interior con la sana distancia, y una vez adentro, comenzaba un rollo largo sobre recomendaciones acerca del COVID, protocolos de prevención de contagios, cierta especie de sermón fastidioso a causa de su constante reiteración en todos lados, retahíla de indicaciones que se alargaba durante quince minutos mientras todos, o al menos yo, nos impacientábamos al no ver la hora de que se callara y nos permitiera entrar a ver a nuestros enfermos de una vez. 

Cuando accedí, encontré a mi madre descansando, todavía en el área de choque. Se veía tranquila, relajada, señal de que la había llevado a tiempo. Sin interrumpir su sueño, permanecí sentado en una silla próxima a su cama, quizá durante más de una hora, pues el guardia encargado de hacernos desalojar era un poco atolondrado y solamente acudió al área de observación. 

Fue hasta cuando una de las enfermeras de las que a cada rato entraban me indicó que debía salir, que yo dejé a mi madre sola. No hubiese querido hacerlo, pero no podía estar con ella debido a las normas del COVID. Además, por esos días no estaba descansando a medio sueldo por el convenio laboral con la empresa en que trabajo (paro técnico implementado por culpa del COVID, cuando cerraron los negocios no esenciales), y debía presentarme más noche a laborar. 

El miércoles, por la mañana, salí del trabajo y me dirigí directo al hospital. Aunque no había recibido llamadas, lo cual suponía que no se habían presentado novedades, no dejaba de sentirme intranquilo, nervioso, y sobre todo, cansado. Muy cansado.  

Dormité como pude en una de las jardineras, recargado sobre el delgado y torcido tronco de un álamo, lleno de protuberancias que amenazaban a mi espalda con hacer muescas en donde poder encajar los muñones de sus ramas malogradas por la poda. El calor aún era soportable, pero el sol no tardaría en filtrarse entre las hojas. Entonces se dieron las once de la mañana. Otra vez pase de lista de los pacientes, formación de los familiares en la sala de espera de Urgencias guardando la sana distancia, listos para escuchar el sermón covidiano que ya sería cotidiano. 

—Usted vino ayer, ¿verdad? —me cuestionó la enfermera —. Pásele entonces, ya no necesita escuchar la información. 

Encontré a mi madre ahora en el área de Observación. Aún no la subían a piso, debido a la falta de camas; extraña situación en mitad de semana. La encontré dormida, despertó cuando le hablé, a sugerencia del médico urgenciólogo. Conversé un poco con ella, la mimé lo más que pude, y permanecí con ella más allá del tiempo reglamentario, gracias a que el guardia de seguridad solo avisaba el término de la visita pero no nos invitaba a salir. 

El jueves por la mañana, ya no apareció en la lista de pacientes internados en Urgencias. Me comunicaron que ya la habían llevado a piso. Acudí entonces a la entrada principal del hospital, en donde reciben los artículos de aseo personal y los objetos personales de los pacientes hospitalizados, para recibir informes sobre mi madre. Ahora acudió una médica diferente, ya no la jefa de medicina interna, la doctora A., sino otra. Solicité un pase permanente, pero me comentó que no era posible otorgármelo debido a que mi madre estaba en aislamiento, otra vez, por causa de esa leve aunque sospechosa neumonía que presentaba.  

El viernes acudí en la mañana, ahora con artículos de aseo personal, una toalla y una colchoneta especial. Llegué antes de la hora de información, pues mi madre tenía cita con la nefróloga encargada de Medicina Interna a las ocho de la mañana. Iría a la cita sin mi madre, solo con el fin de hablar con la doctora A, esperanzado en que quizá, como ella ya conocía su caso, si no ordenaba que le quitaran el catéter, por lo menos sí me daría un pase permanente como jefa de Medicina Interna que es. Llegué al consultorio, a la cita convenida. Un enfermero se encargaba de recoger las tarjetas. Le expliqué que iba con la doctora A, que mi mamá otra vez estaba hospitalizada, pero aun así quería hablar con la doctora. 

—La doctora A no viene a dar consulta en las mañanas, ahorita anda en piso, visitando a los pacientes. Llega como hasta las diez. 

Otra vez, la burocracia hizo de las suyas gracias a la falta de comunicación. ¿Por qué me dieron cita con ella a las ocho de la mañana si sabían que no iba a estar? ¿No se supone que la burocracia es para tener un control adecuado de la marcha de una organización? 

—…Si gusta, puede buscarla en el cuarto piso, el de Medicina Interna, ahí es donde puede estar. 

Acudí al cuarto piso. No estaba. Luego, a Nefrología. Tampoco. Sería difícil reconocerla, pues yo solo la había visto una sola vez, con cubrebocas, lo que dificultaría su identificación si es que se le había ocurrido cambiar de peinado, o llevar una indumentaria distinta bajo la bata blanca.  

Volví al cuarto piso. Una enfermera me aseguró que estaba ahí, visitando los cuartos. Para no importunarla, esperé frente a la central de enfermería, junto a los elevadores y escaleras, aunque atento a su aparición por el pasillo, pues había otras escaleras en otro lado, y otros accesos. 

Al final, apareció, subiendo la escalera. No estaba realmente en el cuarto piso, sino en el tercero. Otra vez la burocracia, la desinformación de quienes me habían asegurado haberla visto en el cuarto piso. Le expuse el caso de mi madre, y solicité un pase.  

—Es que ya es paciente de la doctora B, y si le doy el pase, luego se molesta ella… 

De acuerdo. Será la jefa de Medicina Interna, pero mi madre ya no era su paciente. Contrariado, aunque no molesto, emprendí ahora la búsqueda de la doctora B. Ocurrió lo mismo: un fantasma que está en todas partes y en ninguna. Preguntando por ella, logré llegar al ala donde estaba mi madre. Había llegado hasta a unos cuantos pasos de donde se encontraba internada, pero por el protocolo de aislamiento, no me sería permitido verla. La jefa de enfermeras del turno, solícita, me recibió los artículos que llevaba para que yo no siguiera cargando con ellos. 

Acudí a las once de la mañana a la cita con personal médico para la información de pacientes. Como yo ya estaba adentro, sería fácil lograr que mi hermano se uniera conmigo, fingiendo que llegaba solo. Nos reunimos los dos con la médica que fungía como vocera de Medicina Interna, quien casualmente, recibió una llamada de la doctora B., recomendando que se me extendiera un pase permanente.  

Todo parecía alinearse para que mi hermano y yo nos sintiésemos optimistas. Nos dieron pase permanente, atendían a mi madre, su condición era seria pero tenía esperanza gracias a las palabras de la doctora B., a quien por fin había logrado entrevistar: “no hay razón para no echarle ganas”. 

Y esas ganas le echamos mi hermano y yo, procuramos contagiar de nuestro entusiasmo a nuestra madre, ahora sí, turnándonos para cuidarla las veinticuatro horas, compartiendo nuestra esperanza con ella para levantarle el ánimo en el siempre deprimente ambiente de un hospital. Incluso le dábamos masajes en sus piernas y la ayudábamos a hacer ejercicios ligeros para que no estuviese entumida por la inmovilidad. 

Hasta que el sábado, en la regadera, cuando la ayudaba a bañarse, tuvo una complicación. Fue necesario llamar a las enfermeras, quienes a su vez, llamaron a los residentes de Medicina Interna. Sería su juventud, sus ganas de servir, su vocación por ayudar al prójimo, o todo esto junto, pero vi un desfile y concentración de médicos, enfermeras, aparatos, utensilios, sustancias e instrumental médico en donde estaba mi madre, un desfilar de todos ellos que agradecí en persona y que hoy, desde estas líneas, vuelvo a agradecer. Todos los residentes de Medicina Interna, o casi todos, se volcaron hacia el cuarto de mi madre para tratar de salvarle la vida. 

Estuvieron con ella por un largo y angustiante rato, mientras yo rezaba sin llevar la cuenta de las vueltas que le había dado al rosario que no sabía utilizar, hasta que uno de los residentes salió a darme la desafortunada noticia que todos recibiremos algún día. Mi madre, doña Hortencia Soto, había fallecido.   

Miedo 

En estos tiempos se busca suprimir libertades con argumentos y cambiar el mundo forzando utopías, en la creencia de que la verdad pertenece a quien haya ganado algún debate por el solo hecho de haberlo ganado, cuando más que la verdad única y objetiva solo tiene la razón subjetiva, razón a la que en muchos casos se llega gracias a la mayor dialéctica y agilidad mental de uno de los debatientes en oposición a la de su contraparte; razón que la mayoría de las veces sucumbe ante la realidad, la que al final, siempre tendrá los mejores argumentos. 

Así, se envía a la ruta COVID a quienes presentan tan solo un síntoma, obedeciendo a una lógica que puede tener la verdad de razón, pero no posee la verdad de hecho, esta última, alimentada con la verdad individual de cada paciente. Una baja saturación de oxígeno puede ser indicio de otras condiciones o padecimientos, no necesariamente COVID-19. Cierto es que a los pacientes se les envía a esa ruta ante la simple sospecha y para descartar la presencia de corona virus, pero la condición puede persistir, debido a alguna enfermedad pulmonar, gripe complicada, neumonía, bronquitis crónico, asma, cáncer, enfermedades graves del corazón, e incluso, en casos extremos, anemia, leucemia, enfisema, etcétera. Siendo así, puede ingresarse a un paciente con una enfermedad ajena al virus de Wuhan, como el ya conocido caso de un hombre con enfísema causado por su exposición a solventes, quien escapó del Hospital de Especialidades Número 66, hospital COVID, temeroso de que ya no lo dejaran salir y muriera contagiado de una enfermedad que no padecía. El protocolo, como ya sabemos, indica canalización a la ruta COVID si presenta baja saturación de oxígeno. En el caso de ese hombre, la condición persistió, hasta que el paciente tomó la determinación de romper el vidrio de una ventana para escapar por ahí.  

El miedo a un contagio generalizado es la razón que genera los protocolos, los procedimientos y los manuales, implementados después de una discusión, de un debate, de un consenso o de la voluntad de quien tiene una posición de poder o un ascendente basado en la autoridad, conocimiento o experiencia. Son precauciones necesarias para conjurar el crecimiento de un problema que ya se tiene. Toda precaución tiene sus raíces en el miedo. 

¿A qué le temen aquellos que envían a los pacientes a la ruta COVID? 

El miedo paraliza, inmoviliza, detiene. No se actúa, o se actúa mal, por causa del miedo. Pero el miedo también induce a la acción. Cualquiera que se defienda a sí mismo, que defienda lo suyo o a los suyos, que aspire a resurgir luego de una caída por temor a quedarse como está o que simplemente aspire a nuevas experiencias, muchas veces, actúa por miedo. 

Pero mientras el miedo paralizante se comprende o incluso se justifica, en tanto el miedo impulsor se agradece o incluso se admira cuando se torna en valentía, existe un estado intermedio, una transformación indeseable en la que el miedo paralizante no evoluciona hacia la magnificencia del valor, sino que se desvía hacia la costumbre y degenera en negligencia, en indolencia, en la tibieza que agradece no tener que enfrentar las cosas. Un miedo que no se enfrenta, pero del que uno se desentiende gracias a la seguridad que nos brindan armas y herramientas como la tecnología y la burocracia, ideadas no para vencer al miedo, pues eso implica enfrentarlo, sino para evadirlo. 

En Urgencias, recurren al oxímetro para evadir la responsabilidad, la propia capacidad de decisión, la obligación de tener que decidir; para evadir el problema y sean otros quienes lo enfrenten, lo esclarezcan o carguen con él; para que sean otros quienes encuentren la verdad de hecho en la verdad de razón que se les ha enviado, y no al revés; pero solo hasta el final de turno, hasta el cambio de turno, cuando pasan la estafeta en la carrera de la evasión, plena de obstáculos. 

Y es que… ¿Para qué meterse en tremendas honduras sobre tomar una decisión, sobre todo, cuando para eso están los manuales? ¿Para qué arriesgarse a salir de los protocolos, de los procedimientos, cuando seguirlos es lo que nos protege en caso de que algo salga mal, cuando son lo que justifica un proceder erróneo, cuando son el aguamanil donde, valga la redundancia, cualquiera se lava las manos ante la existencia de un reclamo, cuando pueden ser el camino equivocado pero susceptible de ser culpado, es decir, un camino equivocado pero al que se le puede echar la culpa por haberlo tomado, por haberlo seguido? 

“Soy inocente. Solo seguí el procedimiento”. 

Napoleón decía que no hay nada tan difícil, pero a la vez, nada tan hermoso, como saberse decidir. Por muchas reglas, procedimientos, leyes o manuales que existan, llegarán muchos momentos en que, solos, tendremos que arriesgarnos a tomar una decisión no contemplada por los instrumentos descritos y en ausencia de una figura de autoridad o experiencia que nos pueda guiar (y con quien compartiríamos la carga de culpa por la decisión tomada). Tendremos que sobreponernos al miedo a decidir, así como al miedo de sus consecuencias por haberlo hecho. 

Reitero la pregunta: ¿a qué temen aquellos que envían pacientes a la ruta COVID? ¿Cuáles son los verdaderos riesgos que temen enfrentar para no aplicar sus conocimientos y valorar adecuadamente a cada paciente antes de enviarlo a la ruta COVID? ¿Por qué primero se debe descartar el COVID para luego atender al paciente, y no al revés, descartar primero cualquier otra enfermedad o condición para que al paciente, ahora sí, se le atienda con la seguridad de que tiene el corona virus? ¿Temen equivocarse y con ello, no tanto causar, sino ser señalados de causar un contagio para luego perder el empleo y las prestaciones, conquistas de su sindicato? ¿Por qué no les provoca más miedo la posibilidad de equivocarse al enviar a un paciente a contagiarse del virus de Wuhan? ¿Temen a la presunción de enfermedad general que podría hacer que se les acumulen los pacientes, y por eso optan por aplicar a todos la presunción de COVID hasta que se demuestre lo contrario?  

Si lo que nos hace actuar es el miedo, quizá debamos cambiar el objeto de nuestro miedo. Se debe temer a los contagios, de acuerdo, pero no abandonarse a ese temor, confiando en que la tecnología o la burocracia nos van a salvar de ellos. Se debe temer a no dar lo mejor, a no desplegar el potencial, a caer en el conformismo, el valemadrismo, la irresponsabilidad. Se debe temer a la equivocación, pero se debe temer más a no tomar riesgos por miedo a equivocarse. Se debe temer a la deshumanización de los pacientes, a verlos solo como una estadística, como un número de afiliación, a no tomarse el tiempo para considerar a cada uno de ellos como un individuo, como un ser único; pues tan valiosa es la vida de un contagiado como la de “cien o mil contagiados en una escuela” (parafraseo a Hugo López Gatell, subsecretario de salud).  

Recurrir al manual, al “librito”, está bien, pues este no deja de ser una guía diseñada para tener un mejor control de la administración de una organización, pero debemos temer a la cobardía de cerrar nuestro criterio, evitar circunscribirlo al paradigma que dictan los procedimientos, conscientes de que por mucha pandemia en que nos encontremos y la solución a ella consista en medidas de aplicación colectiva, cada paciente es un individuo, una persona, con características y necesidades únicas, con verdad de hechos única y en cierto modo exclusiva, susceptible de recibir atención personalizada.  

Ahora bien, el esfuerzo se hace. Para eso existe el TRIAGE en las unidades de urgencias de los hospitales públicos. Según la gravedad del padecimiento, es el tiempo de atención y, por consiguiente, el tratamiento a aplicar. Siempre y cuando no utilicen el triaje con criterios de guerra, como pretendieron hacerlo las máximas autoridades de salud del país al principio de la pandemia, cuando propusieron seriamente dejar morir a los adultos mayores que llegaran infectados a las unidades hospitalarias. Por fortuna, se conjuró semejante medida.  

No obstante, sin estar en guerra, muchos países han implementado otras medidas tendientes a restringir libertades, desde los máximos niveles de gobierno de un país hasta las más humildes alcaldías. El manejo de la información sobre el virus se ha convertido en una especie de propaganda sesgada en la que gobiernos y medios enfatizan el número de muertos pero no el de recuperados, de sobrevivientes al virus, del cual se dijo desde un principio que era más peligroso por su facilidad de contagio que por su mortalidad. El COVID-19 ha pasado de ser un motivo o razón, a ser un mero pretexto para aplicar, con diferentes matices y grados de dureza, medidas que van desde multas hasta toques de queda, entre otros castigos contra quienes no acaten las medidas dictadas por la “nueva normalidad”. Se anuncian medidas de contención, pero no de inversiones para la atención, si no sobrada, por lo menos suficiente ante el problema. Hablan de coerción, de encierro, de confinamiento, de aplicar medidas que estrangulan la economía pero no de un gasto que incremente el número de camas, el inventario de medicamento, la multiplicación de hospitales permanentes, de la capacidad de respuesta. Por si fuera poco, ya se nos ha sentenciado a vivir irremediablemente con el virus, en el dicho de que no se va a ir y debemos acostumbrarnos a vivir con él. 

Bien, pues el confinamiento, la contención, no es vivir con el virus, sino vivir sometido a él. Es vivir con el miedo, y es este temor el que ha hecho que se tomen decisiones equivocadas, desde lo general, como el cierre de actividades productivas, hasta lo particular, como cuando por temor a que enviaran a mi madre a el área COVID, atendimos a mi madre en la casa y no en un hospital, como debimos hacerlo desde un principio. 

Se habla de una vacuna, lista o en periodo de prueba, en tal o determinado país, y entre líneas se vislumbra una carrera para ver quién la produce primero y la convierte en moneda de cambio, pudiendo degenerar en objeto de chantaje, de trueque, a saber a cambio de qué concesiones entre países. Deseo que las farmacéuticas pierdan el miedo a la quiebra, a dar algo a cambio de nada, a no obtener ganancias pero tampoco pérdidas con la distribución de la vacuna, y que las potencias mundiales se deshagan del miedo a perder la carrera inmunológica, y que los gobiernos superen el miedo a perder popularidad o a votantes a cambio de distribuir la vacuna de manera equitativa y sin clientelismos; y que sean la solidaridad y la consideración hacia el otro lo que determine la estrategia a seguir en esta pandemia de la que todos, en mayor o menor medida y grado de rebeldía hacia la autoridad, ya estamos hartos. 

A la memoria de mi madre, Hortencia Soto, fallecida por causas ajenas al COVID. 

Sin olvidar a Salustio, mi padre, fallecido diez y nueve meses atrás, antes de la pandemia.

Línea de ensueño

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. El noticiero matutino le había hecho el favor de notificarle, tras enterarlo primero del estado del tiempo, la cotización del dólar y el reporte de los puentes internacionales en Ciudad Juárez, vía el radio a todo volumen del vecino en ese dúplex en que vivía. De momento creyó no haber escuchado bien, en un afán por comprobarlo, se sentó en la cama como impulsado por un resorte, con un movimiento que despertó a su esposa. El «cachito» adquirido terminaba en noventa y siete, número en el que Cande depositaba su fe cada viernes cuando jugaba a la lotería, aunque en toda su vida jamás hubiese ganado otro premio mayor al reintegro.

—¿Qué pasó? —le preguntó Ofelia, su esposa, aún acostada en la cama.

—Voy a la tienda —respondió Cande, mientras se ponía el pantalón—. Esos del radio no repitieron el número ganador.

Se calzó sus pantuflas y salió de la casa. Atravesó el parquecito del fraccionamiento con paso apurado, al tiempo que intentaba meter el brazo izquierdo en la manga de la primera camisa que tomó al levantarse. Luego de una pausa y una vuelta sobre su eje descubrió que la manga de su camisa estaba al revés, y tras corregir el enredo, terminó de ponerse la prenda que, debido a la premura por llegar a la tienda, abotonó mal.

Con los faldones disparejos, esperó la llegada del diario afuera de la tienda de El Pareja, un ex agente de tránsito que había emprendido el comercio como actividad alternativa a su pensión, con quien a menudo hablaba sobre la situación del país. Sus discusiones eran acaloradas, pues mientras el tendero era crítico hacia el gobierno, Cande lo defendía con vehementes alegatos. Por mera prudencia, el Pareja cedía cuando la actitud de Cande se tornaba agresiva.

Una vez con el periódico en su poder, buscó la lista de la Lotería Nacional, encontrando que su número, el 23597, aparecía como primer premio.

—Pues lo felicito, pareja —le dijo el tendero—, pero creo que debió jugar por dinero y no por el avión.

—¿Cómo cree, Pareja? Por muy gordo que sea el premio de la Lotería, no se compara con el avión. Con que alguien me dé la mitad de lo que vale, con eso la hago. Nomás no le vaya a decir a nadie, ¿eh? Ya sabe, la inseguridad…

Cuando el Pareja quiso responder, Cande ya había arrancado rumbo al parque. Corría por el centro del césped, buscando que no hubiera heces de perro para luego arrojarse de rodillas y deslizarse sobre el pasto, como los futbolistas cuando celebran un gol. Su impulso dibujó un par de líneas paralelas en el suelo, hasta detenerse frente a un hombre diminuto que ya lo esperaba.

—Perdón por arruinar el momento —le dijo el hombrecillo, a quien Cande conociera semanas atrás. Lucía diferente; ya no como aquél mal vestido vendedor de billetes de lotería, de tenis sucios y jeans deslavados por el uso que lo había convencido de comprar un número para la rifa del avión, en vez de su acostumbrado cachito para la lotería; ahora lucía como todo un logrado político, de traje oscuro impecable, sin arrugas, corbata de seda roja y zapatos relucientes. Sus rasgos, esos sí, seguían siendo los mismos: baja estatura, complexión delgada, nariz recta y breve; bigote revolucionario que no pasaba más allá de las comisuras, orejas puntiagudas de gnomo dublinés y una calva que hacía más notorios sus ojillos pequeños y siniestros.

—¿A poco ya?

—Todavía no, Cande —respondió el hombrecillo, al tiempo que giraba su cabeza para hablarle a tres cuartos de perfil, enfatizando sus frases con calculados movimientos de cejas—. Primero disfruta el avión, el dinero de su venta. Ya me pagarás al final.

—¿Al final? —preguntó Cande, con voz trémula— ¿Cuándo será eso?

—No lo sé. No soy yo quien decide.

—¿Y cómo le hago con el impuesto?

—De eso no te apures. Algo se le ocurrirá al gobierno: alguna reforma, alguna modificación a la ley… Tú no te me asustes con esos rollos y mejor goza lo que te he ayudado a ganar. Solo date prisa: memento mori.

Cande se levantó del suelo y caminó con calma hacia su casa, mientras el hombrecillo lo miraba sonriente. Del júbilo, había pasado al pasmo. Caminaba sin parpadear, al tiempo que repetía el latinajo dicho por el hombrecillo. Con pinta de sonámbulo llegó a su hogar, en donde Ofelia, tras cuestionarlo, pasó de la somnolencia a la felicidad: ahora sí podrían dejar sus odiados empleos, tendrían su futuro asegurado, ella compraría buenos vestidos y una buena troca, ya no tendría que compartir carro con Cande ni atenerse a que él la transportara cuando no les fuera posible alternar el uso del coche. Lo mejor: rejuvenecería con buenos tratamientos, buenos cirujanos plásticos y una liposucción. Al festejo se unieron sus hijos, un par de adolescentes que ya vislumbraban que no necesitarían estudiar por el resto de sus vidas.

—Tranquilos todos: no se vuelen, que todavía pueden pasar muchas cosas.

—Ay, gordo… ¿qué podría salir mal?

Llegó entonces la entrega del premio, con gran cobertura en medios y una verbena popular. En un acto solemne, le entregaron una réplica gigante de una llave (aunque al abordar la nave y entrar a la cabina, descubrió lo que nunca se había preguntado: los aviones comerciales no usan llave), junto a una constancia en la que el gobierno federal se comprometía a dar mantenimiento al avión durante los dos años de uso incluidos. Ese mismo día fue el «vuelo inaugural» de la familia rumbo a Cancún.

Al regreso, tuvieron que trasbordar a una aerolínea de bajo costo porque solo la Ciudad de México contaba con un hangar adecuado para el TP-01. No bien habían comenzado a planear su segundo viaje cuando el gobierno, apelando a su patriotismo, les pidió prestado el avión para recoger mandatarios de otros países que solicitasen asilo, así como para transportar peloteros mexicanos al Clásico Mundial de Beisbol 2021.

Concluido el evento deportivo, faltaba un año para que terminaran el mantenimiento y uso incluidos, pero tras unas reñidas elecciones, el gobierno resolvió entregarle el avión definitivamente. «Como dijo aquél: el presidente propone y el Congreso dispone», le dijeron para justificar el recorte en el presupuesto. Voló entonces a Ciudad Juárez, pero no a un hangar, sino a un terreno por la carretera a Casas Grandes. «¿Podrían aterrizar en el desierto? No quiero que mi avión circule por las calles de Juárez, todas arrugadas y llenas de baches que el ayuntamiento independiente nomás no arregla».

Trató de contactar posibles compradores, sin éxito, hasta comprender que en los negocios existe algo llamado «barrera de entrada»: significa que, por el alto costo de las operaciones, los únicos que pueden participar en la compra-venta de aviones son los fifís; pero ninguno de ellos quiso tener tratos con él. Contrariado, no tuvo más que pedir prestado para acondicionar la aeronave como negocio. No sería el primer avión en la ciudad que desempeñaría funciones ajenas a aquellas para las cuales fue creado: el Municipio ya había transformado uno en biblioteca, el Biblioavión. «¡Bah! El mío está más grande». Cande pensó al principio en habilitarlo como club nocturno con bailarinas nudistas y la alcoba disponible para aquellos que quisieran ir al cuarto, pero desistió por las repercusiones negativas en su reputación.

Al final, acondicionó las alas como terrazas para convertirlo en restaurante. La novedad surtió efecto y tuvo éxito al principio, pero poco a poco, la lejanía asustó a sus clientes. Lo peor fue cuando un comando entró para masacrar a balazos a un grupo de jóvenes que departían adentro del fuselaje. Sin dinero para comprar a los inspectores de gobernación estatal, le clausuraron el lugar. Nunca volvió a abrirlo. La otrora flamante aeronave no tardó en tener la pintura quemada, el tren de aterrizaje ponchado a balazos y el morro destruido a pedradas.

Tiempo después, Cande confesaba al tendero lo que había hecho para ganarse el avión.

—Así que ese hombrecillo resultó ser el Chamuco Chico y usted le vendió el alma… pues vaya que lo engañaron, Cande.

Este último, cabizbajo, apenas levantó la cara para responder.

—Este gobierno que al principio pintaba tan bien, también me engañó, Pareja.

El comerciante respiró hondo antes de agregar: —Ey, también… ¿Y le digo algo? La verdad, es que no sabría decirle cuál de los dos es peor.

La esperanza no debe ser selectiva

Aquellos lugares son de una belleza espléndida. Se ha conservado el bosque original, no es replantado, sino el antiguo (…) Y tú, en cambio, sabes que todo aquello está envenenado: setas, bayas… Las ardillas corriendo por la avellaneda.

Nos encontramos con una mujer.

—Hijos míos, decidme: ¿me puedo tomar la leche de mi propia vaca?

Nosotros, con la mirada clavada en el suelo; nuestras órdenes eran recoger datos, pero no relacionarnos demasiado con la población.

El primero en salir del paso fue el sargento:

—Abuela, ¿cuántos años tiene?

—Ochenta ya tendré, y más. Los papeles se me quemaron durante la guerra.

—Entonces, bébala, abuela.

Svetlana Alexiévich. Voces de Chernóbil.

Bien es sabido por todos que el trato hacia nuestros adultos mayores suele ser displicente cuando no condescendiente. Se les considera, ya sea una carga, o bien, un grupo de personas a quienes se les debe dar por su lado; como a los locos, o como a los niños cuando descubren con fascinación una verdad que el resto de nosotros ya conoce. Poco queda en estos tiempos de aquella veneración, o cuando menos, del respeto que se les debe. Ya no se les considera sabios por su experiencia, los avances tecnológicos que nos envuelven en esta vorágine de necesidades creadas, una de ellas la de adiestrarnos en su uso, no dan lugar a aquellos cuyos pasos y movimientos se han vuelto más lentos y cuyo raciocinio depende cada vez más de una memoria deteriorada. Cierto que hay adultos mayores quienes independientemente de su edad conservan una lucidez envidiable en comparación a la de muchos jóvenes, la mayoría de estos últimos, más impresionables que impresionantes.

La Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica, elaborada por integrantes del Consejo de Salubridad General, entre ellos, el Secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela y el Secretario de Hacienda, Arturo Herrera, dicta las directrices a considerar durante la actual pandemia, entre ellas, una que ha desatado cierta controversia: aquella que prioriza y da preferencia a pacientes jóvenes sobre adultos mayores en el todavía hipotético aunque cada vez más factible escenario de capacidad rebasada en las áreas de cuidados críticos en hospitales, es decir, faculta al personal médico a asignar recursos materiales y técnicos con preferencia y prioridad hacia “quienes tienen una mayor cantidad de vida por completarse”, en perjuicio de los adultos mayores o pacientes con otras condiciones de salud subyacentes, tales como enfermedades crónico-degenerativas.

Lo anterior, hace pensar que el prefijo “bio” debería anteponerse a la palabra “guía” y eliminarse la palabra “ética” del título de dicho documento, pues de esto último, de ética, pareciera no tener nada; entendiéndose como ética aquello que es recto, conforme a la moral; a la parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores; y al conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida; según tres acepciones que para definir la ética nos muestra el diccionario de la Real Academia Española. Esta directriz, esta facultad que dicho documento otorga al personal médico, se olvida de la moral, de lo que consideramos correcto y del juramento hipocrático. Sin embargo, es preciso señalar que en este documento, la palabra “bioética” no es una composición arbitraria o creada específicamente para este documento y sus directrices, sino un concepto por sí mismo, mucho más amplio que la ética médica, que no incluye solamente a la relación de la ética con la vida humana, sino incluso con los demás seres vivos, tanto sintientes como no sintientes. Mientras la ética médica parte hacia la aplicación universal de sus principios, la bioética parte hacia lo particular, considerando las características individuales de cada caso. Es por eso por lo que en ella se presentan dilemas tales como el aborto inducido y la eutanasia, cuya resolución procede mayormente de criterios más pragmáticos que éticos.

Es un criterio pragmático dentro de esta Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica, el que ha causado controversia en algunos sectores de la sociedad e instituciones de carácter civil, tales como la UNAM, que se desligó de su redacción, el Observatorio Filosófico de México y la Comisión Nacional de Derechos Humanos que se han pronunciado en contra debido a su carácter utilitario, el cual despoja al paciente de su dignidad humana, reduciéndolo a simple recurso cuyo seguimiento o descarte, salvación o desahucio, vida o muerte, depende de criterios discriminatorios e incluso del azar. Además, excluye de dicha decisión, al médico tratante.

Fue tan adversa la reacción de la sociedad a esta guía bioética, que para cuando estas líneas fueron escritas, dicho documento se había degradado a propuesta a debatir y, después, sería aprobado con algunas modificaciones; entre ellas, la eliminación del criterio de “edad” para elegir al paciente que recibirá tratamiento.

Lo anterior, lo último, nos tranquiliza un poco. Al ser el Consejo de Salubridad General un organismo que depende directamente del presidente de la república, quien tiene facultad de veto sobre cualquier lineamiento emanado de este Consejo, nos hace pensar en una intervención suya para que el documento haya sido aprobado con modificaciones. Después de todo, me parece poco probable que, por “bondad hacia” o la “conveniencia de no traicionar a” un segmento de la población que representa buena parte de su clientela política, el presidente López Obrador hubiera permitido que la iniciativa discriminatoria avanzara, contraviniendo los principios de humanismo de la Cuarta Transformación de los que tanto presume y que ha puesto en práctica.

Sin embargo, fuera del papel y de los datos duros, ¿qué tanto se aplican en la vida diaria, en la vida real, dichos principios?

Ejemplos de negligencia o indolencia hacia los adultos mayores en nuestro sistema de salud, hay muchos. Ignoro si es el mismo caso en los hospitales privados que en los públicos. Relataré un ejemplo muy cercano y personal: el de mi padre. Nadie me quita de la mente que debido a su edad avanzada, en cierto modo, lo dejaron morir.

Llegó a Urgencias, presa de convulsiones, con cierta lucidez, aunque arrastrando las palabras al hablar, producto de un accidente cerebro vascular. El personal logró estabilizar sus niveles de glucosa y oxígeno en la sangre. Era el último fin de semana del 2018, viernes, día en que hay carencia de camas y de médicos especialistas. No había cama que asignarle, ni especialista a quién asignarlo. Permaneció en Urgencias durante doce horas, por lo menos, hasta que en la tarde, por fin, lo llevaron a piso. Un residente que me planteó la posibilidad de entubarlo (con las implicaciones y el riesgo que eso conlleva) y el personal de enfermería se encargaron de tratarlo.    

El sábado, temprano, llegó a visitarlo la especialista, una cardióloga; pero era la de guardia de fin de semana. Me comentó que no funcionaba el tomógrafo, aparato que habría permitido localizar el coágulo y, quizá en base a los resultados, aplicar el medicamento necesario para deshacerlo (aunque ya había pasado mucho tiempo desde los primeros síntomas, yo insistía en mantener la esperanza). La doctora agregó también que se pediría enviarlo a reparar, aunque adelantó que sería difícil debido al fin de semana y último del año, cuando los técnicos, externos a la institución, probablemente tomarían un puente hasta el miércoles dos de enero.

Me llamó la atención que durante los horarios de comida a todo mundo le llevaran alimentos, menos a mi padre. Estoy de acuerdo en que no estaba en condiciones de alimentarse por sí mismo, pero no podían dejarlo solamente a la administración de glucosa vía intravenosa. Tuve que insistir hasta que le dieron batidos en tetrabricks, por lo cual sería necesario emplear una sonda para alimentarlo. No fue posible.

El lunes 31 de diciembre, después de medio día, por fin acudió el especialista asignado a mi padre. Solo llegó para valorarlo y decirme que le quedaban horas de vida. Y así fue. Mi padre falleció esa tarde, a las seis.

Muchas veces me pregunto qué habría sucedido si hubiera llevado a mi padre a un hospital privado, si habría sido la misma atención, el mismo abandono de un hombre desahuciado; o si el personal habría luchado más, al menos un poco más, para salvarle la vida. No reniego del esfuerzo del personal del IMSS, de los médicos ni el personal de enfermería; pero sí de la burocracia. De haber tenido los recursos, yo mismo lo habría llevado a un hospital donde al menos funcionara el tomógrafo o cualquier otro aditamento que pudiera emplearse en casos como el suyo y que uno, como familiar de un derechohabiente, espera que siempre estén listos y funcionando.

He sabido también de otros casos que no son de vida o muerte, de simples consultas de rutina agendadas previa cita, en las cuales los médicos familiares ya no se toman la molestia de auscultar a los pacientes. A lo mucho, escuchan los síntomas y en base a ellos diagnostican. Peor si se trata de adultos mayores: se limitan a tratar los achaques de siempre, a recetar el medicamento a surtir y resurtir mensualmente. Si escuchan sobre una nueva dolencia, un nuevo síntoma, se limitan a preguntar por él y a minimizarlo, cuando no a desestimarlo. Quisieran creer que lo hacen, como el fragmento de Voces de Chernóbil que aparece en el epígrafe, para no fastidiar a los pacientes con más medicamentos y restricciones a las que ya de por sí los somete su edad.

Considero injusto que se trate con indolencia a los adultos mayores y se les someta a criterios discriminatorios que comienzan incluso antes de que sean seniles, desde los treinta y cinco años, comenzando en los centros de trabajo hasta la atención en nuestro sistema de salud. Es injusto que casi se les descarte como personas que tiene derecho a seguir viviendo luego de que con su trabajo produjeron y construyeron esta sociedad imperfecta aunque perfectible y que, mal que bien, nos legaron el mundo que conocemos ahora (y a sus hijos, que para bien o para mal, también conocemos ahora). La discriminación comienza desde el mismo reclutamiento en los empleos, sin reparar en que son precisamente los adultos mayores, próximos a jubilarse, quienes más dedicación y responsabilidad reflejan en su desempeño, aunque ya no tengan la rapidez de su juventud. Son los adultos mayores, los pensionados, quienes desde el primer día de cada año se forman en las líneas de caja de las diferentes dependencias públicas para cumplir con el pago de impuestos y servicios, aunque eso implique a veces horas de espera y un cansancio más pronunciado debido a su edad.

Pero sobre todo, son los adultos mayores quienes nos dan los mejores consejos de vida. No por nada, en la antigüedad, antes de la existencia de los libros, los gobernantes se rodeaban de un consejo de ancianos que los guiaban en momentos de duda o dificultad, ayudándolos a tomar decisiones. De ahí viene la palabra “senado”: órgano político cuyo nombre deriva del latín senatus (Consejo de los ancianos), y de senex (anciano); testimonio de la importancia y utilidad que siempre han tenido.

Cierto es que en algún momento de nuestra vida, todos nos hemos rebelado contra los adultos, contra los mayores, contra lo establecido y contra lo viejo en pos de una renovación en la conducta, en la forma de pensar, en las costumbres, en los procesos y procedimientos. Todos dejamos en algún momento de escuchar a nuestros padres y buscamos consejo y apoyo en nuestros amigos, creyendo que por ser de nuestra edad serían los únicos en saber cómo nos sentíamos ante determinada prueba de la vida, sin saber que nuestros mayores ya habían sentido, experimentado, enfrentado y superado lo mismo que nosotros, algunos varias veces, y tenían el suficiente conocimiento para pronosticar las consecuencias de nuestros actos u omisiones, así como para sugerirnos la mejor acción a tomar ante determinado problema que nos aquejara. Mientras a muchos de nosotros se nos cerraba el mundo e incluso algunos pensaban en suicidarse, ellos siempre encontraban la manera de hacernos ver que en realidad “no pasa nada”, que “todo está bien”, que “lo que hoy nos hace llorar, mañana nos hará reír”.

Al principio, mi actitud ante sus sugerencias fue de rebeldía, sobre todo, porque los consejos de mis mayores diferían mucho de mis contemporáneos: mientras estos me sugerían lo que yo buscaba escuchar, los adultos me sugerían lo que necesitaba… y no siempre era de mi gusto. “¡Qué va a saber este ruco sobre la bronca que traigo!”. Sin embargo, cedí en mi actitud, de manera paulatina. Cuando no encontraba la solución a mis problemas, seguí entonces sus sugerencias, primero, por curiosidad: “Vamos a ver qué pasa si hago lo que me dicen”. Luego, fue conveniencia: “Creo que sale mejor todo si hago lo que estos rucos sugieren”. Al final, fue por convicción: acudí a ellos completamente seguro que lo que pudieran decirme, era la mejor guía en mi toma de decisiones. Seguí sus indicaciones al pie de la letra. Fue el consejo de dos adultos mayores, mi padre y un amigo que me ayudó a dejar de beber, el que me ayudó a relacionarme mejor conmigo mismo y con los demás.

No pediré actualmente a un adulto mayor que me guíe sobre cómo manipular un teléfono inteligente de última generación, o cómo configurar una computadora con los últimos adelantos, o cómo jugar en Playstation. Para ello, si llegase a necesitarlo (y llegará el día en que lo necesite), recurriré a los más jóvenes, a los centennials, a quienes pronto será difícil seguirles el paso, por mucha energía que nos contagien. Pero para otras cosas, aquellos asuntos que perduran generación tras generación, pediré sin duda consejo a mis mayores, pues no importa la edad, siempre habrá retos de vida ante los cuales necesitaré asesorarme.

Podrán cambiar los autos, la tecnología, la arquitectura, las leyes; pero el ser humano, las personas, la gente, esa no cambia. Podrán crearse maravillas tecnológicas, ponerse en boga nuevas corrientes de pensamiento (muchas de ellas, falaces) e incluso en base a dichas corrientes de pensamiento podrían implementarse nuevas leyes que restrinjan nuestras acciones o las amplíen, reglamentos que mediante la coerción repriman alguna de nuestras conductas o protejan nuestros derechos, pero ninguna ley podrá hacer que sintamos lo que no sentimos, o que dejemos de sentir lo que ya sentimos. Ninguno de estos artilugios o ideas podrán despojarnos de nuestro carácter humano. El mundo, la vida, no dejará de ser lo que es. Y sobre la vida, es sobre lo que más saben nuestros adultos mayores.

¿Quién dice que no se debe mirar hacia atrás de vez en cuando?

26 de noviembre del 2008, día en que se revelaba mi nombre tras el seudónimo con que participé en el Segundo Virtuality Literario Caza de Letras, con un proyecto de novela que he decidido retomar hoy, luego de once años de aquella experiencia literaria.

Mi agradecimiento al público que me siguió durante aquella breve semana (fui de los primeros en ser eliminado, ¡snif!), así como a los jueces Alberto Chimal, Álvaro Enrigue y Mónica Lavín.

Pueden consultar el texto completo de Alberto Chimal en el siguiente enlace:

El fin de Caza de Letras

Por Alberto Chimal|26/11/2008|Categorías: Noticias|Etiquetas: Álvaro EnrigueArturo Leopoldo Vallejo NovoaBlogósferaCaza de letrasCiencia VudúConcursoEl arte de la novelaEscritoresGeneralHistoria y testimonioInternetLiteraturaMónica LavínNo tengo tiempoNovelapremiaciónUNAMvirtuality|5 Comentarios

Ha terminado Caza de Letras II y la novela ganadora es No tengo tiempo de Ciencia Vudú, seudónimo de Arturo Leopoldo Vallejo Novoa, a quien envío muchas felicidades. El libro será publicado próximamente por Alfaguara y tendrá oportunidad de llegar a otros lectores, pero acaso quienes ya lo han seguido en línea estarán allí también. Ojalá que sí, y ojalá que pronto podamos ver publicadas las otras once novelas.

He aquí la lista completa de los participantes con sus seudónimos; a todos ellos los felicito (también) por su interés, por su disposición y por haberse atrevido a dar el primer paso: darse a conocer sin anunciarse, ocultarse en un nombre supuesto para que su trabajo pudiera defenderse solo.

José Said Arellano Sabag
(Nakedbeats)
Marcos Orlando Cruz Camarillo
(Chirindangas)
Ximena Cuenca Figueroa
(Xemióptera)
Omar Alejandro Delgado Vázquez
(Disaki)


Juan Carlos Esquivel Soto
(Encobijado del norte)


Vanesa Garnica Villa
(Toru Watanabe)
Salvador Paul Medrano Leyva
(S3co)
Carlota Peón Guerrero
(Buzo de Nostalgias)
Ana Ivonne Reyes Chiquete
(Ave Aura)
Arturo Leopoldo Vallejo Novoa
(Ciencia Vudú)
Andrei Vásquez Chávez
(Falso)
Juan Gabriel Vázquez González
(Lucero)

Entre las cajas

Era la enésima vez que Joel levantaba una queja contra Jaime por su pasividad. Lo acusaba de no informarle con oportunidad cuando un camión de carga de la compañía entraba a revisión en la aduana de Estados Unidos, de ponerse a leer el diario, de dormitar en horas de trabajo, de apañárselas para adoptar posiciones que a simple vista harían creer a cualquiera que se encontraba alerta cuando no era así; y sobre todo, de permanecer sentado durante la mayor parte de su turno de trabajo.

—Que no nomás se levante para reportar a mis choferes cuando van a exceso de velocidad —reclamaba a Chebo, gerente de seguridad—, que se levante también para darle seguimiento a las cajas que caen en “rampas” en la aduana…

Enseguida, comenzaba una explicación “de bulto” acompañada por gestos, tonos elevados de voz, sobreactuaciones y aspavientos saltarines acerca de lo que el guardia monitorista debía hacer: acercarse a los coordinadores de tráfico, preguntarles qué pasaba, qué se les ofrecía, oye, ¿qué onda?, ¿el chofer está incomunicado?, ¿le quitaron el pasaporte?, ¿qué no?, OK; ¿que sí?, entonces dime por qué le quitaron la visa… así… ¡movido mijo!

Lo que Joel no podía o no quería reconocer, era que, en realidad, ese seguimiento formaba parte del trabajo de los coordinadores de tráfico y no del personal de seguridad. La función del guardia monitorista consistía en revisar el recorrido de los camiones que llegaban a la frontera procedentes del interior del país; verificar que no hubieran realizado paradas prohibidas o se hubieran desviado de las rutas establecidas; y si era el caso de alguna de ellas, entonces procedían a hacer el reporte correspondiente y a ejecutar una revisión exhaustiva de las cajas de tráiler con perros entrenados en la detección de sustancias tóxicas y explosivos.

Los departamentos de Tráfico y Seguridad mantenían cierto pique debido a la tendencia de los primeros a saltarse las normas en pos de quedar bien con los clientes, y a la inflexibilidad de los segundos en el celo por su deber, demasiado apegados a las reglas y dispuestos a levantar reportes ante la más mínima falta. Estas fricciones no tendrían mayor trascendencia que los conflictos normales entre dos departamentos de una organización, si no fuera por el carácter de Joel, revanchista y poco dado a reconocer faltas.

Ahora que, sus observaciones sobre el carácter pasivo del guardia monitorista, tenían fundamento. A diferencia de Joel, Jaime era un hombre de carácter tranquilo, menos inclinado a la acción que a la reflexión. Aunque había temporadas en que practicaba algún deporte, en realidad era un flojonazo que sabía disfrutar de la vida. Su naturaleza era perezosa, a tal grado que su madre, cuando estaba embarazada, lo creyó muerto debido a que nunca se movía, nunca pateaba ni daba señales de vida. Jaime no tenía problema en declararse haragán: si alguien le preguntaba sobre sus pasatiempos favoritos, respondía sin empacho que estos eran el cine… y dormir.

Era lógico que tanta desfachatez chocara con el afán de control de un gerente, más todavía si era un gerente como Joel, acostumbrado a moverse y a gritar para dar énfasis a una indicación o a una orden, a veces sin necesidad.

A pesar de sus diferencias, había un lugar donde ambos eran bienvenidos, sin discrimen de caracteres o estaturas. No sólo ellos, sino también los muchos compañeros de trabajo de la línea de transporte que, cada viernes, gastaban en unas horas el dinero ganado con tanto esfuerzo durante una semana.

Tanto las puertas del Cash Bar como las piernas de sus bailarinas estaban abiertas para el personal de Fletes Viajes Rápidos. Pero mientras la mayoría de las desnudistas que trabajaban en el putero estaban disponibles para todos, Blanca —de noche Tiffany— se abstenía de aceptar tratos con guardias de seguridad. Sus clientes favoritos eran los choferes de tráiler y el personal de Tráfico, pero en cuanto a uniformados, sólo aceptaba a soldados o policías. Despreciaba a los oficiales de seguridad. Le parecían indignos de ella por chismosos, por güevones, por andar siempre hambreados, sin dinero, y por ser de esos empleados agachones que aceptan trabajar doce horas diarias y sin beneficios que excedan las prestaciones de ley, ni siquiera un triste pastel en el día de su cumpleaños. Para ellos, decía, estaban las mujeres demasiado flacas, las demasiado gordas y las demasiado viejas. No un monumento como ella.

Sabía que los elementos de seguridad, como todos los clientes, deseaban algo más que verla bailar. Querían recorrer sus muslos de mármol, sentir su piel, entrar en sus entrañas, cobijarse con su calor y humedad. Buscaban una oportunidad de morder sus pechos como peras, ni muy grandes ni muy chicos, firmes, naturales. Admiraban su talle esbelto, su sexo depilado, y la forma en que abría sus piernas en el centro de la pista, casi en la oscuridad total, sentada en una silla y acompañada por el canto gregoriano de Sadness, de Enigma, mientras los otros, los que sí tenían acceso a ella, aplaudían y aullaban emocionados. Fueron muchos los guardias de seguridad que rogaron y ofrecieron todo lo que tenían con tal de estar con ella, pero sólo obtuvieron negativas, la mayoría con desplantes groseros.

«¡Ay sí: “oficiales de seguridad…”!

«¡Ja!»

«Veladores, guardias, porteros, abrepuertas, chivatos, peinetones… eso es lo que son».

Su actitud excluyente se habría mantenido incólume si no hubiera estallado la crisis económica que Estados Unidos contagió al mundo en el 2008. La historia es conocida: pérdida de empleos, rescates bancarios, carestía, incremento de la pobreza… y por consiguiente, una baja en el aforo de los centros de diversión. Quienes gozaban de estable bonanza, se vieron de pronto obligados a ajustar sus expectativas de ingreso, a optar por bienes y servicios de menor costo.

Los bancos centrales bajaron las tasas de interés, las empresas recortaron personal o acudieron a paros técnicos, los trabajadores salvados del despido aceptaron jornadas más largas y menor paga en un esfuerzo por conservar el empleo, los comerciantes trasladaron la responsabilidad de ventas a todo el personal y los desempleados vendieron burritos, lavaron carros, barrieron casas, robaron o se metieron de narcos.

Y las trabajadoras sexuales, especialmente aquellas tan selectivas como Blanca —de noche Tiffany—, no sólo tuvieron que aceptar nuevos clientes, sino también a aquellos que por largo tiempo habían despreciado.

Fue así como tuvo que olvidarse de su orgullo y departir también con los modestos guardias de seguridad. Cada vez que llegaba uno de ellos al congal, era como volver a empezar en su oficio; recordaba aquellos años en que, tímida y apenada, se acercaba a la mesa de algún cliente a ofrecer su compañía a cambio de una bebida con comisión. Esto, debido a que la mayoría de los guardias de Fletes Viajes Rápidos ya conocían sus desplantes y, por lo mismo, ya no le rogaban. Aun así, pese a su historial de desaires, no le fue difícil lograr que el primero de ellos accediera a invitarle una bebida.

La carne es débil, le había dicho no una beata ni una religiosa, sino la madrota que le enseñó a embaucar a los hombres cuando apenas aprendía el oficio, aquellos años en que todavía lloraba de vergüenza luego de estar con un cliente. También le enseñó que el orgullo y la dignidad, virtudes relacionadas con la fortaleza, solían languidecer ante la lujuria, una de las mayores debilidades humanas. Comprobó esto al poco tiempo, tras convertirse nuevamente en objeto de deseo para los olvidadizos guardias de Fletes Viajes Rápidos.

Además del apoyo económico, en lo personal, no se arrepintió por haberlos aceptado. Podrían ser raspas, perezosos y peinetones, alucinar que eran policías patas-planas que se tomaban el trabajo demasiado en serio, pero tenían algo que la hizo cambiar su actitud: la satisfacían. Eso rara vez ocurría con el personal de Tráfico. Aun así, ninguno de ellos dejaba de representar para ella un cliente más.

Excepto Jaime, el monitorista —quien por cierto, era el más guapo de todos los empleados de Fletes Viajes Rápidos. Tenía varios años sin beber, razón por la cual su presencia en ese tipo de lugares era muy esporádica. Las pocas veces que iba al Cash Bar, acostumbraba ir solo, pues sabía que los otros guardias, al punto borracho, terminarían peleando entre ellos o bien, quejándose del trabajo o de que les quitaban el bono extra.

Sólo había un problema con el monitorista, además de su asistencia ocasional: como no bebía, gastaba poco. No se hallaba cómodo por mucho tiempo en sitios donde se consumía alcohol, o con personas que lo hacían. Y aunque Blanca —de noche Tiffany— se sintió atraída al verlo por primera vez, no olvidaba que su oficio era un negocio.

Así que con él, tendría que esforzarse un poco más. Sobre todo porque era el único que la seguía bateando.

Recurrió a todo su repertorio de artimañas: abrazarlo por la espalda cuando estaba sentado, colgársele del cuello cuando lo veía llegar, contonear la cadera cuando caminaba enfrente de él, arrojarle sus prendas cuando le tocaba desnudarse en la pista y, al momento de abrir las piernas a mitad de Sadness, colocarse de modo que Jaime tuviera la mejor vista de su sexo. Pero lo único que lograba obtener de él, era un par de bebidas con comisión.

Un día, perdió la paciencia.

—¡¿Pues por qué no quieres ir al cuarto conmigo?!

Tranquilo, Jaime dio un sorbo a su agua mineral con limón.

—Yo no pago por sexo.

La verdad es que, muy de vez en cuando, sí lo hacía. Cuando no tenía novia, o no conseguía alguna amiga ocasional.

Al igual que Tiffany, también tenía que dar el gatazo.

—La única mujer a la que le daré dinero, es a la que viva conmigo —sentenció, pagado de sí mismo.

Sucedió entonces que Joel, gerente de Tráfico, llegó al Cash Bar. Había pasado mucho tiempo desde su última visita. Tenía la mirada vidriosa, señal de que había bebido bastante. Su andar era normal, no trastabillaba, quizá porque usaba algo extra para cortarse la borrachera.

Cuando vio a Tiffany rogarle a Jaime, aprovechó para escupir un poco de veneno.

—Ande, mi´ja, me agüita… a qué pinche santo le ruega. De los guardias… ¡ese güey es el que gana menos!

Cierto. Mientras los otros elementos de seguridad trabajaban turnos de doce horas e incluso laboraban horas extras, Jaime era el único que valoraba demasiado su libertad como para esclavizarse trabajando: se retiraba justo al terminar su jornada laboral, ya fuera para estudiar, leer, descansar o hacer con su tiempo libre lo que se le diera en gana, aunque eso repercutiera en sus ingresos.

—Además, ¿usted cree que ese güey le va a hacer un buen jale? ¡Si en el trabajo nomás se la pasa aplastadote!

Tiffany miró a Jaime con una sonrisa entre sorprendida y burlona.

—Si en el trabajo no se levanta para nada, ¿usted cree que allá en el cuarto se le va a levantar “esa madre”?

Tiffany estalló en una carcajada, más ruidosa de lo normal. Rió al mismo tiempo que se dejaba abrazar por Joel.

—Sí, vámonos tú y yo, Joel. Ese güey no vale madre.

«Y además, ni quiere», pensó Tiffany.

Pero mientras ella se rendía, Jaime experimentaba una sacudida por dentro. No dijo nada, pero su cara tenía la expresión de quienes ven su realidad trastocada, de quienes no pueden creer lo que ven. Comprendió entonces que se había dado demasiada importancia.

Salió airadamente del lugar, con grandes zancadas. Apenas llegó a la carretera, se detuvo. Era consciente del lugar donde la había conocido, del oficio que ejercía, de que su relación con ella no era siquiera de cliente-proveedor y por lo mismo, no podía reclamarle nada; pero que se haya ido al cuarto con su peor crítico del trabajo, era algo que no podía soportar.

¿Y si regresaba por ella? ¿Y si se la quitaba a Joel, así, a la brava?

No. Si lo hacía, Tiffany era capaz de batearlo por el puro placer de ser ahora ella quien se diera importancia.

Decepcionado, siguió su camino, determinado a olvidarse de la bailarina. No volvería al Cash Bar. Esas estrategias de adolescentes ya no iban con ella, y a esas alturas de su vida, pensaba, ya no deberían ir tampoco con él.

Pasado el fin de semana, Jaime revisaba recorridos de camiones foráneos y hacía los tediosos pantallazos para el control de boletos de cruce fronterizo. Toda la mañana la pasó inmóvil, en su lugar, rastreando las unidades a través del ordenador. Trataba de aislarse mentalmente de todo el griterío del departamento de Tráfico, algo imposible de lograr si tenía jaqueca.

Para el mediodía, el dolor empeoró. Fue cuando perdió la paciencia y decidió salir del edificio. Aún no terminaba su turno, primero iría al taller a verificar cierto control que debía llevar sobre las unidades averiadas y de paso, a despejar su mente. Estaba harto de estar ahí, desmañanado todos los días, fastidiado por los coordinadores que hablaban a gritos y, por si fuera poco, arrepentido por haber despreciado tanto tiempo a Blanca —de noche Tiffany—, sólo para que ella acabara yéndose con Joel.

Cuando apenas caminaba por el patio rumbo al taller, escuchó un claxon que sonaba insistente. No reparó en el sonido, pues entraba y salía tanta gente que podían estar llamando a cualquiera. A los pocos pasos volvió a escuchar el claxon, pero siguió su camino. Tras varios silbidos de sus compañeros de Seguridad que trataban de llamar su atención, siguió sin volverse. Fue hasta que una piedra pequeña cayó rebotando junto a sus pies, cuando supo que los silbidos y claxonazos eran para él. Sus compañeros le hicieron señas para que se acercara.

Se dirigió entonces hacia donde le indicaron los guardias y vio un Cadillac DeVille blanco, cuya portezuela del conductor se abrió conforme se aproximaba.

Entonces la vio salir. Era Tiffany.

—¡¿Qué onda, mijo?!

No vestía ella de la mejor manera: zapatillas, pantalón de mezclilla holgado y una blusa con un dibujo del gato Silvestre que extrañaba al canario Piolín. Si no fuera porque varias veces la había visto desnuda en el Cash Bar, Jaime habría dudado de sus atributos.

—¿Y ahora tú, qué? —preguntó al verla. Hasta la jaqueca se le quitó. Le resultaba paradójico que mirarla vestida fuera el equivalente a conocerla al natural.

—Vámonos —respondió Tiffany, en tono casi imperativo. Como notó que Jaime sólo atinaba a quedársele viendo con cara de menso por la sorpresa, caminó hacia atrás de él y lo obligó a subir al auto a empujones. Luego, enfilaron hacia el primer motel de carretera que encontraron, en donde habrían de entregarse a una naciente relación de amor aderezada con sus respectivas enfermedades mentales. Fue tanto el ruido que hicieron esa tarde y noche y durante tanto tiempo, que causaron quejas de los huéspedes vecinos.

Permanecieron encamados hasta la mañana del día siguiente. Tiffany había faltado a su trabajo nocturno y Jaime faltaría al suyo en la mañana. Ninguno de los dos tenía interés en asistir. Perderían dinero: ella su sueldo y comisiones, mientras que a él le descontarían el día y Chebo le quitaría el bono de puntualidad. Pero no importaba. Estaban juntos esa mañana. Que los borrachos se aguanten sin verla bailar y que las cajas de tráiler se contaminen.

—La verdad, mijo, me llevé una sorpresa…

Iba ella a decir que la sorpresa se la había llevado con los de Seguridad, pero por alguna extraña razón, no pudo hablar con Jaime acerca de su oficio. De pronto, sin saber por qué, no se sentía cómoda hablando de otros hombres, sorprendida por una especie de recato.

Jaime intuyó eso, pero no sentía celos. De todos modos, no tenía por qué sentirlos. Recordaba muy bien cuál era la profesión de ella.

—Fíjate, mijo —añadió Tiffany, dejando su pasajero pudor para ejemplificar lo que iba a decir—: la vez que te fuiste del Cash Bar, cuando me fui con Joel, yo estaba despechada. Lo hice para darte picones.

Jaime sabía que las mujeres como Tiffany suelen hacer ese tipo de confesiones como una estrategia para embaucar a los hombres y sacarles lo más que se pueda, pero en el caso de ella, Jaime sentía que era sincera y que le decía eso por costumbre, por ser su oficio también una cuestión de estilo de vida.

—Pero ya en el cuarto —continuó ella—… pues nomás no. Lo clásico: que no sabía que tenía, que era la primera vez que le pasaba…

Jaime sonrió con cierta malicia.

—Hasta tuve que darle una “ayudadita” con la mano para ver si…

—Hasta ahí nomás —la interrumpió al tiempo que dejaba de sonreír. No quería que ella entrara en detalles. Imaginar que había intentado con Joel lo que con él había hecho toda la noche, lo incomodaba.

—El caso, mijo, es que con Joel nomás no. Ni con otros de Tráfico que llegaron antes. Puro batallar y puras tristezas. Muchas veces no se armaba, y cuando se armaba, duraban muy poquito. Quién sabe a qué se deberá… Pero contigo, Jaime, es otro rollo.

El monitorista fue más cauto al escucharla. Inflar el ego es algo a lo que muchas mujeres de su oficio recurren para jugar con los sentimientos de los clientes.

—Y luego, no me explico cómo es que no tienes hijos, con todo eso que avientas…

—Cuidado Blanca —le advirtió Jaime—, a mí no me vas a embaucar como a los clientes del Cash Bar.

—Pues por eso me gustas, mijo. Eres diferente a los apendejados borrachos que conozco, que los viernes van a pistear hasta ahogarse, y luego los sábados ahí van todos crudotes a jugar futbol.

—Y aunque fueran buenos y sanos… de todos modos los golean.

—En cambio, con los de Seguridad… contigo…

Blanca —de noche Tiffany—, entrelazó sus piernas con las de Jaime, dispuesta a hacerlo otra vez. Él correspondió girando hacia ella, colocándose entre sus piernas.

—¿Por qué los de Tráfico no podrán cumplir? ¿Estarán muy tensos?

—Algo hay de eso.

Segundos antes de que Jaime entrara en ella, Blanca volvió a preguntar.

—¿Y por qué están tensos?

Jaime sintió cómo se relajaba al entrar en la húmeda tibieza de Blanca. Respondió luego de empezar a moverse dentro de ella. Sus palabras fueron contundentes:

—Es que los de Tráfico nada más piensan en sus pinches cajas. En cambio los de Seguridad, sólo pensamos en el sexo…

Tiffany lo escuchó al tiempo que entrecerraba los ojos. Comenzó a gemir.

Mi debut en sociedad

La ASENOCH

No era la primera vez que entraría en contacto con escritores o aspirantes a escritores que se desenvolvían en un ambiente distinto al conocido por mí, desde que ingresara, varios años atrás y por un fugaz periodo de tiempo, al taller de Jorge Humberto Chávez; de donde salí porque tuve la impresión de no ser bienvenido en él debido a mi trabajo, por aquél entonces, como cantinero en Vértigo Discoteque, lugar de moda y de gente bonita contra el que se quejó («¡Viva el proletariado!») uno de los escritores locales en una publicación (¡uy, uy!), debido a que no lo dejaron entrar a la disco por no vestir «pantalones bonitos».

Ya saben. Abundan los fanáticos ideológicos y los resentidos contra la burguesía («Nos reservamos el derecho de admisión»).

Muchos años después, tras una larga sequía voluntaria de textos, me integré al taller del doctor José Manuel García-García, también en el Museo de Arte del INBA, cuando mis recuerdos como guardia sacaborrachos en el Cash Bar y de mis aventuras con las bailarinas aún estaban frescos. Fue con él con quien puede decirse que inicié mi formación como escritor.

Tras dos años de lecturas y correcciones de textos, el mismo José Manuel García me dijo que yo “ya tenía alas” (ya sea para emprender el vuelo a nuevas alturas, o simplemente para que me fuera a volar del taller). Sin embargo, seguí en busca de nuevas perspectivas, de nuevos juicios críticos para mis textos. Eso me llevó a integrar el Taller Virtual de Novela, coordinado por Bernardo Ruiz, y posterior a ese, sendos talleres patrocinados por el ICHICULT (renombrado ahora como Secretaría de Cultura), coordinados por Agustín García y José Juan Aboytia (yes!), respectivamente. Esto, además del Segundo Virtuality Literario Caza de Letras, organizado por la UNAM y Editorial Alfaguara; que no solo era un concurso tipo reality, también era un taller literario con participación directa del público y coordinado por Alberto Chimal, Mónica Lavín y Álvaro Enrigue (super yes!).

Como dije al principio, esa noche asistiría a una reunión en la que iba a conocer a escritores y aspirantes a escritores de un ambiente distinto a ese en el cual yo me desenvolvía. La invitación corrió por cuenta de un poeta amigo de redes sociales, a quien por fin conocería en persona. La cita era en el Starbucks de la avenida Gómez Morín.

Llegué al lugar, solo, como acostumbro. Aunque la cafetería estaba abarrotada, sabría distinguir a los asistentes a la reunión. Luego de merodear con dificultad entre las mesas, reconocí a Francisco Javier Hernández (mucho gusto), sentado junto a varias personas. Al saludarlo, aproveché para lanzar una mirada furtiva a las cuatro mesas pegadas como una sola (en torno a las cuales, esa noche de invierno, regocijadamente departían más de seis alegres bohemios). Alcancé a reconocer un rostro más: el de Paulino Arreola (¡ese profeeee!), hombre de brillante trayectoria en el magisterio, quien años atrás había asistido en Chihuahua a la presentación de Norpaisaje. Antología del taller literario del INBA en Ciudad Juárez, primera antología en mi haber, y de la que hablaré más adelante.

Además de ser el único conocido, y por ende, el único de esa mesa a quien yo no vi como bicho raro (no dudo que yo también haya sido visto por el resto de la misma manera), descubrí que Paulino era fundador, ergo, presidente de la recién nacida ASENOCH, Asociación de Escritores del Noroeste del estado de Chihuahua.

Nuevamente (¿nuevamente?) vi que había mucha más gente que se dedicaba a lo mismo que yo, mucha más de lo que yo pensaba en un país, en una ciudad de escasos lectores. ¿Por qué nunca me los encontraba en los eventos, lecturas, presentaciones y talleres a los cuales yo asistía?

La Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez

Mi experiencia ese primer día con ASENOCH fue parecida a la que tuve, años atrás (de aquí surge el ¿nuevamente? del párrafo anterior), con la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, SECJ. Sucedió mientras yo aún integraba el taller de José Manuel García-García, en el Museo del INBA. No recuerdo cómo me enteré, si por un anuncio en el diario o por internet, que dicha sociedad celebraría una reunión en un restaurante de la avenida Tecnológico.

—¿Y quiénes son ellos, los de la Sociedad de Escritores? —me preguntó José Manuel, con cierta sorna.

Es lo mismo que yo deseaba saber, quiénes eran, por qué estaban en una especie de mundo aparte, marginados o automarginados del movimiento cultural; quería conocer cuáles eran sus motivos para aislarse; por qué nunca o casi nunca se hablaba de ellos.

Decidido a conocerlos, asistí a la reunión anunciada. Llegué como se llega a un taller literario, preparado con el original de un texto y algunas copias a repartir para su crítica entre los asistentes. Además de mí, al lugar acudieron alrededor de ocho personas, entre ellos su presidente, Juan Amparán.

Pero no hubo taller literario (¡chin!). Tras las presentaciones personales de rigor, siguió por parte de Juan Amparán una exposición de planes y objetivos; por tanto, me quedé con las ganas de leer mi texto y, mediante la crítica de nuevas perspectivas, conocer un poco más sobre mi forma de escribir. En lugar de eso, se me invitó a participar en una antología próxima a publicarse.

—Luego les digo de a cuánto les toca. 

Y eso fue todo. Así nomás. Sin conocerme, sin conocer mi texto, mucho menos el resto de mi escasa obra, se me invitó a publicar en su antología. Por si fuera poco, había que pagar.

Esa fue la única ocasión en que asistí a una reunión de la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez. No tuve ganas de volver. No puedo decir si ese modelo de negocio (porque lo era) resultaba lucrativo para Juan Amparán (no creo) o para dicha sociedad (tampoco lo creo), o ya de perdido para el dueño de la imprenta (porque de los autores mejor ni hablamos), pero la impresión que tuve (como sensación y sentimiento, no como impresión de imprenta) fue la de que se aprovechaban de las ganas de publicar de escritores en ciernes para obtener algún beneficio pingüe (aunque al final, más que pingüe, resultaba pinche).

De vuelta a ASENOCH

Volviendo con ASENOCH, Francisco Javier me confesó días después que su invitación hacia mi persona obedecía a la creencia suya (y yo agregaría exagerada) en que yo podría aportar muchas cosas interesantes y conocimiento al taller, creencia alimentada (pienso) más por la amabilidad que él muestra hacia mi trabajo (¿qué te tomas?) que porque pudiera ser yo un buen coordinador de talleres literarios; pues (reconozco) carezco de la erudición y el volumen de lecturas necesario para ello (¡buuu! ¡chafa!). No obstante, acepté integrarme a la ASENOCH, pues deseaba adquirir experiencia coordinando un taller, pues al compartir lo que sé con los demás, muchos de ellos novatos, tendría la oportunidad (y el compromiso) de seguir aprendiendo y recordar lo que tan generosamente se me había compartido. Asistí periódicamente, mas no como el coordinador que deseaba ser para adquirir experiencia, sino solo como un tallerista más. El coordinador de todas las sesiones fue Paulino Arreola, quien aplicaba sus dotes de liderazgo aprendidas en el ejercicio de la docencia y, desde ese punto de vista, lo hacía bien.

Entonces descubrí que a él también le faltaba un poco de experiencia, principalmente, porque permitía que los talleristas defendieran su texto. En todos los talleres a los que yo he asistido, no defender los textos es la primera regla a seguir, no tanto para evitar que la sesión se extienda en discusiones estériles, sino para hacerle ver al tallerista que si escribe una cosa y los lectores entienden otra, es porque no ha sabido expresar sus ideas.

Las reuniones continuaron y la ASENOCH tomó forma. Su membresía alcanzaba ya Nuevo Casas Grandes, Buenaventura, Gómez Farías, Janos, Ascensión y, por supuesto, Ciudad Juárez (¡ajúa!). Lo anterior me parecía un acierto, pues acercaba la posibilidad de publicar a autores noveles cuya ubicación geográfica (excepto la de Juárez) no les permitía el mismo acceso a la cultura con que se cuenta en poblaciones más grandes (aunque internet llega a todos lados, ¿eh?).

Conforme pasaron las semanas, se presentó en San Buenaventura una antología poética recién publicada (¿qué me recuerda esto?). Un mes después, al final de una sesión, durante la discusión de los asuntos generales (porque luego del taller, la orden del día mandaba tratar “asuntos generales” cuya charla a veces se extendía demasiado para mi gusto), se comenzó a hablar de la organización de un encuentro de escritores en Nuevo Casas Grandes, junto a la publicación de una nueva antología (otra vez: ¿qué me recuerda esto?) a presentarse en el mismo evento. Se me invitó a participar en ambos proyectos, de manera gratuita, por lo que siempre agradeceré las atenciones que los socios de ASENOCH tuvieron hacia mí.

Fue precisamente por esas atenciones, por mi actitud de agradecimiento, que no cuestioné algunas cosas.

Un poco de historia

Sucede en los partidos políticos. Sucede en las religiones. Sucede en los grupos de autoayuda, en las empresas, en las ONG´s, en los grupos guerrilleros. ¿Por qué no iba a ocurrir en las sociedades de escritores? Basta un desacuerdo, que alguien no esté conforme con determinados asuntos, con ciertas prácticas, y que ese alguien posea espíritu emprendedor y posibilidades económicas, para que su inconformidad provoque una escisión en el grupo y funde un nuevo partido político, una nueva religión, un nuevo grupo de autoayuda, una nueva empresa, ONG, o incluso una nueva nación.

La SECJ tiene más de veinte años de haber sido fundada, pero constituida como asociación civil, tiene apenas desde agosto del 2013. Todo comenzó cuando Juan Amparán autopublicó su libro de cuentos, “Dos valientes asustados”, mismo que fue un éxito de ventas, (principalmente entre sus alumnos y los alumnos de sus compañeros maestros, durante varias generaciones escolares). Su inquietud lo llevó a ir más allá, y junto a otros docentes y periodistas locales, fundó la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, invitando a sus compañeros del magisterio a integrarla. Es debido a esto que tanto en dicha sociedad como en otras que han emanado de ella, suelen figurar varios maestros.

En agosto del 2013, la SECJ se constituyó legalmente como asociación civil, por lo que al contar ahora con personalidad jurídica, podría recibir donativos en metálico y en especie, tanto de particulares como del gobierno (sobre todo, del gobierno). Pienso que esta decisión se tomó a sugerencia de un grupo de abogados que también se habían integrado a dicha sociedad. Fue entonces que comenzaron los problemas y la discordia (entre abogados te veas): acusaron a Juan Amparán de muchas cosas: que la Sociedad no avanzaba, que no iba hacia ningún lado, que no crecía, que no hacía eventos; incluso lo acusaron de malos manejos del dinero.

Víctima de la política en su contra, Juan Amparán salió de la SECJ y fundó otra nueva sociedad: la SOGEJ, Sociedad General de Escritores de Ciudad Juárez (más de uno creyó que tenía algo que ver con la SOGEM, pero no. Aquí sí debieron haberlo asesorado los abogados que lo derrocaron).

A estas dos sociedades existentes, surgió una tercera: ASENOCH, misma que nació de la inconformidad de Paulino Arreola. Según sus propias palabras, su desacuerdo se debía a que la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, de la que en ese entonces él aún formaba parte, distinguiría como “Escritor del año” a uno de sus miembros, lo cual era de esperarse en una sociedad de escritores. El problema, fue que ese “escritor del año”, según su decir, no había escrito, mucho menos, publicado un libro, apenas aparecían algunas breves líneas suyas en una antología, contraviniendo las bases de la convocatoria para la selección de candidatos, según los estatutos de esa sociedad. Ante esta observación, la respuesta de la SECJ fue cambiar los estatutos para hacerlo elegible: agregaron “contribuir a la cultura de la ciudad”, “haber publicado en una antología de la Sociedad” y “ayudar activamente en las actividades de la SECJ”. Así, el candidato de ese año ayudó a algunas socias a corregir sus textos y ellas, en agradecimiento, votaron por él para hacerlo acreedor al galardón.

Si romanos son a griegos, entonces ASENOCH es a SECJ

En aquel entonces deduje, por las palabras de Paulino, que la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez se conducía con prácticas más propias de un partido político que de un grupo literario (aunque algunos colectivos se las gastan parecido). Lo paradójico de este asunto, fue que ante el próximo encuentro en Nuevo Casas Grandes y la publicación de una antología de ASENOCH, algunas de estas prácticas se replicaron.

Me explico:

La fecha del encuentro de escritores “En busca de la palabra sagrada”, de ASENOCH, estaba próxima. Los autores que participaríamos en la antología ya habíamos corregido nuestros textos y pagado la proporción del costo de impresión del libro que nos correspondía (reitero: con la excepción de un servidor, quien siempre contó con la generosidad de un amigo y de la propia ASENOCH). El tiempo apremiaba. Hubo una sesión de taller (que no fue de taller, sino de trabajo) para tratar los pormenores. Sería la última antes de enviar el libro a prensa, por lo que ya no habría modo de agregar más correcciones.

Sin embargo, llegaron dos nuevos elementos, dos nuevos novatos a integrarse al taller. Eso no tendría nada de particular de no haber sido porque también se integrarían a la antología. Así, de última hora, con sendos textos plagados de los usuales errores de principiante. Ambos, incluso, era la primera vez que asistían a un taller literario. Eso sí: una vez pagada la porción del costo de impresión, pagaban también su derecho a publicar.

El problema era que, ante la premura para enviar la antología a prensa, había que ayudarlos a corregir sus textos… ¡en una sola noche! Yo, con el cansancio y fastidio acumulado de un lunes, recordé que a diferencia de ellos, me tomó dos años estar listo para ganarme mi derecho a publicar en Norpaisaje…, la antología de José Manuel García-García, y no pude ayudarlos. No quise.

Fue entonces que comencé a preguntarme si ASENOCH no estaba cayendo en lo mismo que todos o casi todos acusan a la SECJ: publicar por publicar. Mis sospechas crecieron después del encuentro, cuando Paulino dio a conocer su deseo de lanzar cinco antologías al año.

¿Cinco?

¡Cinco!

1-2-3-4-5

¡Cinco!

Algo parecido a lo que hace la SECJ, que cada año publica “Maratón de las letras” (libro colectivo escrito al vapor en diez horas frente a las cámaras de Canal 44 cada 14 de febrero); “Letras al margen”, antología que aparece en verano; y una serie de pequeños libros con motivos navideños en diciembre. 

Ya no supe si el deseo de publicar tal cantidad de antologías al año obedecía a una auténtica intención de promover a autores noveles y socios, o si solo correspondía al deseo de mostrar que ASENOCH podía igualar, o incluso superar, a la SECJ.

Nuevas escisiones

Por esa misma época, previa a la antología y al encuentro, también afloraron los celos personales. Durante el evento se reconocería a dos autores como “escritor del año”, uno en el rubro de poesía y la otra en el de narrativa. Ignoro los criterios empleados para distinguir a ambos pero, si se procedió como en la SECJ, mucho apunta a que el criterio principal fue la cantidad de libros publicados en la editorial ligada a la asociación.

El problema comenzó cuando la mujer (quien juró que de sus copias de la antología arrancaría las hojas correspondientes a mis relatos pecaminosos porque ella no iba a promocionar peladeces) quiso ser reconocida en el género de poesía, en lugar de serlo en el de narrativa. Como su reclamo no prosperó, decidió abandonar ASENOCH. No acudiría a la premiación; ni siquiera al encuentro. Algunos más, uno o dos, abandonaron la Asociación en solidaridad con ella. Otros, universitarios, se concentraron en sus estudios (primero lo primero) y unos más, de manera paulatina, solo dejaron de asistir.

Esta desavenencia no provocó el surgimiento de nuevos grupos o asociaciones de escritores. Quienes se fueron de ASENOCH, simplemente volvieron a la SECJ.

En busca de la palabra sagrada

Comenzaron por fin las actividades del encuentro de escritores de ASENOCH, “En busca de la palabra sagrada”. Como escisión no significa necesariamente enemistad, uno de los flamantes invitados fue Juan Amparán, socio fundador de la SECJ y SOGEJ, quien seguramente no se acordaba de mí ni de la única ocasión en que asistí a una de sus reuniones.

La primera actividad fue una conferencia impartida por el escritor argentino y entonces presidente de la Asociación Mexicana de Autobiografía, Ricardo Clark; todavía en Ciudad Juárez, en un salón de eventos rentado para tal fin. Al término de esta conferencia, seguiría un viaje por carretera a Nuevo Casas Grandes, sede del encuentro. Se disponía de un autobús tipo escolar, facilitado por una comunidad católica gracias al apoyo de una promotora cultural, en el que viajaríamos los participantes e invitados de Ciudad Juárez.

No sé si fue el hecho de ir acompañado por su esposa y ya no tener cabida en el auto particular de Paulino Arreola (por llevar este último como invitados a Ricardo Clark y dos invitados más de la ciudad de México) o por el tipo de vehículo en que viajaría (como dije, un autobús tipo escolar de los mismos que se utilizan como transporte colectivo, o sea, tipo rutera vil), pero Juan Amparán, a última hora, desistió de acompañarnos. Su argumento fue que el camión no tenía aire acondicionado (¡Uy, uy! Todavía no entraba la primavera). Esa fue la última vez que lo vi. Meses después, supe de su fallecimiento.

El encuentro se dio de manera normal, con mucho entusiasmo por parte de los participantes. Hubo de todo: narradores, poetas, autobiografía y declamadores (creí que esto último ya no se usaba). Llamó mi atención que durante las mesas de lectura, los poetas leyeran sus textos acompañados por un guitarrista. Era algo que no había visto en las lecturas públicas que yo conocía, pues he aprendido que la poesía es un arte que se basta a sí mismo y no necesita acompañamiento musical.

Semanas después del encuentro, Paulino convocó a elecciones para renovar la mesa directiva. Su periodo como presidente había terminado. Maribel Pérez Pérez, de Nuevo Casas Grandes, resultó electa para dirigir la asociación. Paulino siguió un tiempo como un socio más, hasta retirarse paulatinamente (Paulino paulatino) de todas las actividades y de la membresía de ASENOCH.

Si Eva es a Adán, ENOCH es a ASENOCH

La delegación Ciudad Juárez de ASENOCH siguió funcionando durante un tiempo. Mientras Paulino fungió como presidente, no tuvo problemas en ir y venir de su trabajo en Ciudad Juárez y su residencia en Casas Grandes, pues sus asuntos viajaban con él; pero con el cambio de presidencia, la sede dejó de estar en una persona para estar en una ciudad, y para la nueva delegada en Juárez sí era más complicado acudir a aquella ciudad y atender las diligencias propias de la asociación.

No hubo ruptura, ni desavenencia. Fue una separación amistosa y en buenos términos. Los socios de Ciudad Juárez conservaron el mismo sistema de trabajo, la misma agenda de taller literario y el mismo organigrama. Solo dejaron de ser una delegación para convertirse en una nueva sociedad: ENOCH, Escritores del Norte de Chihuahua.

No puedo decir gran cosa de esta asociación, pues ser miembro de ella me obliga a guardar cierta discreción. Solo diré que hubo un tiempo en que sentí que se estancaba, mientras disminuía el número de socios activos, los cuales siempre han sido pocos, debido a que es una asociación pequeña. También percibí, quizá erróneamente, que no mostraban interés en seguir aprendiendo, que mi aventura como coordinador no había funcionado (¡buuu, chafa!), y salí de ella.

Además, hubo una extraña coincidencia que también motivó mi salida: durante algunos meses me fue imposible, por motivos de trabajo y personales, asistir regularmente a las sesiones del taller. Las pocas veces que sí pude hacerlo, sucedió que mi visita coincidía con algún cumpleaños o alguna celebración. Por tanto, en vez de taller, me tocaba llegar a una cena que después degeneraba en bohemia.

¿Degeneraba?

Abro paréntesis: una digresión: no es que tenga algo contra quienes gustan de la bohemia (o peor aún, el karaoke). Mi aversión proviene de una especie de trauma personal: cuando era adolescente, todavía menor de edad, bebía en fiestas y en antros los fines de semana. Una noche de invierno, uno de mis vecinos me invitó a departir regocijadamente a una posada en casa de su padre. A la fiesta acudimos todos mis amigos, en busca del desinhibidor pisto o de la refrescante cerveza. El anfitrión no quiso darnos bebidas alcohólicas por ser menores (aunque más que razón, nuestra minoría de edad era el pretexto bajo el cual se ocultaba su verdadero temor: ahora de adulto lo veo: que los jóvenes nos acabáramos la bebida).

Aburrido por la falta de alcohol (entonces todavía pensaba que era necesario beber para divertirme), aproveché que mandaron a hablarme de mi casa para abandonar esa fiesta. Apenas cruzaba la cochera de mi vecino cuando mi amigo me advirtió: “No te tardes, ¿eh? Ahorita empieza la bohemia”.

Ya había escuchado esa palabra con anterioridad (en una marca de cerveza), pero nunca me molesté en consultar su significado en un diccionario, o en preguntar a alguien. Tras atender el asunto en mi casa, volví a la posada, intrigado por saber qué diantres era una bohemia.

Al llegar a ella, lo averigüé: encontré al jefe de esa familia bien pedo, entonando una canción acompañado por una guitarra que él mismo blandía. Lo que siguió se me hizo más aburrido aún: pura música de adultos, pura trova, que me aburría porque siempre he sido heavymetalero (y porque no andaba igual que el señor, aunque si me hubiese emborrachado, dudo mucho que hubiera congeniado con él, de todos modos).

Desde entonces, no he logrado desligar la bohemia del aburrimiento. Me ha sido imposible no asociar la bohemia con una bola de viejos borrachos, desentonados, gargajientos y viagreros que se ponen a berrear canciones cursis y a quienes las mujeres les aplauden por mero compromiso.

¡Qué güeva!

Debido a esto, tengo como hábito que cuando voy a una reunión e intuyo que habrá bohemia, procuro retirarme (ipso facto). Además, desde que dejé de beber, ya no me hallo a convivir mucho tiempo durante una fiesta con gente que sí lo hace.

Amistad y nostalgia

Como ya he comentado, tanto en ASENOCH como en ENOCH, se me ha tratado muy bien. Luego de varios meses, no recuerdo cuántos, comencé a extrañar la convivencia con algunos de sus miembros, muchos de los cuales pasaron a ser buenos amigos. Fue así como decidí reintegrarme a ENOCH. Al hacerlo, descubrí con agrado que dicha sociedad había reclutado nuevos socios, algunos con experiencia y ciertos conocimientos en el arte de la escritura, quienes además de incrementar la membresía de dicha sociedad, contribuyeron a elevar un poco el nivel de sus integrantes.

Por asuntos de trabajo (¡estúpidos turnos rotativos!), mi asistencia a las sesiones del taller de ENOCH ha sido esporádica, más aún cuando me colocaron en el turno de la tarde durante casi siete meses, coincidiendo mi horario de trabajo con el horario del taller. Sin embargo, eso no ha impedido que me entere del avance que presentan: además de una membresía más o menos estable y cierto crecimiento gracias a la “sangre renovadora” de nuevos integrantes, ENOCH ha publicado su primera antología, de la cual sólo diré que ayudé en la corrección y edición de los textos de narrativa; pues como ya he mencionado, no soy muy ducho en la poesía (¡maleta!).

Gajes del oficio

Hacer este trabajo de corrección, me recordó el periodo aproximado de tres años en los que trabajé como corrector externo para la Universidad. La naturaleza de los textos que corregí era de carácter académico y de divulgación, mismos que requieren claridad en la idea a trasmitir. La mayoría de los autores tenían conocimiento en redacción de textos pero, al no ser profesionales de la escritura sino de su ámbito de estudio, algunos párrafos escritos por ellos requirieron un enorme esfuerzo para descifrar el mensaje a trasmitir y la mejor manera de escribirlo. Hubo una ocasión en que incluso debí contactar a uno de los autores.

La corrección de textos literarios puede ser más cómoda, pues aunque también apliquen en ellos las normas gramaticales, tienen la ventaja de ser más flexibles en su forma, es decir, se les puede permitir ser ambiguos y no siempre seguir las reglas, en función de la estética del texto. Aquí es donde entra la corrección de estilo, pues mientras la corrección ortográfica se encarga de la calidad, aquella se encarga de embellecer el texto sin modificarlo en su fondo, en su idea.

En una editorial seria (no en una imprenta donde te siguen la corriente para agarrar ellos una lana, no), ya sea chica o grande, con prestigio a ganar o a conservar, pero comprometida con la calidad formal y literaria, someten los textos a un análisis riguroso y, siguiendo criterios de calidad y comerciales, dictaminan si una obra es publicable o no, si vale la pena invertir y apostar por ella. Si no cumple con los requerimientos de calidad según las normas, el texto simplemente no pasa edición. Se rechaza.

En el caso de un corrector o editor freelance, este se enfrenta no solo a la propuesta o apuesta de una empresa editorial sobre la que no tiene poder de decisión, sino también, a una antología autopublicada cuyos autores, muchas veces novatos ansiosos por publicar, acompañados por veteranos eternamente auto engañados en la percepción de sí mismos y de su obra, acostumbrados a verse, leerse y adularse unos a otros si pasaron de aprendices a parte del inventario permanente de un taller, colectivo o sociedad de escritores (o bien, a no haberse leído nunca si fueron convocados (no a concursar, solo a juntarse); compañeros de una aventura a ciegas sin tuerto que los guíe (dispuestos a pagar por la impresión pero nunca por los servicios de un consejo editorial que pueda ubicarlos en la realidad mediante un dictamen desfavorable), ya han dictaminado, basados en el criterio de “el que paga, manda”.

En apariencia seguros de lo que hacen, prefieren ir a la segura, sin aceptar el hecho de que en este oficio de escribir, lo único cierto es la incertidumbre.

Frente a esta situación, a un editor freelance no le queda más que ceder a las exigencias de sus clientes. Como aquella ocasión, hace algunos años, en que me llegó un manuscrito, una antología en la que un escritor local participaba con un cuento, precedido por su “fama” personal: más de diez mil seguidores en Facebook, un halo de misterio en torno a su verdadera identidad y una desbordada capacidad creativa (según él) cuya prolificidad le permite escribir la friolera de treinta y cinco poemas en una sola noche; a pesar de que “la poesía no es lo mío”.

Bien, pues además de los errores ortográficos, el texto en cuestión estaba infestado de errores en tiempo verbal, inconsistencias en tiempo narrativo, falta de indicios o indicios tardíos, pasajes inverosímiles, errores en perspectiva. Más que corregirlo, casi tuve que reescribírselo de nuevo. Hablé con la persona encargada y le comenté lo anterior, incluyendo el hecho de que bajo su firma, agregaba la leyenda “corregido por…”

O sea, ¿su texto era intocable por haber sido corregido previamente? ¿Qué errores corrigieron en él, antes de haber necesitado todavía más (mucho más) trabajo de edición por estar escrito con las patas (si no es que escrito con el chulinguis)?

Otro caso: por cierto, me da mucha pena: “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre”: un joven a quien presentaban como todo un “descubrimiento”. Ya dije que no soy muy ducho en la poesía, pero al menos sé distinguir entre un buen poema y uno de lugares comunes e inconscientes hipérbatos plagado, a cuyo autor leer mucha falta hace, si es que acaso escribir bien quiere, pues más que a Bécquer o Góngora, al maestro Yoda de Star Wars nos recuerda.

En buena onda y con el debido respeto para quienes lo “descubrieron”: una súplica: ¡Dejen de promocionar de esa forma a novatos! ¡No saben el daño que les hacen!

Junto a estos escritores irrisorios, recuerdo el caso de un texto que no llegó a mis manos, sino a las de un crítico literario local, quien actualmente estudia su doctorado. Era el poema de un candidato a escritor del año por parte de la SECJ, pero sin ritmo, con una métrica deficiente, y una rima coloquial que fue la comidilla de ese estudiante de posgrado y de buena parte de la academia literaria de la ciudad. Tanto, que incluso algunos acusaron bullying (aunque el bullying es una acción reprobable, debo confesar que me vi tentado a unirme).

Al final, ese autor ganó un reconocimiento del Gobierno del Estado por su contribución a la cultura de la ciudad. Reconocimiento plasmado en una placa metálica… con errores de ortografía.

Novatos

Hace poco, un joven novato, ansioso por publicar (como todos los novatos), se me acercó con una duda:

—Oye, Juan Carlos, fíjate que… (                                  ).

—Órale, qué bien.

—(                                             ).

—¿Sí? ¿Cuál es?

—(                                             ).

—¿La del gran “descubrimiento”?

—(              ). ¿(                      )?

—Mira, no te voy a decir que sí, y tampoco te voy a decir que no. Pero te ayudaré a disipar tu duda. Nomás que, primero, respóndeme, honestamente, así, al chile: ¿cómo vez la obra del compa que esa editorial pregona como un gran “descubrimiento”?

—(                                                ).

—Bien, pues ahí tienes. Tú solito te has respondido. La decisión que tomes, ahora es con conocimiento de causa.

Más que ayudar a los novatos “a publicar su libro”, las sociedades de escritores deben ayudarles a aprender, guiarlos adecuadamente, desinflarles el ego (como se hacía en los talleres de antes, pero siempre atacando la obra, no al autor), no hacerles creer que ya son algo que realmente no son, o que al menos, todavía no son.

Pero para eso, hay que prepararse. No se puede dar lo que no se tiene. Lo digo por experiencia (otra vez: ¡buuu!, ¡chafaldrana!).

Si logran crecer y mejorar la calidad de los textos de sus asociados, las sociedades de escritores serán una comunidad y no solo una agrupación de escritores. Si lo hacen bien, los resultados hablarán por sí mismos, sin necesidad de presionar a las autoridades u ofrecer proselitismo hacia algún funcionario de la Secretaría de Cultura o Educación en busca de espacios, apoyos, becas, publicaciones y otras cosas que piden algunas sociedades de escritores (y uno que otro colectivo).

¿Se puede llegar a ser escritor, coordinar un taller, corregir o editar sólo con experiencia y lectura, mucha lectura, demasiada lectura, de textos literarios, de teoría literaria, de reseñas? Sí, pero toma tiempo (y mucha lectura, demasiada lectura). ¿Quieres llegar a eso más rápido? Entonces estudia. En la Universidad hay una carrera, Literatura Hispanomexicana, cuyos egresados son jóvenes que están haciendo cosas interesantes. Pero no creas que estudiando, te escapas: lo primero que practicarás en esa carrera, será la lectura (mucha lectura, demasiada lectura). Leer es clave.

En el caso de novatos como “el descubrimiento”, aún se puede corregir el camino y encauzarlos bien. En el caso de los otros dos mazacotes de tiempo acumulado (el del súper prolífico poeta que no se dedica a la poesía y el de la placa metálica con errores de ortografía), es tanto el incienso que se han quemado y les han quemado, tan grande el ego que ellos mismos han erigido, tan alto el pedestal al que han trepado (y al que por zalamería o ignorancia otros como ellos les han ayudado a trepar), que dudo mucho que quieran bajar de él.

Axiomas

Desde que dejé de beber, hay una serie de principios que rigen mi comportamiento, entre ellos “vive y deja vivir”, “lo importante es que tú (yo) te sientas bien” y “no se puede cambiar a los demás”. Al escribir estas líneas y reflexionar en lo anterior, me pregunto: ¿qué tan apegado estoy a estos principios? ¿Realmente vivo y dejo vivir a los demás? De ser así, ¿por qué entonces hago eco a quienes piden que las propuestas de las sociedades de escritores sean de mayor calidad en los espacios que logran tener en las ferias del libro? ¿Y si los miembros de esas sociedades de escritores se sienten bien haciendo lo que hacen, y con eso les basta para que sea importante? Si ellos no quieren cambiar, ¿por qué habrían de hacerlo?

Esto me recuerda el debate acerca de la Academia, esa entidad conformada por eruditos, catedráticos, especialistas en ciencias, letras y artes, custodios de la alta cultura, distinta y distante de la cultura popular; distante sobre todo de esta última que encuadra dentro de ella tanto a lo subterráneo, lo underground, lo rebelde contra los cánones; del mismo modo que encuadra también a quienes no conocen dichos cánones o no los conocen lo suficiente como para atreverse a romperlos.

Mucha de esta cultura popular tiene su origen en dos vertientes: la oralidad, el conocimiento y tradiciones que se trasmiten de generación en generación (como el poeta que lee acompañado de un músico porque en su entorno inmediato así le han dicho o así ha visto que se hace, o porque así Dios le ha dado a entender), y la rebeldía: la oposición a grupos hegemónicos representados en el poder, una especie de resistencia hacia ellos. Quizá este fue el espíritu fundador de la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez: una alternativa a la Academia, al grupo que selecciona y valida las obras según los cánones y las vanguardias asimilados por la sociedad en general, que divide las obras en valiosas y no valiosas; entidad a la que ya desde hace muchos años algunos acusaban y acusan de ser una “mafia”; acusación que podría ser cierta, como a la vez, también podría ser sin fundamentos y más motivada por una especie de victimismo combinado con resentimiento.

Repito la pregunta: ¿Y si los miembros de esas sociedades de escritores se sienten bien haciendo lo que hacen, y con eso les basta para que lo que hacen sea importante para ellos? Quizá no aspiren a la alta cultura, a la highbrow culture. Quizá no pretendan llegar a ser un Borges, un Pessoa, un Paz, un Cortázar o un Joyce. Tampoco un Hemmingway, un Fuentes, un Grass, un Gelman o un Bolaño. O bien, una Castro, Woolf, Mistral o Castellanos. Tal vez, lo más a que aspiran con sus obras es que los lean locutores como Paco Stanley en aqueeeeeel programa de televisión de aqueeeeeellos años, “El Club del Hogar” (ahí… con Madaleno), en el mejor de los casos, o por Alejandro Suárez en “La Palabra Canta”, en el peor; acompañados musicalmente por Luis de Alba en su papel de Juan Penas

O bien, en Francia, en el evento de Poetas del Mundo, según la invitación que le llegó a la presidente de ENOCH, Nancy Cruz (¡Enhorabuena! Disfrútenlo y aprendan).

Alejandro Suárez. La palabra canta.
Madaleno

Conclusiones

Cada escritor es libre de elegir si se decanta por la Academia o por la cultura popular, si escribe para el lector conocedor o un lector menos exigente, para el gran público o solo para los amigos que siempre le compran libros. El arte y la literatura son para todos, pero un artista o escritor puede dirigirse a un público específico (a un determinado nicho de mercado, dirían los mercadólogos).

No se puede cambiar a los demás. Pero uno sí puede cambiar: si determinado propuesta no es de mi agrado, busco otra.

Esto no significa que no deba exigirse calidad en eventos como la Feria del Libro, si se llega a considerar que el evento no la ofrece. Al vivir en una democracia, podemos quejarnos, pedir, exigir. Nuestra herramienta para hacer efectiva dicha exigencia es el voto, que en términos comerciales, se traduce como venta. Cada vez que alguien compra, lee, recomienda un libro o asiste a un evento, a una lectura pública o a una feria del libro, emite un voto a favor de ese producto o evento. Sobre todo, si recomienda, pues no hay mejor publicidad que la de boca en boca (tanto a favor como en contra).

En resumidas cuentas, todo está a la venta. Todo es Mercado.

En cuanto a la Academia, debo decir que esta no discrimina, como sus detractores afirman. La alta cultura no es excluyente, pero sí exigente.

La SOGEM

Por último, dedicaré unas cuantas líneas a la SOGEM, Sociedad General de Escritores de México; a mi modo de ver, la sociedad de escritores más importante del país y un modelo aspiracional para las sociedades regionales y locales de escritores . Con más de cuarenta años de fundada, la SOGEM es una gran formadora de literatos a través de su Escuela de Escritores, en cuyas aulas han dado clase autores de la talla de Vicente Leñero y Víctor Hugo Rascón Banda.

Juan Penas

La explosión de los sentidos

La gran noche

El lugar estaba listo. Las invitaciones a la inauguración se habían repartido entre lo mejor de la sociedad de Ciudad Juárez, los hombres y mujeres con finos trajes y elegantes vestidos de noche arribaban al lugar y el valet parking llevaba sus autos a buen resguardo. La puerta de dos hojas de metal pulido, brillante, estaba abierta bajo un arco de globos plateados y negros que flotaban sobre ella y que hacían juego con el piso y los escalones, parecidos a escaques de ajedrez.

Tras pasar el vestíbulo y la taquilla, o cover, se accedía al interior a través de otro par de puertas, donde los escaques sucumbían bajo una alfombra color vino, con estampados similares al dripping de Jackson Pollock. A la derecha había una barra, pegada a la pared, exclusiva para clientes, mientras en el fondo, al otro lado de la pista principal, estaba la barra dos, para clientes y meseros. En ambas brillaba la cristalería, colgada en su porta copas.

A la izquierda, un área de escaleras llevaba tanto al sótano como al segundo piso; en la pista principal, unos peldaños más conducían a la pista chica y de ahí a la planta superior, donde otro par de barras dispuestas estratégicamente darían servicio tanto a clientes como a meseros. Bancos altos y mesas de color negro había por doquier, cada una con una botella de champaña y un platón con uvas para recibir el año 1992.

Las mujeres entraban al lugar enfundadas en costosos abrigos, y los hombres hacían lo propio con largas gabardinas para cumplir así con el código de vestimenta formal en esa noche de inauguración y Año Nuevo, prendas de las cuales se despojarían para llevarlas al guardarropa y estar más cómodos. En todo el lugar reinaba la luz blanca en espera de las nueve de la noche, hora en que abriría la pista de baile.

Entonces se apagaron las luces blancas y se encendieron las negras. Los colores claros se volvieron brillantes en la oscuridad. El dripping de la alfombra se tornó fluorescente. Un humo blanco surgió de varios aparatos colocados en el techo, mientras el sonido que hacía al escapar se mezclaba con las notas de Mr. Roboto, del grupo Kix. Los cañones de luz se movieron al ritmo de la música, mientras del cielo, lentamente, descendía una araña robot de ocho brazos, con una cabeza mezcla de alienígena y androide en el extremo de cada uno de ellos; sus bocas se iluminaban según la vocalización de la melodía, al tiempo que sus ojos emitían rayos láser de colores que rebotaban en los espejos del mezzanine.

Así comenzó la historia de Vértigo Discoteque, con todo un derroche de tecnología y recursos nunca antes visto en la ciudad. Más moderno que el ElectriQ, más grande que el Amadeus y mucho más elegante que cualquier lugar en la avenida Juárez, era un lugar creado para pasar a la posteridad, para conservarse, para nunca pasar de moda. Se había contratado a los mejores dj’s, al mejor personal del Willy´s y el Spanky´s (lugares de los cuales Wilfredo Moya Estaco también era propietario), así como personal externo. Su gerente procedía del hotel Lucerna, su personal de seguridad parecía un grupo de verdaderos gorilas y el director de su ballet era Juan Vilchis, bailarín con importantes logros en la ciudad de México, quien también diseñó el uniforme de los empleados y el vestuario de su grupo de baile.

La cabina de los dj’s estaba en lo más alto del lugar, a manera de Olimpo inalcanzable, a donde sólo unos pocos afortunados y afortunadas podían acceder. En esa época, lo que más tocaban era música de 2 Unlimited, Björk, Ace of Base, Erasure, R.E.M., Depeche Mode, Alejandra Guzmán, Soda Stereo, Miguel Mateos, entre otros cantantes y grupos musicales de mayor o menor éxito, así como infinidad de one hit wonders. Pero las estrellas de moda en ese entonces eran Maná, un grupo de rock mexicano que, en lo personal y por su diaria y recurrente repetición, ya me tenía hasta el gorro. Hasta la fecha, no puedo escuchar nada de ellos.

Los clientes

Pronto, el lugar se hizo de clientes asiduos y conocidos, desde los Doors, un grupo de juniors que cada semana iniciaban broncas, sabedores de que los guardias de seguridad actuarían a su favor; Pedro y Tomás Zaragoza, empresarios prominentes ; así como Elizabeth Álvarez y Vanessa Guzmán, jóvenes modelos que llegarían a ser actrices de telenovelas, agregando que la segunda representó a México en el certamen Miss Universo 1996.

Había dos hermanas que visitaban religiosamente el discoteque: Cecilia y Enid, bautizadas como las Chicas Explosivas, quienes no se perdían un fin de semana en el lugar.

También iba otro tipo de clientes, más conocidos por sus diminutivos o sobrenombres, como el George, el Chavita, el Profe, el Inge o el Kiko, quienes con el paso del tiempo se dejaron de ver, desatando con su ausencia diversos rumores sobre su paradero, desde un escape de la ciudad hasta un reposo eterno bajo los cimientos de una casa en algún fraccionamiento de nueva creación, consecuencia de sus actividades de dudosa moral y legalidad.

Claro que Vértigo Discoteque también tenía sus detractores, entre ellos, un grupo de intelectuales que se reunían en el Museo del INBA. Resentían que no los dejaran entrar por no llevar pantalones bonitos, pero, ¿cómo querían que los dejaran entrar, intelectualoides de huaraches y morralito?

Vértigo era el lugar de moda, el lugar de la gente bonita, y eso lo convertía en visita obligada de varios artistas y cantantes de renombre cuando visitaban la ciudad. Así, llegaron a ir las actrices Silvia Pasquel y Kate del Castillo (quien en persona no causó entonces la gran impresión que solía causar en pantalla), la cantante Thalía (quien sí impresionó, pero por su baja estatura); meses después, el futbolista Jorge Campos, quien iba de incognito con una gorra blanca pero llegó a ser reconocido; Café Tacuba, de cuyos integrantes me tocó servir a Meme, y a quien por poco le cobro la bebida al no reconocerlo oportunamente, sin saber que tenía cuenta abierta de cortesía.

Una ocasión que Luis Miguel se presentó en el Gimnasio Universitario, en contra esquina del discoteque, se le invitó a visitar el lugar; pero El Sol desairó la invitación, asistiendo solamente su staff, parte del cual, seguramente, formaba parte un nutrido grupo de técnicos locales.

También llegaron a ir los raperos del grupo Caló: Maya y María Karunna, quienes en persona lucían también un poco distintas a como lucían en la televisión. En cuanto a Claudio Yarto, éste subió a cabina sólo para quitarse los lentes y la gorra, y luego bajar a regodearse en el hecho de que, sin ellas, nadie lo reconocería. En efecto, nadie lo reconoció.

Y no, no es bizco.

Pero no sólo acudieron personalidades de la farándula o el deporte mexicano, sino también, del estadounidense. Una vez anunciaron que andaba por ahí, como un cliente más, uno de los guitarristas que desfilaron por el grupo Yes, cuyo nombre no puedo recordar; así como el ex beisbolista de los Dodgers, el dominicano Pedro Guerrero, quien llegó a visitar el discoteque una de esas veces en que quizá andaba perdido en la vecina ciudad de El Paso, Texas, de donde procedía la clientela favorita de Willy Moya, el propietario.

Un invitado recurrente, a quien hicieron un homenaje, era el gran campeón mexicano Julio César Chávez. Fue una noche de gala, donde el cover se donaría a una organización altruista, al igual que los ingresos por su pelea con el paseño Mike Powell. Hombre sencillo y agradable, se dejó querer y apapachar por sus anfitriones, aunque luego él mismo pidió “que ya no le echaran tantas porras”. Esa noche, al terminar la jornada, el campeón nos pidió formarnos a todos los empleados del lugar para darnos una propina de cien dólares a cada uno, aunque no de su mano, sino de la de uno de sus asistentes. Un gesto generoso para quienes trabajaban en un lugar que, en pleno apogeo del pay per view, robaba la señal de sus peleas para no pagar el derecho de transmisión. 

Llegó a ir algunas veces más, pidiendo discreción a partir de la tercera visita. Iba, las más de las veces a divertirse, aunque se rumoraba que también acudía por negocios. Era posible. Llegaba al video bar Laberinto, en el subterráneo del lugar, y ahí se encerraba con su comitiva y séquito de infaltables aduladores. De vez en cuando, tanto el campeón como alguno de sus invitados, salía del bar y entraba al camerino, evitando el baño. Quienes llegaron a entrar para cambiar bebidas o “levantar muertos” cuentan, quizá con exageración, que el suelo del camerino lucía blanco de tanta cocaína que se les había caído accidentalmente. Incluso un guardia de seguridad perdió cincuenta dólares al haber apostado contra él en su segunda pelea contra Meldrick Taylor, “¿cómo no iba a apostar en su contra, si lo vi hasta la madre un mes antes de la pelea?”

Se rumora que una vez también llegó a ir Amado Carrillo, el Señor de los Cielos, líder del cártel de Juárez en ese entonces. Pero a mí no me consta. Creo que el día que dicen que fue, yo me había ausentado del trabajo. De vez en cuando me reportaba enfermo los sábados y no iba al discoteque. Era necesario faltar, disfrutar junto con la demás gente. Trabajar los días en que el resto del mundo se divierte, no es de Dios.

Mis ausencias no eran muy frecuentes. Valía la pena cuidar mi empleo como cantinero, por tanto, no me importaba hacer el sacrificio de trabajar los fines de semana. Mis ingresos no bajaban de cien dólares diarios, incluso cuando llegaba la temporada de la Feria Expo Juárez, en la que Vértigo tenía una extensión del lugar y a donde se iban la mayoría de los clientes durante la temporada que duraba. Esto, a quienes nos quedábamos a trabajar en el discoteque, lejos de afectarnos, nos beneficiaba, pues la gente que acudía era otra, diferente, y aunque suene clasista, para nosotros los empleados, era mejor. Tanto, que una ocasión gané trescientos dólares. Era como si los clientes indeseables, los que no dejaban propina, los piojos, como los llamábamos, hubieran dejado el camino libre a clientes espléndidos y de mejor consumo.

Y es que incluso a Vértigo Discoteque le había llegado la hora de abandonar su característico elitismo y bajar sus precios. Cuando una baja en la clientela del lugar comenzó, en días regulares el licor nacional se vendía en tres dólares y el importado en cuatro. Wilfredo consideró necesario bajar los precios. Para contrarrestar, se impuso la promoción permanente de cerveza y licor nacional a solamente un dólar los jueves y domingos. Terminaba así su exclusividad, su categoría de lugar de moda, la insultante definición de “el lugar de la gente bonita”. La novedad había pasado muy pronto. Demasiado pronto.

No es que de una noche a otra hayan dejado entrar a cualquier zarampahuilo, tampoco. Simplemente, los clientes distinguidos volvían a repartir sus fines de semana entre el Chihuahua Charlie´s, el ElectriQ, el Crazy Town o se iban a El Paso. Aunque todavía faltaba tiempo para que el Vértigo viera amenazada su permanencia en el mercado, el hecho es que cada vez había más competencia, más aperturas de discotecas y antros con mayor o menor éxito.

Los concursos

En la lucha por mantenerse, se recurrió a la estrategia de organizar cada sábado, día de mayor afluencia, una fiesta diferente. Así, un sábado fue fiesta de verano, con adornos playeros y tropicales; los empleados dejamos esa incómoda camisa de tuxedo, para vestir en cambio camisetas, cortos y sombreros de paja. Se ofrecieron cocos con ginebra, antes, padecimos la ardua tarea de pelarlos y perforarlos.

A la siguiente semana, la fiesta fue de pijama y en ella, los meseros calzaron pantuflas. Tanto ellos como los cantineros vistieron una bata y un gorro de dormir. Las cajeras usaron baby doll, aunque no a todas se les veía bien.

El siguiente sábado fue fiesta de locos: la decoración cambió a un sinfín de artículos: serruchos, martillos, camisas de fuerza, batas de médico, y los empleados pudieron trabajar sin fajarse la camisa, con el cabello pintado de colores, con la manga de un pantalón remangada sobre la rodilla, etcétera.

Se llegó incluso a hacer otra inversión importante en tecnología: ocho cabezas de dragón, metálicas, móviles, que lanzarían humo por los orificios de la nariz. Luego de instaladas, se les mantuvo en secreto durante algunas semanas, cubiertas con bolsas de basura; mientras, se anunciaba la proximidad de su develación con cortos de películas de aventuras —caballeros que salvaban a princesas de las garras de feroces dragones— para crear expectación sobre esa novedad tecnológica.

Al final, cuando por fin se develaron las cabezas metálicas, resultó que una falla en su diseño hizo que funcionaran mal: el humo debía salir por los orificios de la nariz, pero las cabezas de dragón tenían una forma cónica, lo que provocaba que el humo se acumulara y, en vez de salir por la nariz, saliera por la nuca. 

Ninguna de estas fiestas especiales tuvo el éxito deseado. La asistencia rozaba la mitad de la que había sido los meses inmediatos a la inauguración. Entonces se recurrió a lo habitual, a lo que a la gente le gusta: miércoles de damas con chic dancers en la pista principal, y para caballeros con bailarinas exóticas en el video bar Laberinto, en el subterráneo; así como el concurso de chico y chica sexy cada jueves y domingo. La temporada de las bailarinas exóticas, gringas por cierto, duró apenas un par de semanas. La de los chic dancers, estadounidenses también, duró un poco más. Al final, la noche especial de los miércoles desapareció. De manera muy inoportuna, cuando yo apenas hacía amistad con dos de las bailarinas.

El chanchullo

Mientras los exóticos estadunidenses dejaron de dar show en el discoteque, los jueves y los domingos seguían con su alta asistencia gracias a la promoción de cerveza y licor nacional a un dólar. En cuanto al concurso de chica y chico sexy, había un concursante, un afroamericano, quien siempre lo ganaba, haciéndose acreedor a los cien dólares de premio, que en ese entonces equivalían a trescientos pesos. Nunca supe el nombre de ese afroamericano, pero era un concursante con simpatía, chispa, buen cuerpo y una gracia para quitarse la camisa que enloquecía a las mujeres. De todos quienes concursaban, sólo uno podía compararse con él: Armando Zamarripa, quien después de ser “encueractor” en Vértigo Discoteque, sería estrella de videohomes y esposo de la actriz Gabriela Goldsmith.

Ante el éxito de la chica y chico sexy, Willy tuvo la idea de seguir organizando ese mismo concurso de baile, pero ahora con el nombre de Chico Vértigo, con eliminación semanal. Cada semana concursarían diferentes voluntarios, y el ganador de cada eliminatoria pasaría a una gran final. Tras varios fines de semana, llegaron los diez mejores, entre ellos, Zamarripa y el afroamericano. Bailaron primero todos juntos, para luego eliminarse en dos rondas por medio de aplausos. Cuando tocó el turno del afroamericano, los aplausos más fuertes y los gritos más sonoros de las mujeres fueron para él; mientras, Willy y el gerente veían el evento, debajo de la pista.

—No quiero que gane ese —ordenó Willy al gerente, quien a su vez también fungía como maestro de ceremonias.

Cuando llegó el momento de definir al ganador absoluto por medio de aplausos, el afroamericano recibió una ovación ligeramente más amplia que la recibida por Armando Zamarripa. La diferencia no era mucha, pero sí se notaba. El gerente repitió el último duelo de baile varias veces, pidió aplausos para los concursantes, dudando, o mejor dicho, haciendo como que dudaba en decidir quién era el ganador.

—Y el ganador de Chico Vértigo es… ¡Armando Zamarripa!

Hubo algunas protestas, débiles, de quienes desaprobaron la decisión pero sabían a la vez de la poca seriedad y trascendencia de ese tipo de concursos. Ignoraban que Vértigo Discoteque había desarrollado ese certamen no tanto para impulsar al mejor bailarín de la temporada, sino para evitar que el afroamericano siguiera ganándolo cada semana.

La sangre

Al ser un establecimiento donde se vendía alcohol en envase abierto, las broncas representaban un mal necesario. Cuando estas salían de control, algunas veces desembocaban en hechos de sangre. Como en el caso del Kiko, un pandillero de la colonia Del Carmen venido a más por su actividad criminal. En un pleito sucedido dentro del salón, huyó hacia el camerino, a una especie de pasadizo que iba a dar al Willy´s, salón contiguo al discoteque. En el camino, hirió con una botella rota a un mesero que no había hecho otra cosa que cruzarse inocentemente por su camino.

Un par de agentes judiciales, adscritos al departamento de autos robados y clientes asiduos del lugar —los clásicos gorrones que sólo tomaban whiskey cuando era de cortesía pero bebían cerveza de a dólar cuando tenían que pagar su consumo—se dieron cuenta de los hechos y amenazaron con levantar un acta. La empresa, entonces, compró su silencio a un precio muy módico: lo que quisieran tomar durante cierto tiempo.

Tiempo después, el Kiko murió en una persecución a pie con agentes de aduanas de Estados Unidos, cuando éstos lo descubrieron tratando de contrabandear droga en su auto. Todavía estaba del lado americano del puente libre cuando le dispararon. Durante su funeral, algunos cholos de la colonia Del Carmen desfilaron por el centro de la ciudad a bordo de autos low rider y mensajes in memory of pintados en las ventanas.

Otro hecho que llamó mucho la atención, fue la muerte accidental de una joven por herida de arma de fuego, luego que otro narco de poca monta tuviera un problema en el antro y accionara su pistola. Para entonces, yo ya no trabajaba ahí y no supe realmente en qué terminó el caso.

El declive y la muerte

Vértigo Discoteque permaneció abierto durante algunos años más. Reanudaron su concurso de chica y chico sexy, sus tardeadas dominicales y sus experimentos con constantes promociones; desde las más absurdas —como cuando rebajaron aún más el precio de las bebidas en aquellos Jueves de Estudiantes: “Vértigo apoya tu economía ayudándote a comprar más útiles escolares”— hasta aquella que, un día que fui como cliente, me pareció patética: cerveza XX Lager por solamente un penny.

No podía creerlo. Pedí una cerveza, y la pagué con un billete de un dólar. El cantinero, en tono de broma, me preguntó si podía quedarse con los 99 centavos del vuelto. Al ver mi cara de incredulidad, fue cuando me explicó que la cerveza costaba un centavo de dólar hasta las nueve de la noche.

Con cierta ironía, le dejé el vuelto como propina. Tomé la botella de cerveza y di una vuelta por el lugar. Hubo algunos cambios: la cabina del dj ya no era aquel Olimpo inalcanzable, ahora estaba en el segundo piso, y cualquiera podía acercarse a ella. El video bar Laberinto había cerrado para siempre. La barra cuatro, la más floja de todas, ya no funcionaba y permanecía en la oscuridad, recibiendo de vez en cuando algún rayo perdido de los cañones de luz. Los ojos de los androides ya no lanzaban rayos láser, y los dragones ya no exhalaban humo.

Todo aquello me era fácilmente reconocible, pero a la vez, ajeno. Era la sensación de ya no pertenecer ahí. Cuando se entra a trabajar a algún lado, uno se integra no sólo a las personas, a su equipo laboral, con sus compañeros de trabajo, sino también a los objetos, que llegan a formar parte de uno y, sin darnos cuenta, también formamos parte de ellos. Por eso, pocas cosas son tan angustiantes como la sensación de no pertenecer ya. Aunque las cosas sean las mismas y se mantengan intactas, se siente una desconexión, un cambio.

Como aquel cambio que sentí en Willy Moya la última vez que lo vi. Se le percibía diferente, pese a haber emprendido otros negocios: Bandoleros´s Discoteque y restaurant Ajúa. Se le notaba más relajado, como cuando estaba al frente del Willy´s o del Spanky´s, en aquellos lejanos tiempos en que empezaba en los negocios. Quizá su persona proyectaba el hecho de que el Vértigo ya no era una prioridad para él.

Años después abrió otros lugares más: el Vaqueras y Broncos, Hoolligan´s y el V-Bar. Fue al salir de este último cuando lo asesinaron a balazos, días después de que cayera ejecutado su jefe de seguridad en plena crisis de violencia que azotaba y asolaba a la ciudad en aquél fatídico año 2010.

Hubo muchos rumores sobre su muerte, especulaciones, conjeturas e hipótesis que no tiene caso mencionar. La verdad sobre los motivos que el autor o autores intelectuales tuvieron para contratar sicarios y asesinarlo, muy pocos la conocen. Aunque su muerte nos afectó emocionalmente, al menos un poco por el hecho de haberlo conocido, la causa de su asesinato no es algo que nos incumba, o no debería serlo. Mucho menos cuando no hay gran cosa que podamos hacer al respecto, más que recordarlo.

Ignoro cuánto tiempo funcionó el Vértigo después de la muerte de su propietario, o si antes de dicho suceso ya había cerrado sus puertas por la falta de rentabilidad. Su cierre fue lento, casi inadvertido por la mayoría de quienes alguna vez trabajamos ahí, como una eutanasia sin estertores. En las paredes de su fachada, elegantemente pintadas de negro, sobresalen ahora las palabras SE RENTA con pintura blanca, cual grafiti con brocha gorda en vez de pintura en aerosol, en una zona donde algunos pocos antros aún se niegan a desaparecer y para ello cambian de dueño, de nombre, de fachada y concepto, resistiendo el embate de los casinos y el esplendor que ahora posee la avenida Gómez Morín, nuevo corredor turístico hacia donde hoy se dirige la gente bonita para escuchar no música pop, ni tecno, ni rock, sino asquerosa música de banda.

¿Música de banda? Entonces no es gente bonita.

Vértigo Discoteque no ha sido demolido. Permanece ahí, cerrado, apagado y triste, en la esquina de Ignacio Mejía y Fernando Montes de Oca, en espera de alguien con un poco de fe que esté dispuesto a invertir en él, lo cual, en lo personal, con el auge de restoranes y antros, dudo mucho que ocurra.

Por eso es que ahora, al verlo, recuerdo el diálogo de la actriz Ofelia Guilmaín en una obra de teatro, cada vez que paso por el lugar y veo el edificio cerrado y su estructura inútil, vacía, desierta…

“…muerta por dentro. Pero de pie. Como un árbol.” 

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